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El sueño swinger de Pedro López consiste en un edificio situado en la calle General Prim número 9, casi esquina con Bucareli. Nada en el exterior del edificio devela los interiores, no hay marquesina, pero sí un sistema de seguridad que envidiarían en la Cumbre de los Ocho para rechazar los embates globalifóbicos. Vista de frente, la fachada del SW evoca imágenes de antiguas accesorias en el viejo centro histórico de la ciudad de México. A la luz del día, la puerta metálica del Club SW podría ser el umbral de un expendio de fanales, salpicaderas, espejos retrovisores. Me niegan la entrada aunque explico que tengo una reservación. Repito entonces la historia de mi vida. Al final, el portero de noche explica: “Adentro puede usted recibir una propuesta de alguna pareja para formar un trío. No tiene que hacerlo si no quiere. Por favor, no grite ni chifle durante el show”.

No chiflé, tampoco grité. Las escaleras que conducen al primer piso desembocan, al final, en un amplio salón. El techo de bóveda, de unos cuatro metros de alto, cruzado por curvas de vigas metálicas, le da al lugar un aire de intemperie, a la mitad del camino entre lo público y lo privado, como una atmósfera de estación de tren, de escala técnica, de viaje. En penumbras y bajo un estruendo de discoteca alcanzo a distinguir que no hay grupos de amigos: en cada mesa hay dos personas: ochenta y nueve parejas a punto de la ebullición.

Una reunión de exalumnos del colegio Alemán no sería mucho más alegre, aunque sí menos activa. Veo entre las tinieblas la fantástica realidad de la escena. A mi lado, una mujer le realiza a su compañero una felación a toda orquesta. Dos mesas más allá, dos mujeres se acarician. Más acá, dos parejas se anudan y hacen un amor extraño en la intimidad de su mesa. De pronto decido que son actores que el dueño ha colocado en sitios estratégicos para estimular al público. Me equivoco: no son actores, son verídicos swingers de la noche. En el salón, el secreto se vuelve público y, a su vez, lo público se vuelve secreto. Esta es la persuasiva ilusión del Club SW.

Un golpe de luces ilumina la pista de baile. Tres hombres arrebatados a la disciplina de la halterofilia aparecen en compañía de una mujer. Por los altoparlantes una voz le recomienda al público el uso del condón y un poco de reserva: “No le dé a cualquiera su dirección o su número de teléfono”. No deja de ser una ironía encomendarles discreción a los asistentes. Días atrás leí en la prensa que el gobierno de Brasil firmó un convenio con la empresa de videos pornográficos Sexxxy para que en sus películas los protagonistas utilicen condón (Crónica, 26 de junio, 2001). En la pista del Club SW, los hombres del gimnasio se ponen sus respectivos condones y luego, como si los grabara una cámara, efectúan un trío no del todo ágil en su expansiva verosimilitud. Una mujer del público se transporta al escenario ante la instigación de uno de los actores. Los aplausos la impulsan, lo mismo que a otras y otros asistentes. Ya sobre el escenario, se intercambian con, en parejas fugitivas. Más tarde me daría cuenta de que en ese momento terminaba la primera mitad de la noche.

Ilustración: Patricio Betteo

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El progreso swinger ocurrió rápido, entrecortado, en muchas etapas breves y en tinieblas. Bailando en la oscuridad, los nuevos dúos se acarician, algunos forman tríos o binomios cuadrados perfectos. Hay algo de álgebra en las incógnitas que se despejan en la pista. Los swingers construyen, poco a poco, un muégano lascivo, paradójicamente impenetrable: una masa de hasta cincuenta swingers en acción. En un extremo de la pista dos parejas se quitan la ropa. Una de las mujeres se arrodilla para incidir, con un eficiente cunnilingus, en la otra. En poses hieráticas, ubicados atrás de ellas, los varones respectivos avalan la escena. Estas parejas implantan en su vida una secuencia que yo sólo había visto en una película de título inolvidable: Debbie Does Dallas. La trama de esa película la perdí en mi memoria, pero sé que, solamente, a lo genuino Dionisio glorifica. ¿Por qué pensé esto? Misterio.

Entre las dudas que despertaba la penumbra y el humo teatral que todo lo abrumaba, no reparé en que el salón estaba casi vacío. Muy pocas mesas conservaban a sus protagonistas. Me sofocó la idea de un éxodo secreto, como el misterio de una civilización que desaparece sin explicación, unos mayas de la vida sexual mexicana.
Entonces descubrí la puerta negra. Al fondo del salón, una breve escalera conducía a otro espacio. Una pareja tomada de la mano caminó hacia el fondo oscuro. Los seguí. En un sala acondicionada con sillones de consultorio odontológico, mucho más pequeña que el salón de abajo, estaban los desaparecidos. Me senté en un sillón; percibí un atisbo de desconfianza ante la presencia de alguien —yo mismo— que había roto cierta eurritmia swinger. Ahí descubrí otra puerta negra. En la antesala las parejas se ponían de acuerdo, se acariciaban, formaban tríos, en fin: más ecuaciones de segundo grado, más cuerpos en operaciones algebraicas. Borges anotó que no había más de cuatro o cinco grandes metáforas; lo mismo ocurre con el sexo. Un déjà vu desata las imágenes. En una mesa de centro adaptada como estrado, un hombre imputaba un largo cunnilingus a una mujer mientras ésta besaba a otra que la sostenía cerca del pecho como en la imagen de un óleo florentino. Hay un rumor de sociedad secreta, de iniciación ritual. Recordé la novela de Arthur Schnitzler, Relato soñado y, en especial, el momento en que el médico vienés se filtra con engaños en una orgía ritual. En el cine, Stanley Kubrick mandó a Tom Cruise a una secuencia cinematográfica que vale toda la película Ojos bien cerrados. Pero aquí es General Prim número 9 y no hay médicos vieneses en la antesala del momento culminante de la noche. Más allá de la última puerta negra espera un dark room en donde ocurre la cúspide de un intercambio masivo. La unánime orgía final. Las parejas desaparecen por la puerta negra y otras emergen de la oscuridad.

De regreso a la intimidad de la mesa, se me ocurre que los escritores modernistas mexicanos que fundaron la noche de la ciudad de México en el año de 1901 no se sentirían incómodos en el Club SW. Imaginé a José Juan Tablada en la penumbra del año 2001, exactamente un siglo después, escribiendo un poema titulado “Dark Room”.
Ordeno un whisky cuando la música vuelve con más fuerza y la luz aumenta su intensidad. Han vuelto los swingers, pero según mis cuentas están más cerca de la lasitud que del entusiasmo. No pude averiguar por qué. Mi cuarto de hora de vida secreta había terminado.

 

Rafael Pérez Gay