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El temor de ser sustituido es un sentimiento que todos conocemos y que se despierta en los ámbitos más dispares. Los celos, por ejemplo, han bastado para poblar varias estepas del arte dramático o de la vida cotidiana. El miedo a no continuar en el poder, en el puesto de trabajo o en una posición social determinada es capaz de hacer temblar a los espíritus más ecuánimes. En el siglo XXI los escritores perdieron gravedad. ¿Han sido sustituidos? No creo, de ninguna manera, que las series de televisión o el cine desplacen al relato cuando en verdad es literario; en todo caso lo necesitan, si no aspiran a ser puro entretenimiento, como es evidente que sucede en la mayoría de las obras fabricadas para mostrarse en la pantalla. Más allá de que una buena porción de la literatura de ficción se someta al cabildeo, a los vaivenes del mercado o a nutrirse de la candidez de los lectores en potencia, los escritores continuarán causando disturbios en algunas mentes y no se someterán a representar acciones de publicidad comercial. Confío en que aún es posible que el lenguaje y la imaginación —en el cine, en el ensayo, en el buen periodismo o en cualquier arte donde la palabra sea contemplada— conmuevan y provoquen una clase singular de autoconocimiento humano que trascienda a la ilustración manipulada. Las relaciones entre el arte y la educación son complejas y uno aprende, tantas veces, cosas del mundo sin someterse a una finalidad determinada.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Se sabe que F. Scott Fitzgerald temía que la literatura fuera desplazada por el cine; es decir, sospechaba que, siendo escritor, sería sustituido y devorado por la industria de la imagen. Un sentimiento similar padecieron, años después, escritores como Philip Roth o Ian McEwan ante la avalancha de series de televisión que cercaron la atención de tantos posibles lectores. Cito a quienes ahora me vienen a la mente, o a las manos, pero creo que se trata de un temor extendido en el campo de la literatura. Basta recordar que la llamada “nueva novela francesa” —pienso en Robbe-Grillet, también director de cine— acudió a una descarada e incluso enfermiza descripción de imágenes que supeditó las letras al relato de escenas o pasajes que intentaban guiar la mirada de los lectores. Les sugiero leer Casa de citas, aunque no es su obra más célebre sí es la más impertinente y concentrada en sus fines. Si alguien desea adentrarse un poco más en esta tendencia literaria, comenzada hacia mediados del siglo pasado, acudan a Nathalie Sarraute o a Claude Simon. En castellano, y atento a un refinado sentido del humor, el uruguayo Roberto Fernández Sastre es el indicado, según mi gusto y entendimiento, para reconocer o cerciorarse de la seducción que la imagen ha causado en la literatura contemporánea. El turismo infame y La manipulación son dos obras suyas que son recomendables.

Si tuviera que hacer un diagnóstico acerca del problema social más grave de nuestro tiempo, diría que se relaciona con la brutal ausencia de una cultura heterogénea, relativa y convivencial, capaz de influir en los integrantes de la masa globalizada. Se trata de un problema nuevo o reciente. La solución a un dilema de tal envergadura sería una especie de renacimiento. ¿Es eso posible? No lo sé, primero hay que reconocer los males.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: El hombre mal vestido, Fandelli, Mis mujeres muertas y Mariana Constrictor