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Ya en plena resaca del centenario de Franz Kafka, cuando los espontáneos empezamos a surgir de nuestro confinamiento, no está mal recordar el gran instante crítico de Borges al respecto, y sólo por ver si no permite una inversión. Es la idea de Borges de que hay autores, como Kafka, que crean a sus precursores. Así, Bartleby, el escribiente de Herman Melville, leído bajo la luz o la tenebra que Kafka trajo después, anticiparía a las atmósferas y personajes kafkianos. (Una mínima acción justiciera se apresura a indicar que Bartleby es insuperable en su terreno; dueño de un reino o antirreino o una Nada bartlebyana sin comparaciones; precursor y sucesor absoluto de sí mismo.) Pero ya que Borges le jugó a Bartleby la broma de hacerlo comparecer en el contexto de las cámaras kafkianas, otro juego quiere voltear las cosas en este contexto —y es lo que acaba pasando, a la larga, por importunar a Bartleby— para decir que Bartleby no es un definitivo precursor sino un parcial consumador de la obra de Franz Kafka (entre sus muchas otras gracias intransferibles); que no es cola de león sino cabeza de ratón puesta, sin embargo, al frente del cuerpo de león kafkiano; que no es, en fin, miembro honorario del Club de Amigos de Franz Kafka, sino su presidente ignorado, y nunca posible, entre otras cosas porque Bartleby declinaría, por supuesto, tal honor o deshonor o lo que fuera. Tal vez Kafka no era kafkiano —o no era tan kafkiano como se supone— porque para serlo debió ser, a fin de cuentas, bartlebyano: no quedarse solamente en la faceta kafkiana de Bartleby sino tomar aunque fuera un poco, una brizna más, de su compleja inmensidad. Pero no fue así. Y ahora tenemos que incluso frente a la cualidad más débil o indulgente de Bartleby (la de ser kafkiano), a Kafka y a los suyos les sobraba enjundia burocrática. En el contexto kafkiano Bartleby no habría ido nunca a ningún castillo, no habría buscado empleo de agrimensor; no habría abierto la puerta a los hombres de El Proceso, habría preferido no saber nada de la Muralla China; se habría sentado de espaldas a las Puertas de la Ley sin intentar ni por asomo entrar en ellas (el Guardia habría intentado sobornar su curiosidad; después de seis meses de indiferencia bartlebyana, le habría dicho la Verdad para ver si respondía a algo; y aún seguiría suplicándole a Bartleby que le dijera, él, la Verdad). Más aún, Bartleby nunca habría puesto el adjetivo “espantoso” antes de la palabra insecto, como en la Metamorfosis de Kafka, porque nunca estuvo para sorpresas, ni gratas ni horribles. Sigue un diálogo:

Ilustración: David Peón

       Kafka: Sufre por tu padre.

       Bartleby: Preferiría no hacerlo.

       K.: Escríbele a Milena.

       B.: Preferiría no hacerlo.

       K.: Rompe con la Bauer.

       B.: Preferiría no hacerlo.

       K.: Cásate con ella.

       B.: Preferiría no hacerlo.

       K.: Lleva un diario único.

       B.: Preferiría no hacerlo.

       K.: Quema mis escritos.

       B.: Preferiría no hacerlo.

       K.: Conserva mis escritos.

       B.: Preferiría no hacerlo.

       K.: ¡Oh, Bartleby! ¡Oh, humanidad!

       B.: …