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Las interminables aproximaciones al tiempo y a sus significados se comprenden mejor al regresar. Una fotografía, una vuelta por las calles de la casa primigenia, un amigo con el rostro arrugado; un decir(se): “Así era”; un escuchar(se): “Así es”. Entre las primeras comillas y las últimas transcurre el tiempo del tiempo. De la coraza en la cual pervivimos sabemos más cuando asoman las primeras resquebrajaduras y conforme los años viejos empiezan a superar a los años por venir.

Ilustración: Kathia Recio

Sigo a Jorge Luis Borges: “Supongo que ya he escrito mis mejores libros. Eso me da una cierta satisfacción y tranquilidad. Sin embargo, no creo que lo haya escrito todo. De algún modo la juventud me resulta más cercana que cuando era joven. Ya no considero inalcanzable la felicidad como sucedía hace tiempo. Ahora sé que puede ocurrir en cualquier momento, pero nunca hay que buscarla. En cuanto al fracaso y la fama me parecen irrelevantes y no me preocupan. Lo que quiero ahora es la paz, el placer del pensamiento y la amistad y, aunque parezca demasiado ambicioso, la sensación de amar y ser amado”. La idea de Borges contribuye a definir el “tiempo hoy”, ese espacio inasible en el cual se nace, se vive y se muere. Habitar la vejez con gallardía y deseo —“la juventud me resulta más cercana que cuando era joven”—, abraza. Recular es buena pócima: permite mirar, mirarse.

¿Es caro el tiempo?, ¿el de hoy vale más que el de ayer? El tiempo cobra impuestos por haber nacido, por los edificios que construimos y derruimos sin obviar las hojas del calendario acumuladas en el cesto de basura: padres finados, hijos y su prole, amistades vivas, amistades sin vida, panteones con túmulos cada vez más cercanos, amores y desamores, pasiones y tristezas. Y todo lo que no escribí: certezas convertidas en mentiras, éxitos en fracasos, amistades en duelos. Viajar fuera de uno mismo es necesario; si no se emprende ese camino no se regresa. Aun cuando sea irregular y escarpada, la vida siempre acaba por abrir nuevos senderos. Quienes bien lo saben son los enfermos cuyo mal modificó o amenazó su existencia. Cuando una hora vale un día y un día una semana y una semana un mes, el tiempo adquiere otras dimensiones.

En su discurso de recepción del Premio Nobel (1990), En busca de la modernidad, Octavio Paz, al cavilar sobre sus primeros años de vida, escribe: “El tiempo era elástico; el espacio, giratorio. Mejor dicho: todos los tiempos, reales o imaginarios, eran ahora mismo; el espacio, a su vez, se transformaba sin cesar: allá era aquí; todo era aquí: un valle, una montaña, un país lejano, el patio de los vecinos”. Atrapados, cada vez con menor posibilidad de escapar, cada vez más sometidos a los dictados y exigencias de la economía contemporánea, el tiempo ni para ni se interrumpe ni se da por enterado de los renglones escritos por Paz.

 

Los eventos que carecen de pasión e intensidad semejan al tiempo muerto, ese espacio donde la imposibilidad de ser y hacer naufraga. De nuevo la mirada de un paciente; el autoescrutinio cuando la enfermedad toca a la puerta habla: “Mi cabeza era como un reloj cuya cuerda se había agotado y las manecillas se habían detenido”. En ese ámbito, el luego no existe. Los habitantes de los panteones lo saben: no hay dos vidas por vivir.

“Regresar” escribí al principio. Regresar para continuar. En algunos la tristeza se profundizará; en otros, cierta felicidad se apersonará. Ambas situaciones son bienvenidas. Al retornar, el yo, los yoes, reconocen, se reconocen y con suerte establecen un diálogo con el tiempo: ese no demonio que en ocasiones es un demonio.

¿Cuándo fue ayer?, ¿cuándo empieza hoy?

 

Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.