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Ocurrió a finales de octubre de hace dos años. Me habían pedido un reportaje para acompañar una edición de la revista Cambio sobre el Día de Muertos. A las seis de la tarde manejé hacia una casa de San Miguel Chapultepec, de cuya existencia me había enterado la noche anterior por internet. Según la página, en la casa funcionaba un centro de cultura experimental llamado La Moira, donde se organizaban sesiones espiritistas y recorridos nocturnos por casas encantadas. Una voz en el teléfono me había citado a las seis treinta para conversar sobre el tema. Un muchacho despeinado, con rostro somnoliento, abrió la puerta.

Ilustración: Izak Peón

Según supe después, La Moira fue fundada en 1994 para concentrar y exponer, en circuitos ajenos a los oficiales, el trabajo de un grupo de artistas plásticos. Muy pronto comenzaron a ocurrir cosas extrañas: “Aquí funcionó durante años una casa de antigüedades. Quizá por eso se fueron acumulando energías extrañas”, me dijeron. Los sucesos lograron tal intensidad que atrajeron a varios enamorados del ocultismo. Con el tiempo, el centro cambió de giro: “Olvidó un poco el arte para enfrascarse en el estudio de los fenómenos paranormales”.

La Moira es un sitio triste. Una casa vieja, de dos pisos, situada en las cercanías del Castillo de Chapultepec, bajo los puentes del Circuito Interior. Los artistas plásticos que la visitaban decoraron los muros interiores con un remolino de imágenes sombrías. Rostros que gritan desde las paredes, formas difusas sobre los muros verdes. No es un sitio cómodo para estar. Un tipo que poseía el cráneo más alargado que he visto en la vida fue el encargado de atenderme.

—Me llamo Mérick —dijo. Y me hizo pasar a una especie de recibidor frío.

Había una mesa de madera, un ramo de flores secas y varias velas de colores. Tomé asiento frente a él, encendí la grabadora, hice las primeras preguntas. En ese momento me envolvió un aroma intenso, semejante al que arroja, al ser abierto, un paquete de incienso. Era un aroma helado, que duró sólo un segundo, el tiempo suficiente para registrarlo. Tuve un mareo.

Mérick, mientras tanto, hablaba sin rodeos. Decía cómo los artistas que trabajaban en el centro empezaron a escuchar ecos y ruidos que no eran provocados por causa alguna; cómo las mascotas enfermaban al entrar a la casa y morían a los pocos días y cómo los pintores adquirieron la certidumbre de que, definitivamente, La Moira estaba “tomada”. Videntes, émpatas y parasicólogos revelaron lo que ellos ya habían comprendido: que la casa estaba habitada por tres presencias, tres entidades que se manifestaban de manera distinta.

—La primera se llama “Marcos” y es un niño —dijo Mérick—. La segunda es una entidad femenina a la que llamamos “Sandra”. La tercera, una energía oscura, negativa, que siempre cambia de forma. Le llamamos “Víctor”.

—¿Cómo se manifiestan? —le pregunté.

—“Sandra” hace ecos, imita sonidos. La oyes cuando mueves una silla o un vaso y al poco tiempo el ruido se repite. Las manifestaciones de “Víctor” suelen ser agresivas: portazos, tiradero de cosas, ventiscas.

—¿Y el niño?

—El niño —respondió— se manifiesta siempre con aromas. Deja olores dulces a su paso.

No dije nada. Pero reviví la sensación: un aroma fugitivo que tocaba mi nariz y me envolvía en un mareo como el que produce el humo de un cigarro. Seguí haciendo preguntas. No escuché las respuestas. Unos minutos después, salí al aire fresco. Había caído la noche. La ciudad comenzaba a celebrar a sus muertos.

 

Héctor de Mauleón