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[Del libro Eat Fat, de Richard Klein (Pantheon Books, Nueva York, 1996].

Ilustración: Patricio Betteo

* 58 millones de adultos estadunidenses tienen sobrepeso. Pero en Estados Unidos un 40 % de las mujeres (y un 15 % de los hombres) llevan dietas para bajar de peso. Sólo una tercera parte de las mujeres tiene sobrepeso, pero 85 % dice que debe adelgazar. El aumento de peso entre la población fue relativamente nulo de 1960 a 1980. Pero de 1980 a 1991, en la cúspide de las dietas y la moda de adelgazar, el peso estadunidense aumentó un 8 %.

* La obesidad es el precio que la humanidad paga por la civilización.

* Las Venus, lo sabemos, son diosas del amor, pero los arqueólogos no lo entienden. Con su sesgo profesional en favor del uso y de lo utilitario, suponen que estas figuras (primitivas Venus gordas) deben ser fetiches de la fertilidad, y sirven a ciertos fines ritualísticos: objetos de plegaria hechos para fomentar la concepción y proteger el embarazo. Ellos basan ese supuesto en otro mayor: como todas estas figuras son gordas —senos y vientres y muslos gordos— deben estar embarazadas. Pero cuando uno mira en sus tres dimensiones a estas sorprendentes figuras, uno ve cantidad de cosas que sobresalen. Los traseros no son menos el foco de la atención artística que los senos o los vientres vastos, prominentes, y eso es importante. En los humanos que se ven con amor, los traseros tienen que ver más con el placer que con la reproducción, y un trasero que sobresale, con la misma audacia afirmativa que tienen en el frente los senos grandes, tiene que ver con lo ardiente.

* Se sabe que las mujeres griegas envidiaban la cintura de avispa de las mujeres etruscas, quienes, se creía, “habían encontrado una poción mágica que las mantenía esbeltas”. Hipócrates, el padre de la medicina griega, consideraba a la gordura una enfermedad. Y Sócrates bailaba todas las mañanas para controlar el peso. Bailar cada mañana es una forma de dieta que se practica poco en el mundo de hoy, pero quizá debiera revivirse. Una dieta filosófica. La única dieta que, si no funciona, no importa porque no acarrea daños.

* Hay tumbas etruscas conocidas como las Obesii, que muestran al hombre difunto yaciendo sobre el sarcófago, vestido a medias, descansando en un brazo, y con su gran barriga colgando. Los romanos se burlaban de los etruscos gordos, pero las estatuas le hacen pensar a uno que esos estómagos tenían algo de relevancia en la sociedad, un signo del papel sustancial que alguna vez tuvo el difunto en la ciudad.

* [En un artículo sobre evolución humana] la profesora de Texas Devendra Singh concluye que “la cintura es uno de los distinguibles aspectos humanos, como el habla, la confección de herramientas y el sentido del humor”. “Ningún otro primate tiene cintura. La desarrollamos como resultado de otro aspecto único: estar erguidos. Necesitábamos músculos más grandes en las nalgas para caminar sobre dos piernas”. Un trasero grueso nos hace humanos.

* Cuando un rey gordo es destronado, la nueva república ama lo delgado. En el siglo XIX, la Europa posrevolucionaria fue barrida por el movimiento romántico, una nueva concepción de la relación entre la mente y el cuerpo y, con ella, un sentido alterado de lo que es hermoso: una nueva imagen de la moda. A Hamlet dejaron de representarlo, como antes, actores gordos; sólo aquéllos que estaban delgados podrían verse cavilosos y melancólicos. El alma romántica habita un cuerpo esbelto, un cuerpo cuya forma habla por una relación desinteresada, ascética, con la comida y con el mundo material en general. El movimiento romántico reinventó un ideal gótico de delgadez.

* Entre 1800 y 1850, por primera vez en casi cuatrocientos años verse delgado era, de nuevo, verse hermoso. El escritor francés Théophile Gautier recordaba que durante este periodo, en que él era joven, no podía “aceptar como poeta lírico a nadie que pesara más de 50 kilos”. Roberta Seid observa también que en 1832, en la cima del movimiento romántico en Europa, las bailarinas empezaron a bailar sobre las puntas por primera vez. La aspiración del cuerpo humano de aproximarse al alma humana tomó forma y cuerpo en estos ideales alterados de femineidad.

* Según el investigador Hillel Schwartz (Never Satisfied: A Cultural History of Diets, 1986), la lógica del capitalismo, particularmente en sus últimos estadios, se expresa en las nuevas formas de dieta. En la superficie, argumenta, parecería una paradoja identificar a la dieta y el capitalismo. Después de todo, el capitalista es un consumidor, un buscador de los bienes que excitan su apetito. La dieta implicaría lo contrario del consumo, y de ahí una forma de resistencia al modo capitalista. La paradoja sería real, una verdadera antinomia, si la dieta en su mayor parte alcanzara de hecho lo que proclama lograr. Pero escribiendo en 1986, Schwartz ya puede dar como un hecho lo que desde entonces se ha vuelto una sólida evidencia: las dietas no funcionan. Nunca han funcionado; nunca lo harán. Y es precisamente este hecho el que hace de la dieta un vehículo tan perfecto para lanzar una crítica del capitalismo. Los que guardan dieta de verdad, argumenta Schwartz, consumen no menos, sino más. “La dieta es la forma suprema de manipular el deseo precisamente porque es tan frustrante”. Más dieta significa más apetito, y más apetito significa más consumo.

* Alguna gente gorda no está saludable. La mayoría de la gente gorda está perfectamente saludable. Supongamos que uno cree como el héroe de Las confesiones de Zeno, la novela de Italo Svevo, que la salud puede definirse como movilidad. Él diría que uno es saludable mientras pueda moverse. En el momento en que la gordura, o cualquier otra cosa, le impide a uno la movilidad, limita la capacidad normal de uno para moverse libre, espontáneamente, entonces, en mi opinión, se está enfermo. La obesidad enferma se calcula a veces cuando uno tiene más de cincuenta kilos sobre su peso ideal o estándar. Pero mucha gente está perfectamente saludable, incluso es feliz, con ese peso. Algunas personas, según mi definición, están enfermas de gordura, ya sea porque la gordura es un impedimento físico o porque contribuye directamente a algunas enfermedades debilitantes. La salud de los que están enfermos requiere que pierdan peso. Esas personas requieren de medidas heroicas para reducir el peso de su cuerpo y bajar la gordura. Pero la mayoría de la gente, que está obesa pero no enferma, es gorda por cantidad de razones. Porque comen para calmar la tensión, o porque toda su familia es gorda, o porque no tienen tiempo para hacer ejercicio, o porque el milenio se aproxima. ¿Sería una buena cosa que a toda esta gente que clínicamente se considera obesa, diez kilos o más sobre su peso ideal, pero por otra parte perfectamente saludable, se le diera medicinas que traen cambios drásticos de metabolismo y alteran estados mentales para recibir los beneficios de estar delgado?

* Es curioso pensar que hace un siglo, cuando hombres y mujeres soñaban con abundantes décolletages, cuando los hombres corpulentos eran admirados y deseados, los científicos pudieron partir precisamente del supuesto contrario. En ese entonces la gente habría exagerado su peso. Nadie a la vuelta del siglo habría deseado ser flaco.

* Cuando todos puedan ser delgados tomándose una píldora, la gordura se pondrá de moda súbitamente. Quizá ya empezó a ocurrir; en todo nuestro alrededor los primeros signos leves de una revolución de la gordura empiezan a percibirse. Podemos establecerlo como una ley inflexible: mientras más rápido la industria de la dieta aprende a eliminar la gordura, más cerca estaremos de un cambio de gusto, cuando la gordura sea hermosa de nuevo. Cuando llegue ese día, la industria de la dieta, rápida para el ajuste, cambiará de instrumentos y empezará a desenterrar viejos ejemplares del clásico de T. C. Duncan: Cómo volverse rechoncho, escrito más de cien años atrás, en 1878.