A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

“¿Has hecho ya un herbario?”, escribió Emily Dickinson a los 14 años a una amiga suya. “Espero que si no lo has hecho, lo hagas, sería un gran tesoro para ti; la mayoría de las chicas están haciendo uno”. Nadie, en 1845, pudo haber tenido idea de la trascendencia que este modesto proyecto escolar y las flores tendrían en quien, siglos después de haberse marchitado la última planta por ella sembrada, trae a nuestra mente en su poesía símbolos y experiencias sensoriales surgidas por su convivencia diaria con las al menos setenta especies florales que en sus jardines cultivó.1

Ilustración: Oldemar González

Dada la naturaleza epistolar e íntima de sus poemas, en su tiempo Emily Dickinson era públicamente mucho más reconocida y admirada por ser una excelsa jardinera. Según uno de los varios testimonios de quienes la conocieron, “… era imposible para una planta morir […] una vez que estaba bajo su cuidado”, lo que es apenas una exageración considerando que las flores de arbusto, de bulbos, de praderas, silvestres y exóticas que logró hacer crecer en su jardín exigían por partes iguales experiencia y conocimientos específicos de sus necesidades. Muestra de ello es el sultán dulce (Centaurea moschata y C. suaveolens), flor sobre la que Dickinson escribe a una sobrina suya que tenerla es “una perversión de los hemisferios”, mucho más confortable en algún jardín bajo el sol y el clima seco de Irak, puesto que es originaria del suroeste de Asia.

Si bien es indiscutible y manifiesta la pasión de Dickinson por la botánica, en vista de las 424 flores de la región de Amherst, Massachusetts (en la que siempre vivió), recolectadas, prensadas y catalogadas —a veces con su nombre científico, a veces sólo con el común— en su merecidamente famoso herbario,2 menos evidente es que su interés y educación científica en esta área se remonta tiempo atrás, a su ingreso a los 9 años a la Academia Amherst. Incluso hoy, es envidiable la solidez del currículo en ciencias naturales disponible para Dickinson en esta institución, lo que posiblemente se debió en gran medida a la influencia del naturalista Edward Hitchcock, en aquellos años presidente de lo que después sería el Amherst College. Hitchcock fue autor del Catálogo de plantas que crecen sin ser cultivadas en la vecindad de Amherst College (1829), una de las lecturas de la infancia de Dickinson.

A partir de los 11 y hasta los 15 años de edad, Dickinson mencionaría continuamente en cartas su elección de materias estrechamente relacionadas con sus labores diarias de jardinería, como Botánica y Horticultura. De esta época escolar destaca también un segundo libro de texto: Lecturas familiares sobre botánica (1831), de Almira H. Lincoln Phelps, que en sus varias ediciones fue inspiración para que lectoras, como Eunice Newton Foote, se dedicaran a la investigación científica.3

Quizás mucho más directas en cuanto a su influencia en el entramado científico-literario dickinsiano fueron dos obras de la familia Darwin: El jardín botánico (1791), de Erasmus —considerada como germinadora de la poesía botánica que, antes de Dickinson, escribieron autoras como Sarah Hoare y Charlotte Smith—, y El origen de las especies (1859), del algo más afamado nieto de Erasmus.

La mayor parte de los casi dos mil poemas de Dickinson corresponden a la década posterior a la publicación de la obra de Charles Darwin. Es más que probable que ella lo leyese y estuviese familiarizada con sus ideas, algo que algunos estudiosos4 han señalado tras hacer un análisis de contenido de poemas suyos en los que transgrede los tropos —bastante comunes antes de y durante la primera mitad del siglo XIX— que antropomofizaban estereotípicamente a las flores (pasivas y a la espera de ser elegidas) y a las abejas (activas y con plena libertad de elección). Es el caso del que inicia con “Hay una flor que las abejas prefieren”, escrito en 1862, y en el que la flor del nunca nombrado trébol rojo (Trifolium pratense) atrae activamente con su color encendido a los polinizadores que la “prefieren”, “desean” y “anhelan”. “Pase el insecto que pase”, abejas, mariposas y hasta aves como los colibríes, ella les da la miel que cada uno pueda llevarse, sin retirar “un solo aroma” —otra forma de atraerlos— “por un ataque de celos”. Como en la vida real, en este poema tanto flor como polinizadores se benefician mutuamente, y los versos rebosan de referencias botánicas; entre éstas, que la hierba es “pariente cercana” del trébol.

La rosa —cuyo poder de atraer a las abejas “nunca cesa”— es la flor más mencionada por su nombre común en los poemas de Dickinson, seguida de las margaritas y, sólo en tercer lugar, la flor del trébol. Esta preferencia no debió extrañar a los afortunados visitantes de sus jardines —donde cultivó al menos seis especies de rosas— ni a quienes hojeen su herbario —en el que hay ejemplares de Rosa rubiginosa, R. lutea, R. parviflora y R. odorata, de la que habla en los versos que inician con “Donde las rosas no se atreverían a ir”. En sus cartas, la poeta añade al jazmín (Jasminum), que es “la más querida después de la dafne (Daphne odora), con excepción de las flores silvestres, ésas son las más queridas”.

Además de la polinización, no son pocos los poemas de Dickinson cuya estructura y desarrollo están estrechamente vinculados con procesos que tienen que ver con el desarrollo de una planta, con su ciclo de vida y su florecimiento, con sus interacciones con otros organismos vivientes, o con la forma en que se ve afectada por el clima. Una tesis reciente5 identifica no sólo un uso frecuente de descripciones asociadas a cada uno de los cinco sentidos —incluso en un mismo poema—, sino además la sinestesia, fenómeno que sería formalmente nombrado hasta 1892 y al que Dickinson recurre para enriquecer nuestra evocación de una experiencia multisensorial; por ejemplo, cuando leemos que las azucenas orientales (Lilium orientalis) son “más picantes al desvanecerse” su aroma, con lo que la sensación de un sentido (oler) es transferido a otro (gusto).

“El oficio de las flores difiere del nuestro sólo en su inaudibilidad. Conforme crezco siento más reverencia por estas criaturas mudas cuya perplejidad o embeleso puede sobrepasar al nuestro”, escribió Dickinson en otra de sus cartas. Oficio de flores, el elegido por Emily cuando, a su muerte en 1886, su hermana Lavinia colocó una flor de heliotropo (Heliotropium arborescens) en su mano.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Y que son enlistadas en el puntilloso libro The gardens of Emily Dickinson, de Judith Farr y Louise Carter.

2 Digitalizado por la Universidad de Harvard: https://iiif.lib.harvard.edu/manifests/view/drs:4184689$1i

3 En 1856, la climatóloga Newton Foote determinó qué cambios en la concentración de dióxido de carbono atmosférico podrían modificar la temperatura de esta capa gaseosa, proceso que es parte fundamental del efecto invernadero en nuestro planeta.

4 Entre ellos: Guthrie, J. R. “Darwinian Dickinson: The scandalous rise and noble fall of the common clover”, The Emily Dickinson Journal, 2007.

5 De Bode, A. Botanical allusions and sensory imagery in Emily Dickinson, Utrecth University, 2021.