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El enojo, la ira y el dolor no se lograron transformar en política. La frase surge mientras hablo con una amiga chilena. Ella conoce su país y éste; yo, Siria y éste. Los tres, a distintos tiempos, se perdieron en el delirio de sus propias brutalidades. Siria sigue estancada en ellas. También México, de maneras distintas, sólo que en esta tierra no tenemos los entornos de aquéllos: sus dictaduras y sus usos. Aunque aquí los pone en práctica cuanto actor quiera. Desaparece gente a merced de criminales, se tortura y violenta a gracia del Estado. ¿Alguien recordará eso que nos enseñaron a los más viejos y llamábamos acuerdo social? Quizá al siglo XXI mexicano le vendría bien algo de Rousseau. No pido que se adopte a Platón o a Epicuro, no en estos tiempos. Tampoco a Hobbes. Sólo pido que se discuta junto a Jankélévitch o Habermas, porque ni siquiera somos capaces de notar que a nuestro Estado de naturaleza se le rompieron las vallas del establo.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

La ira, el enojo y el dolor no se transformaron en política. Los costos de la violencia en México y sus rutas no han sido un eje importante de ninguna plataforma tradicional. Casi todas los mencionan: las que tuvieron el poder y la que lo tiene hacen aspavientos de inquietudes mermadas. Con esas inquietudes ocupan espacios, aunque no muy grandes, y las ínfimas acciones políticas nacionales, que deberían acercarnos a una solución, se vuelven a relegar por temporadas. Esas emociones no se transformaron en política porque somos una sociedad que no las convirtió en tales. Porque en un círculo detestable han abundado los políticos que construyeron sus carreras desde la preocupación por los derechos humanos y dejaron sus angustias en casa, mientras decepcionaron a los muchos colectivos de víctimas. No se transformaron en política porque los colectivos y activistas no pudieron o no se interesaron en construir las vías con las que su trabajo —razón de vida y desesperación— diera el paso para convertirlos en actores políticos en primera persona más allá de sus objetivos naturales: buscar a sus hijos, buscar justicia para su memoria, encontrar asomos de verdad en un país demasiado propenso a la falsedad.

¿Alguien se atreverá a decir que la violencia y los derechos humanos comparten jerarquía de atención con la corrupción?

Al no transformarse en política, que es de todos, cada búsqueda, demanda, lucha por la verdad y la justicia se convirtieron en asuntos de individuos. Colectivos de búsqueda tienen que ver por sus desaparecidos, solos; si acaso, acompañados por pares. No por un segmento amplio de la sociedad mexicana. Familias de víctimas de masacres salen a la calle por los suyos, unos pocos se les suman. Siguen por su cuenta. Por su cuenta, es expresión de la apolítica.

Ha sido tanta la violencia y su exacerbación hace década y media, que a la necesidad por entenderla la convertimos en apariencia de necesidad y dejamos de lado la urgencia por pensar un fenómeno social —simultáneo y tal vez más angustiante— sobre el que la pregunta se extravió en el aire. No importa cuántas veces se haya preguntado y no son pocas.

¿Qué sociedad somos para abandonar la indignación? Somos ésa que responde pronto, como si se le ofendiera: “¡Claro que estamos indignados!”. Y resulta ofendida por el reclamo y no por su sujeto. No, no estamos indignados. No actuamos en consecuencia. No hemos hecho de los desaparecidos, de las fosas, de las violencias el motor del debate público.

¿Por qué ni siquiera nos hemos esforzado en tratar de entender las rutas de nuestra mezquindad o indolencia?

Las respuestas habituales se ahogan en la incomodidad de una resignación y en términos políticos, de lo diminuto.

El recurrente “nos hemos acostumbrado”, frente a la violencia, la crisis de derechos humanos e impunidad sólo encierra la falta de explicaciones, crítica, desinterés y ausencia de voluntad política y cohesión social. Sin la indiferencia, el delirio en que nos hemos sumergido no hubiera tenido espacio para desarrollarse como lo ha hecho.

Decir que “hemos normalizado” lo más detestable en nuestro país (no, no es la corrupción; es la infinita capacidad de tener muertos por violencia y desaparecidos), implica un grado de renuncia. Lleva a una conformidad sobre la que no tenemos derecho, por la dimensión del desastre.

La guerra contra el narcotráfico no encontró resistencia social, ni siquiera con sus formas, displicencias y complicidades. Sus fuera de todo límite, en un país que los detesta y no encuentra en la ley ni en la decencia un pilar al que asirse. La capacidad mexicana para soportar víctimas, verlas, saber de su existencia y ser una, mientras las esquiva, ignora y adecúa a su rutina. Un gobierno prendió el fuego en un territorio de brazas al rojo vivo y los dos siguientes, incluyendo el actual, perfeccionaron las trampas del discurso con el que la inmensidad de la tragedia se reduce a unos cuantos hechos, a un vacío de complacencia retórica, a nuevas complicidades.

No sólo siguiendo la misma estrategia, sino amplificándola con la Guardia Nacional y la vocación militarista de la actual administración, es vehementemente idiota suponer resultados diferentes. Pasó noviembre. La CNDH reporta a la Guardia Nacional como la corporación con más quejas sobre violaciones a derechos humanos. Le siguen la Secretaría de Marina y la Fiscalía General, ésa de la que no se ha escrito una sola loa salvo las que redacta y se lee a sí mismo su titular. Se encontraron diez cuerpos en Zacatecas, nueve de ellos colgados de un puente. Restos humanos descuartizados aparecen en Manzanillo. No hay semana en la que no lleguen alertas de menores de edad desaparecidos. Todos asumimos lo inimaginable al recibirlas. El Colectivo Solecito anuncia el hallazgo de 65 cadáveres y al menos 5000 restos humanos en una laguna en Puerto de Alvarado, Veracruz. La familia LeBarón se reúne en Ciudad de México por el segundo aniversario de la masacre en Bavispe, Sonora. No vi a un centenar de personas acompañándolas. Uno que otro político o exlegislador, un senador del que no me ha sido posible dar con opinión positiva porque a cada intento escucho: “Emilio nos utilizó”. Él es solo un ejemplo de la falta de interlocución real de las víctimas para hacer política de su desesperación. Cada partido tiene sus Emilios. Se llaman Alejandros, Patricias, Kenias, Piedras o lo que sea.

Al no convertir el enojo por nuestra violencia en política, prácticamente ninguno de los funcionarios que ha trabajado o trabaja en la materia puede sostener un debate serio sin caer en contradicciones, sobre la que muchos consideramos como la mayor de nuestras crisis (violencia y derechos humanos). Si a alguno le interesa, intentémoslo. El sistema al que se deben impone responsabilidades automáticas y al ser casi inamovible, en mayor o menor medida, surgen las frustraciones.

Por el bajo nivel de la política nacional, cualquier funcionario dedicado a alguna de las aristas de la barbarie mexicana sabe que sus muy personales objetivos, en caso de tenerlos, no puede afectar relaciones por encima de su cargo. Aquí, sin importar las cifras, hay siempre algo más importante que las víctimas. Entonces sus oficios, incluso sin mezquindades de por medio —más las que existen—, son contenidos de inmediato. Seguramente sin querer ser excusa, la disculpa más frecuente que ronda en el aire al intentar hablar con dichos funcionarios es una muestra de pavorosa y honesta mediocridad: siempre puede ocupar su puesto alguien que no tenga el menor interés en resolver algo.

Los medios y la opinocracia hemos jugado un papel perverso en la crisis. Escribí en Pensar México II un ejemplo de nuestra responsabilidad:

Entre las grandes deudas, sino la mayor de este país con su crisis de derechos humanos, se encuentran las disculpas que debe el Estado por las atrocidades cometidas bajo su amparo. Éste sería un primer paso en el esclarecimiento de la verdad y un asomo de voluntad política para otorgar garantías de no repetición. Distintos compromisos internacionales le facilitaron al gobierno actual el espacio y la obligación para iniciar procesos de justicia. Las disculpas han abundado. Entre las primeras, a fin de 2019, la petición de perdón por la violación a tres mujeres indígenas en Chiapas, en 1994, por miembros del ejército. Sin militares en el evento al que fueron convocadas las víctimas, éstas rechazaron la calidad de la petición debido precisamente a esta ausencia. En su transmisión, más de un medio evitó difundir la explicación que dieron las mujeres. Ganó la simulación, Estado y espectadores se quedaron con la parte más conveniente para la construcción de lo ilusorio. ¿Qué medios? Colaboro con la mayoría de los nacionales y no puedo arriesgar mi relación profesional con ellos. Entré al juego. Algunas perversidades son casi perfectas.

La academia es quien sale mejor librada, pero sus alcances políticos son por naturaleza restringidos y en medio de la sobrepolitización de nuestra vida pública, lo que se haga ahí correrá la misma suerte de recepción dicotómica que la atención a la pandemia.

Queda al menos una posibilidad. Enfocar el análisis intelectual a pensar las razones no sólo de la violencia, como tampoco lo hemos hecho hasta ahora, sino también del rechazo a centrar nuestra urgencia en ella. Quizá, ahí, con la participación de medios, hagamos política del enojo. Es decir: pedagogía sobre la tragedia e indiferencia nacional a manera de reclamo y convocatoria.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Su más reciente libro es Pensar México II.