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La colonia Morelos: talleres mecánicos, hoteles de paso, viejas vecindades con sus jóvenes tomando cerveza a la entrada, dueños de la calle. Sentados en la banqueta, entre un taller mecánico y una casa de huéspedes, platicamos con José Hernández. Tiene 25 años, está casado y vende “toques eléctricos” en Garibaldi. En la cara de José hay más de una cicatriz y en el cuello recuerdos de varios navajazos. Tiene un ojo moro y el labio superior rasgado. La noche anterior se habrá peleado en la chamba. Una mujer ya madura y bastante borracha, con los ojos llorosos y la cara manchada de rímel, insiste en acompañarnos en la plática.

“Tengo dos trabajos. Me levanto como a las doce del día y voy a recoger los periódicos de la tarde: unos se los llevo a mi mamá a su puesto, otros los entrego en restaurantes, peluquerías, etcétera, y los demás los vendo en los camiones y en la calle. De ahí me voy a mi casa, me arreglo un poco y me voy a trabajar a Garibaldi. Vendo toques eléctricos. Llego a las cantinas y al mercado tocando los tubos de mi cajita y de volada se juntan los clientes. A la gente cuando está tomada le gusta mucho lo de los toques: para que se les baje la peda y como pretexto para competir entre ellos y al rato darse en la madre. Algunos clientes me dicen que los toques están muy bajos, que les suba la potencia para que se les baje la peda. Pero a mí no me conviene: mi vibrador es ligero, no es de bobina y se me gastan mucho las pilas, y luego hay unos que se quieren pasar de listos, apuestan a que me aguantan toda la potencia y me chingan. Allí en Garibaldi hay muchas broncas. Antes, el año antepasado y el pasado, me peleaba unas diez veces al mes, más o menos; pero ahora la gente quién sabe qué chingados trae, se está volviendo más maleada, más ojete, por cualquier pendejada ya quieren darse en la madre. Pasas frente a una mesa y te dice un güey: ‘Tú, ¿qué, cabrón, qué le ves a mi vieja?’, y suelta el primer chingadazo. En este año, en enero y febrero me di en la madre casi todos los días. Todavía no acaba este mes y fácil ya llevo unas veintiocho broncas. Con los que más problemas tengo es con los cementeros y los conejillos de Garibaldi. Cuando un cliente se quiere pasar de vivo, dos, tres putazos y ya. Con los cementeros no, hay que fajarse a cada rato. Nomás pa que se dé una idea, ayer en la noche llega un conejo y me dice: ‘Tos qué, güey, pásame un dulce’, y yo de acomedido se lo di para que me dejara seguir chambeando, pero el canijo no se quedó conforme, ya quería toda la caja, y como me ayudo de vender dulces cuando no acompleto con lo de los toques, pues no le di chance. Todavía no terminaba de cantármela cuando le adelanté el chingadazo. Y es que ahí si no madrugas te madrugan. Él andaba pasadísimo y así agarran más consistencia: hay que estarle dando duro y duro, y a la cara, la mandíbula, a la punta de la barba. Si les pegas en otra parte del cuerpo no se caen los cabrones, nomás no lo dobla uno. Al de ayer sí me lo madrié, lo dejé tendido. De pura cagada no tuve que sacar la navaja. Él nomás me jodió el ojo y me abrió la boca.

“Antes, a principios de año cobrábamos a quince baros los toques. Ahora los damos a treinta pesos, nos los regatean mucho pero ni pedo, luego por eso se arman las broncas. Cuando subimos el precio bajó mucho la venta, luego la gente se acostumbra y ya no ladra. Y es que de plano si nosotros no nos vamos sobre el precio nos lleva la chingada. El precio de las pilas para la cajita aumentó un 50 %, y si trabajas diario tienes que cambiarle pilas cada semana. Las piezas eléctricas, bulbos, transistores, etcétera, también subieron un chingo, como el triple. Con las ventas se va ajustando el sueldo, pero cada vez compro menos cosas. Entre los dos trabajos, lo del reparto de periódico y lo de los toques, saco unos 6000 pesos semanales. Y no me alcanza, tengo muchos gastos: los de mi esposa, los de mi niña, los de mi mamá y ora últimamente le estoy ayudando a una hermana que la dejó su cabrón con tres chamacos. Muchas veces tengo que comer en la calle y sale muy caro. Hay días que mejor me aguanto y no como: llego en la noche a la casa a ver qué me empaco. Lo bueno es que de vez en cuando me alivianan los del mercado. Como les dejo a crédito que unos cigarritos, una botella de vino, unos toques, se portan suave conmigo; no me cobran la comida y hasta me regalan alguna fruta para mi niña. Por ahora voy a seguir trabajando en lo mismo. Como obrero lo más que he llegado a ganar son 3000 pesos a la semana: así no aguanta”.

José les chifla a las mujeres que sabe son del oficio: a las que pasan más cerca de él, rumbo al hotel de paso donde viven. No titubea en agarrarles las nalgas. Nos levantamos de la acera. La mujer que tanto había insistido en acompañarnos en la plática se queda tirada ahí, dormida.

 

Ema YanesÁngel Arista