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Y cuando no sea
El soñarlo sólo basta.
Calderón de la Barca, La vida es sueño

I

Tú me darás la señal
desanudando la corbata a la manera
un poco distraída
de quien no quiere la cosa por allá, por el fondo,
de quien se deja llevar a ver qué corifeo se alebresta.
Y el primer botón de la camisa,
el segundo se abrirán entre mis cinco elementos
(cinco, contando tu mirada)
y Venus desde tu ojo derecho bailará
mientras mi mano para todos los días y este rito,
sigue la vereda que se (le) sabe tan bien
a tus arbustos, al punto débil,
vanidoso, el de asomarse y qué cabeza de tortuga
en cuanto se le roza,
timbre justo a la desfachatez de mi yema.
Cuando Diana catulianamente se detenga
a recoger manzanas,
me hará un guiño ojo izquierdo,
cómplice de mi alborozo,
porque habré llegado a la tercera sujeción
subiendo hasta tu boca y más aún,
hasta la hoja, palma que se abre,
remolino en lo profundo de tu oreja.
Detrás de su sonrisa
ha quedado libre el campo de tu nuca
donde jugar a las sonatas,
a la nota, marimbera y jarocha,
que se resbala desde el cuarto
ojal hasta tu espalda.
La hora del lunar
episodio tan creciente, tan futuro negro
habrá llegado con toda la piromancia del caso
para que los dos botones restantes,
los casi pornográficos círculos cerrados
no tengan historia sino cascadas,
diminutas crestas en sus olas,
por tus propios ríos,
tus propias desembocaduras
las que desabrochen el cinturón,
porque no podrás más
y yo tampoco.

Ilustración: Alberto Caudillo

II

Después vendrá la piel a diseminar el rayo
y adonde dejemos la lluvia ya no importa
si desatamos la locura
entre el mástil y la nave de los vellocinos
entre tu llave y mi chapa.
Todo será tan sencillo,
señor de las complicaciones,
como las aventuras de la lengua,
álamo plateado reverberando al viento
sus mil luminarias por tus latitudes,
y tan fácil, que tus ojos codornices,
prófugos, cazadores furtivos,
se emborracharán de aterrizajes
de incediar lagunas subterráneas.
Buzos, emergeremos a una playa nueva,
nuestra, donde la ternura no tiene prisa
y nuestra fuente falo sabio, sus cuatro búhos,
vuelan sin meditar distancias
adonde se les da la gana y las fantasías,
hasta el centro mismo del caracol del ermitaño.

La historia terminará sin vencedores ni vencidos
(el prestigio lo ganan los botones)
y tú y yo velaremos los trofeos del empate
bajo un palio sin promesas ni decretos
porque nada hará falta,
ni las crisis.

 

Elena Milán