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Toda crisis revela y fija de manera semejante al procedimiento fotográfico los perfiles generales de una sociedad. Lo difícil es describir la fotografía que resulta. Al empezar a revelarse el panorama todo aparece, pero entremezclado, con perfiles difusos y rasgos imprecisos.

Ilustración: Izak Peón

Para la “crisis del año 15” (por precisión cronológica de 1913 a 1916) la lectura actual de esa fotografía se dificulta aún más porque pesa demasiado una tradición temporal lineal, de sucesión cronométrica, en la descripción de los hechos históricos. La lectura de acontecimientos en sucesión calendárica provoca, en el espectador actual, la misma impresión de caos que sintieron sus contemporáneos.

Estas notas ensayan una descripción de esa fotografía enfocando detalles sueltos, tratando de ver lo que revela la parte de “arriba” —vinculada con lo que queda “fuera”— y lo que sucede “abajo” y “adentro”.

Los contemporáneos que dejaron testimonio sobre esos días subrayan el desorden, la confusión. Una impresión seguramente inevitable: en 1915, y con intervalos de entre tres y cuatro meses, constitucionalistas y convencionistas no cesaron de disputarse la ciudad de México. En la historia de las clases populares urbanas, 1915 fue “el año del hambre”.

La crisis, en la ciudad, no se parecía a las que se habían conocido en otras épocas. Aquéllas se habían resentido como resultado de catástrofes agrícolas. Ésta era más una cuestión de hegemonía que de economía. El origen de los problemas era político: se jugaba la ciudad para decidir la revolución, aunque sus efectos visibles fueran económicos: escasez, carestía, desorden monetario.

La crisis se inicia como resultado de las movilizaciones militares. Los ferrocarriles, controlados por los ejércitos en contienda, eran utilizados exclusivamente con fines militares —traslado de pertrechos y tropa— y dejaron de introducir granos y mercaderías. Luego se requisaron todos los caballos y mulas para los mismos fines, lo cual explica mejor la interrupción drástica del abastecimiento urbano. Los vaivenes de la contienda política explican también por qué se alternaba la escasez de los bienes en la ciudad. Cuando los convencionistas controlaban México, era usual que hubiera verduras, frutas de tierra caliente, maíz de Toluca, pero no carbón. Pero cuando los constitucionalistas controlaban la ciudad ocurría casi lo contrario.

Este escenario de escasez y de conflicto político benefició a los especuladores —acaparadores, vinculados con la antigua clase de comerciantes— y a los hacendados. Éstos reaccionan ante la coyuntura como siempre lo habían hecho. Un ejemplo: cuando Obregón ordena incautar los alimentos de primera necesidad, los comerciantes se protegen acudiendo a las argucias utilizadas por Escandón durante los enfrentamientos políticos del siglo XIX. Exigen respeto a la libertad de comercio, cierran o amenazan con cerrar sus establecimientos y almacenes, se alían con los cónsules y embajadores de los países poderosos y ponen en sus negocios las banderas inglesa, francesa o española para sustraer sus propiedades del espacio nacional. Hecho todo esto se declaran “neutrales” en la contienda y se sientan tranquilamente a esperar el paso de los acontecimientos.

Otra escena: en los momentos más difíciles del enfrentamiento entre propietarios y revolucionarios, Álvaro Obregón exigió una contribución especial para establecer tiendas populares. Los propietarios se reunieron en el Teatro Hidalgo —eran sólo 400— para preparar una respuesta política. Enterado, Obregón mandó rodear el edificio con las tropas de los temibles yaquis, dejó salir a los extranjeros y remitió a los demás a la demarcación de policía.

Para ilustrar el carácter de los conflictos, el mejor ejemplo es el llamado “asunto de los cartones”.

Como era tradición desde tiempos coloniales, la fuerza de los comerciantes radicaba en su capacidad para controlar la cantidad de moneda en circulación. Desde 1914 comienzan a desaparecer las monedas. Sólo giraban unas cuantas y lo hacen con beneficio especulativo: un 14 % de “premio”. Sin moneda corriente, cada jefe revolucionario se vio obligado a imprimir su propio papel moneda y a declararlo en circulación forzosa en el territorio que mantenía bajo su control. Si la ciudad de México veía alternarse el control político-militar cada tres meses, el resultado era obvio: con el papel moneda se jugaba la apuesta de la revolución. Entre 1914 y 1916 proliferaron las “casas de cambio” en la ciudad de México. Los billetes carrancistas eran aceptados por debajo de su valor nominal cuando dominaba la Convención y se devolvían a la circulación “con premio” cuando retornaban los constitucionalistas.

 

La población perdió así la confianza en el papel moneda. Las transacciones menudas se hacían con boletos de la Compañía de Tranvías (que al menos conservaban su valor de un viaje). Los efectos de esta “guerra” fueron diferentes para los distintos sectores de la población. Los más pobres regresaron, por decirlo de alguna manera, a las transacciones directas, sin intermediación de dinero: bien por bien, servicio por servicio. O salían fuera de la ciudad hacia los municipios más rurales, donde todavía podían alimentarse con quelites y verdolagas que recogían en el campo. En cambio, los más ricos utilizaban sólo moneda “segura” —el dólar oro— y con base en ella hacían todas sus transacciones. Lo que sucedió, de hecho, es que se establecieron dos circuitos monetarios que chocaban continua e irremediablemente provocando verdaderas colisiones sociales. Las mercancías, por ejemplo, se vendían tasando su precio en oro, pero los salarios de los trabajadores (y las contribuciones que pagaban al ayuntamiento los propietarios) se cubrían en papel moneda.

Las demandas que planteaban los trabajadores y obreros urbanos a sus inestables autoridades aumentaron conforme se agudizaba la crisis. Primero se exigió que se mantuvieran en circulación todos los papeles moneda revolucionarios. Más tarde se pidió que se suprimiera definitivamente el uso de papel moneda y que se pagaran los salarios en oro.

Convencionistas y constitucionalistas, que podían hacer poco por controlar la crisis sin antes decidir el triunfo militar, reaccionaron en forma muy distinta: Zapata ordenó troquelar monedas de plata (que desaparecieron rápidamente del mercado). Por su parte, Carranza imprimió “bilimbiques” en exceso.

Para Luis Cabrera, ese caos monetario era “una parte de la lucha de la revolución contra el capitalismo. Éste fue vencido militarmente pero quiere arruinar el movimiento restaurador. Los comerciantes y los bancos se deshacen del papel viejo y sólo sufren las clases pobres que son las únicas que resienten las consecuencias de la depreciación y del alza de precios”. Sólo hasta que la lucha militar quedó resuelta se pudieron tomar medidas para controlar el proceso. En 1916, en plena huelga general, Carranza propuso desmonetizar los billetes, establecer una nueva paridad con el dólar, depreciar la propiedad urbana —las rentas en papel moneda capitalizadas al 6 % pero estimadas en oro, se habían traducido en valores exorbitantes para el suelo urbano— y establecer una banca única de emisión central. Además, agregó, los ricos serían obligados a pagar sus contribuciones y se distribuirían tierras nacionales entre los pobres a precios moderados.

El año de 1915 se recuerda más por los efectos de la crisis que por sus causas. Días antes de la primera entrada de los zapatistas a México, el comercio cerró. La población urbana comenzó a comprar alimentos en exceso para almacenarlos en su casa. Se temía a los saqueos. Cuando entró Villa con sus tropas, se repitió la escena, pero además, lo acompañaban 20 000 soldados que también demandaban alimentos. Cuando volvió Obregón y los zapatistas se replegaron a Padierna, se suspendió el suministro de luz (porque los zapatistas cerraron las fuentes de Xochimilco) y como tampoco había carbón, los habitantes tenían que salir de la ciudad, de noche y a escondidas, a cortar árboles de calles y avenidas para hacer fuego.

Con el regreso de la Convención la situación se hizo insostenible: un profesor, que ganaba 3 pesos diarios, podía comprar un kilo de manteca de 2 pesos y un cuartillo de maíz con 45 centavos. En el tiempo de los más altos precios (enero de 1916) se necesitaba el salario de un día de trabajo para comprar un kilo de papa.

Ante esta situación, convencionistas y constitucionalistas actuaron siguiendo lógicas distintas para intentar resolver los problemas que se planteaban a las masas urbanas. Los de la Convención se dedican a legislar en “bien del pueblo”, aprueban proyectos generales —para requisar bienes básicos, para abrir tiendas populares, para que el gobierno fuera el único autorizado para comerciar al menudeo—, pero no lograron establecer, ni buscaron probar, mecanismos para que esas leyes fueran ejecutadas; tampoco contaban con el soporte militar necesario para imponerlas por la fuerza.

Cuando la Convención se reunió para discutir lo que debía hacerse para controlar los precios, una multitud de mujeres irrumpió en la Cámara de Diputados llevando canastas vacías y exigiendo justicia. Un delegado tomó la palabra y sugirió que ahí mismo se hiciera una colecta para repartir dinero. Las mujeres respondieron: “No queremos dinero, queremos pan” y abandonaron el recinto.

Otra escena: la Convención anuncia que se establecerá un puesto de socorros en los patios del Palacio de Minería, donde se venderá maíz a “todo el pueblo”. Era mayo de 1915 y la noticia corrió como pólvora. Horas más tarde había miles de personas concentradas en el lugar señalado. La hora anunciada para iniciar el reparto se retrasó por alguna razón. Entonces la muchedumbre se avalanzó contra las rejas del edificio. El tumulto alcanzó tal magnitud que los soldados de la Convención tuvieron que dispersar a los hambrientos a balazos.

Las formas de proceder de los constitucionalistas eran más directas. Obregón se preocupaba menos por las reglas generales o su discusión y más por su aplicación específica. Facilita las cosas —arreglando contactos con otros generales— para que los líderes de la Casa del Obrero Mundial introduzcan víveres y los distribuyan favoreciendo a sus agremiados. El sindicato de maestros y los empleados del ayuntamiento fueron invitados a hacer lo mismo. Asegurado, con el general que controlaba alguna de las entradas de la ciudad, el permiso para introducir los víveres, se abrían tiendas a las que tenían acceso exclusivo los afiliados a cada gremio. Los militares hicieron lo mismo con “su gente”. El control fue más eficiente y “el pueblo” dejó de ser una entidad abstracta. El esquema no llegaba a incluir, como es de suponerse, a los grupos populares que no estaban organizados.

Para junio de 1915 las escenas de desorden se multiplican: mujeres, con canastas vacías, recorren los mercados de la ciudad sólo para encontrarlos cerrados; caminan todo el día, de San Juan a la Merced, de la Lagunilla al Martínez de la Torre. Por todos lados aparece gente dispuesta a romper puertas con hachas y cuchillos, a asaltar comercios. Los comerciantes, por su parte, armados y parapetados en las azoteas, defienden sus propiedades.

Ya para entonces todas las fábricas del Distrito habían cerrado (tampoco los ferrocarriles introducían materias primas para la producción). La ciudad estaba llena de desempleados y de limosneros que deambulaban sin rumbo fijo y dormían en las calles. El tifo comenzó a hacer estragos. El ayuntamiento reconoció su incapacidad para mantener el gobierno de la ciudad en esas condiciones y la dejó a su propia suerte. Declaró que no podía hacerse cargo ni mantener a los huérfanos y ancianos de los asilos ni a los pensionados del manicomio de la Castañeda y abrió las puertas de esos establecimientos para dejarlos libres para luchar por su propia subsistencia.

Las relaciones que ambos grupos revolucionarios establecieron con y ante los propietarios urbanos también siguieron lógicas distintas.

 

Cuando Obregón se presenta a hablar con los comerciantes en el Teatro Hidalgo, que previamente había ordenado rodear con tropas yaquis, les dice que si ellos no contribuían a resolver las necesidades del proletariado, “como el hambre no se mitiga a balazos”, el pueblo acabaría echándose sobre los acaparadores y “el gobierno no podría hacer nada para garantizar a la propiedad”. Vigila personalmente que cada uno pague su cuenta.

Los que se resisten son obligados —ante el azoro de las clases medias y el entusiasmo de los obreros rojos— a barrer las banquetas frente a Palacio Nacional.

En plena huelga general de 1916, y ante la exigencia de que los salarios se pagaran en oro, Benjamín Hill aplicó esa misma política de “la reata bien templada”: los propietarios resolvían las demandas obreras o serían arrestados. Inmediatamente se llegó a un acuerdo.

Pero la reata también se templaba para el otro lado. En julio de 1916, cuando los trabajadores, entusiasmados por sus propios éxitos, llamaron nuevamente a huelga general y 86 000 obreros pararon la ciudad dejándola sin luz, agua, tranvías, teléfonos, coches, boticas y peluquerías, Carranza revivió la Ley Juárez de 1862, restableció la pena de muerte para quien suspendiera el trabajo en las empresas públicas, abrió un Consejo de Guerra contra los huelguistas, clausuró la casa de Obrero Mundial y deportó en masa a los líderes obreros. Una vez descabezado el movimiento de los trabajadores, reinició las negociaciones con los propietarios: estableció una Comisión Monetaria para controlar la emisión de billetes y exigió que los salarios, los impuestos y las contribuciones fueran pagados en oro.

A pesar del mito que precedió a la llegada de las tropas de Zapata, el Atila, “el salvaje de perversos instintos y sus repugnantes chusmas afectas al robo”, la realidad se mostró muy distinta. Zapata hizo pronto evidente su desinterés por la ciudad: “No nos hemos lanzado a la lucha para habitar palacios, tener magníficos automóviles y conquistar puestos públicos. Peleamos para derrocar a la tiranía y conquistar libertades para nuestros hermanos”.

La tropa zapatista tampoco resultó tan temible como había sido anunciada. Entró el ejército sin columnas formadas (sin jerarquías militares), en “pelotera”: la caballería mezclada con la chusma. Escribe un observador: “Más que vencedores mostraban a quienes habían sufrido hambre, inclemencias del tiempo, grandes caminatas. Muchos jóvenes casi niños, caras curtidas al sol, greñudos y andrajosos, muchos hablaban idioma mexicano”. Con los días, la gente de la ciudad se acostumbró a verlos. Llegaban por el paseo de Bucareli y la nueva Reforma, arma en bandolera, cargados de parque, y respetuosamente tocaban a las puertas de las grandes casonas, se quitaban el sombrero y pedían algo de comer: “Nosotros no robamos, pedimos lo que es de justicia”.

Muchas otras escenas se desprenden de esa fotografía de la crisis de 1915. Al analizar esas reacciones y observar las formas diversas de establecer relaciones en el conflicto, se van dibujando, aunque borrosamente, los perfiles del nuevo ordenamiento revolucionario.

 

Alejandra Moreno Toscano


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