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Ya que del olvido hablamos, bien quisiera yo librar de sus injusticias a un viejo profesor de historia de México que impartía la materia en el Instituto Luis Vives, allá por 1948 y 1949, y a quien no puedo evocar sino como un liberal mexicano al viejo y excelente modo de la Restauración. Se han borrado en mi memoria su rostro y su nombre, sólo recuerdo su vehemencia y su indignación.

Vehemente e indignado, consumía la mitad de sus clases en una denuncia de quienes fueran capaces de ver traición en el tratado McLane-Ocampo, pese a que éramos la mayoría de sus alumnos unos adolescentes refugiados españoles que en cualquier cosa pensábamos menos en cometer tamaña impertinencia o en faltarle el respeto a don Melchor, que con suerte hasta cuate fue de nuestro admirado Cárdenas. Pero también había mexicanos en la clase, y entre ellos uno inteligente y también cardenista a la vez que algo agringado, como lo demostraba su devoción por el Wacha Chara, equipo de futbol americano en el que había jugado. Mi amigo Silvino, que así se llamaba (se llama, espero), arriesgó un primero y diez preguntándole con sarna al profesor Melchor Lerdo de Juárez (no lo dejemos sin nombre) qué opinaba de El Álamo. El profesor bufó, juró, maldijo y acabó dejando la cosa en fumable: “Olvídense de El Álamo”, vino a decirnos.

Quizá hubiera yo obedecido la consigna de no ser por el maldito cine, que ha hecho imposible no oír los ecos de una consigna contraria: Remember the Alamo. Sólo los ecos, porque más de setenta años lleva el cine estadunidense repitiéndola e igual tiempo llevan las censuras mexicanas impidiendo que la oigamos. Hace poco se anunció por Cablevisión la más célebre de las cintas dedicadas al tema, la de John Wayne, y me dispuse a verla con los ojos fuera de órbita. Vana esperanza: a la mera hora cambiaron a El Álamo por otra película. Hasta en inglés se lo dicen a uno: Let’s Forget the Alamo.

Consulto la Historia general de México, los dos tomos de El Colegio de México, y no encuentro tampoco ninguna referencia a El Álamo. Debe haberla en algún otro libro nacional, sin duda, pero me atendré por ahora a la versión de los hechos ofrecida por las películas gringas, según sus sinopsis. Dice así: A comienzos de 1836, el general Sam Houston, que ha sustituido a Austin en el liderazgo de los rebeldes texanos, es perseguido por las tropas de Santa Anna, muy superiores en número (7000 soldados según las películas; 6000 según la Historia mencionada). Houston confía al coronel William Travis —enérgico y decidido, dicen— la defensa de Fort Alamo, una vieja misión española de 1718, a la sazón en ruinas, para retardar lo más posible el avance de Santa Anna. Acuden en auxilio de Travis otros dos coroneles: el desmadroso, alcohólico y atormentado Jim Bowie y el pintoresco explorador Davy Crockett. Travis y Bowie se entienden mal, pero Crockett logra terciar conciliadoramente. Al cabo de trece días de resistencia heroica, todos los defensores de El Álamo (en total 184, dicen que 150, otros que 180), resultan vencidos y muertos. La leyenda quiere que el último en morir sea Crockett. Sólo quedan para contar la versión texana de lo sucedido la viuda de un teniente Dickinson, su hija y su niño esclavo negro. Al grito de Remember the Alamo, frase que también dará origen a una canción patriótica, Houston vence a Santa Anna en San Jacinto, el 21 de marzo de 1836, cuarenta días después de la caída de El Álamo.

Antes de contar la historia de las películas dedicadas a El Álamo propiamente dichas, conviene hacer referencia a las vidas cinematográficas de Crockett y Bowie, más favorecidos que Travis por el aprecio hollywoodense. Sobre todo Crockett (1786-1936), nacido en una taberna —se dijo— de Tennessee. En su Histoire du Western (Ed. Pierre Horay, París, 1964), Charles Ford resume los datos básicos que sobre ese personaje ofrecieron cuarenta obras, no todas fidedignas, a él dedicadas: medía más de dos metros y era atlético, feísimo, mujeriego, parlanchín y orgulloso de su ignorancia (según él, la gramática era “una inepcia”, y la ortografia, “una invención contra natura”). En 1827, ese heredero de las glorias exploradoras de Daniel Boone tuvo un primer ataque de sedentarismo; se casó y ganó una diputación en el Congreso, haciendo durante ocho años familiar en Washington su gorra de piel de castor. En 1835, cansado de tanta calma, se adhirió a la causa texana, lo que le costaría la vida en El Álamo.

La primera película dedicada al personaje parece haber sido Davy Crockett, in Hearts United (1909), corto dirigido y fotografiado por Fred Balshofer para Kessel y Bauman, unos independientes que hicieron fortuna con ese producto en los nickelodeons y pudieron así fundar la empresa Bison. Después, hubo un Crockett de 1910, otro de 1915, uno más de 1916 (el primero de largometraje) y algún otro, hasta llegar a la serie de televisión producida por Walt Disney a mediados de los cincuenta. Un montaje con partes de tres episodios de esa serie, Davy Crockett: King of the Wild Frontier (1955), pasó en los cines como un largometraje dirigido por Norman Foster. Fess Parker interpretaba a Crockett, cuya vida era contada hasta llegar a El Álamo; ahí lo acompañaban Kenneth Tobey como Bowie y Don Megowan como Travis.

Bowie, nacido en Georgia en 1799, fue un aventurero que le entró al contrabando de esclavos y a la piratería, pues llegó a hacerse cómplice del notorio bucanero Jean Lafitte. Sus andanzas lo llevaron a Luisiana antes que a Texas, y fue precisamente en Nueva Orleans donde lo ubicó en 1952 la Warner Brothers para convertirlo en Alan Ladd, ponderar su gran destreza con el cuchillo y ponerle de novia a Virginia Mayo. Eso ocurrió en The Iron Mistress, película que incluía a varios personajes mexicanos: el villano Juan Moreno (Joseph Calleja), don Juan de Veramendi (Edward Colmans) y un pintor (Salvador Báguez), entre otros. Dos años antes, Comanche Territory (1950), un wéstern de la Universal dirigido por George Sherman, había hecho de Bowie (MacDonald Carey) un amigo improbable de los pieles rojas y un enamorado de una pelirroja (Maureen O’Hara).

Ilustraciones: Alma Rosa Pacheco

El Álamo boom

Así, ya conocidos dos de los personajes principales de El Álamo, y advertidos sus antecedentes no demasiado recomendables, podemos entrar más directamente en materia. La primera película dedicada específicamente a lo sucedido fue The Immortal Alamo, corto producido en 1911 por la filial estadunidense de la casa francesa Mélies. Gaston Mélies, hermano (creo) del famoso Georges, interpretó el papel principal, que no sé cuál fue. En 1915 se filma ya un largometraje de cinco rollos, Martyrs of the Alamo, escrito y dirigido por William Christy Cabanne a partir de una novela de Theodosia Harris, supervisado por David W. Griffith e interpretado por Sam de Grasse y Walter Long, tampoco sé en qué papeles. La última exaltación muda del hecho histórico sería With Davy Crockett at the Fall of the Alamo (1926), cinta de seis rollos dirigida por Robert North Bradbury para una productora secundaria de wésterns, la Sunset. Cullen Landis interpretó en ella a Crockett, Joe Rickson a Travis, Bob Fleming a Bowie y Fletcher a Santa Anna. Esa película ya no existe.

La filmografía sonora de El Álamo se inicia con un corto de un rollo de la Warner, Remember the Alamo (1935), hecho para la serie See America First. Dos años después, la Sunset insiste en el tema con otro wéstern, de 75 minutos: Heroes of the Alamo (1937), dirigido por Harry Fraser e interpretado por Rex Lease, Lane Chandler, Roger Williams y Julián Rivero (éste último debió ser Santa Anna). En ese mismo año de 1937, un serial de la Republic, The Painted Stallion, mostró juntos a Crockett (Jack Perrin) y Bowie (Hal Taliaferro), pero no en El Álamo: junto con Kit Carson y héroes míticos del wéstern, ambos derrotan a Alfredo Escobedo Duperey (Le Roy Mason), un exgobernador mexicano de Santa Fe que trata de impedir a su sustituto también mexicano que autorice el paso y el comercio de gringos en el territorio. Como se ve, ese serial de doce episodios le inventó a dos héroes de El Álamo un entrenamiento antimexicano previo.

La Republic, que era otra productora secundaria especializada en wésterns, se permitió en 1939 una película de gran presupuesto: Man of Conquest. Era una biografia de Sam Houston (Richard Dix) dirigida por George Nicholls Jr. e incluía reconstrucciones de lo ocurrido en El Álamo y en San Jacinto. Con el prócer texano, alternaban Travis (Victor Jory), Crockett (Robert Barrat), Austin (Ralph Morgan), Bowie (Robert Armstrong, el de King Kong), Santa Anna (C. Henry Gordon) y Zavala (Charles Stevens). Su estreno se produjo apenas unos días después del de Juárez, lo que hizo escribir a Frank S. Nugent en The New York Times (28 de agosto de 1939): “El programa del Buen Vecino, tan orgullosamente iniciado por Hollywood con el Juárez de la Warner, entró en completa retirada con Man of Conquest”, pues la cinta terminaba “con la victoria de la democracia a lo Andrew Jackson sobre la dictadura mexicana”.

Las dos siguientes referencias cinematográficas a El Álamo parecen ser indirectas. La primera es un wéstern B de la Monogram: West of the Alamo (1946), dirigido por Oliver Drake, con Jimmy Wakely y Lee White. En la segunda, The Man From the Alamo (1953), un wéstern dirigido por Budd Boetticher para la Universal, el héroe (Glenn Ford) era tratado como un cobarde por haber sobrevivido a la matanza; se aclaraba finalmente que se salvó al ser enviado por los combatientes a dar noticia de la inminente “invasión” mexicana (de un territorio mexicano, dicho sea de paso).

Antes y después de Down Liberty Road (1956), un corto de Harold Schuster en el que Tex Ritter cantaba “Remember the Alamo”, vendrían las dos últimas y más aparatosas exaltaciones de El Álamo. La primera y menos conocida fue The Last Command (1954), otro alarde insólito de la humilde Republic: la cinta era en colores, duraba 110 minutos y fue dirigida por el veterano y prestigioso Frank Lloyd, aunque las escenas de batalla corrieron a cargo del menos conocido William Witney. El héroe era sobre todo Jim Bowie, interpretado por Sterling Hayden, en pareja con la mexicana Consuelo (Anna María Alberghetti). Crockett, en cambio, fue convertido en una suerte de “patiño”, un vejete parlachín al modo de su intérprete Arthur Hunnicutt. Aparecían también Travis (Richard Carlson), Santa Anna (J. Carrol Naish), Mrs. Dickinson (Virginia Grey), Austin (Otto Kruger), Lorenzo de Quesada (Eduard Franz) y Houston (Hugh Sanders), además de un tal Radin interpretado por Ernest Borgnine. Se establecía en la cinta que Bowie trató de evitar un encuentro frontal con Santa Anna, pues éste había sido tiempo atrás su amigo, compañero de armas y jefe.

Y al fin, en 1960, John Wayne produjo, dirigió (con ayuda de John Ford, se dijo) y protagonizó en el papel de Crockett The Alamo, superproducción en colores, en Todd-AO y con 199 minutos de duración. Siendo Wayne su intérprete, le tocó ahora a Crockett tener novia mexicana: Flaca (Linda Cristal). Laurence Harvey hizo de Travis, Richard Widmark de Bowie, Joan O’Brien de Mrs. Dickinson, Richard Boone de Houston, Rubén Padilla de Santa Anna y el torero mexicano Carlos Arruza de un mexicano ficticio (creo): el teniente Reyes. La crítica europea y estadunidense fue bastante benévola con esa primera experiencia de Wayne como director. (Eso no le ocurriría con la segunda y última: The Green Berets, dedicada en 1968 a elogiar la intrusión estadunidense en Vietnam).

El resto son curiosidades. En San Antonio (Warner, 1945), un wéstern de David Butler con Errol Flynn, el encuentro definitivo se producía en un Álamo abandonado. Viva Max (1969), una comedia dirigida por Jerry Paris, proponía una recuperación moderna de El Álamo por México: aprovechando un desfile patriótico en San Antonio, el general mexicano Maximiliano Rodríguez de Santos (Peter Ustinov) cruza con sus tropas la frontera y “ocupa” sin problemas El Álamo durante 24 horas; todo lo hace para impresionar a sus 87 hombres y a su novia texana, y para convencerse a sí mismo de que es valiente. En Wrong is Right (1981), un thriller reciente de Richard Brooks, con Sean Connery, un hipotético presidente de Estados Unidos, Lockwood (George Grizzard), trata de mejorar su deteriorada imagen auspiciando una campaña con el lema “Remember the Alamo”. Unos episodios de la serie de televisión con el detective de Nuevo México McCloud (Dennis Weaver), iniciada en 1971, se titularon “This Must Be the Alamo” y “Return to the Alamo”. Finalmente un corto producido por el ejército francés, À propos de Camerone (1972), reveló que los franceses tuvieron también su Álamo en México: se evoca el “sacrificio heroico del 1.er Batallón de la Región Extranjera en la guerra de México”, cuando, el 30 de abril de 1863, se enfrentaron “menos de sesenta contra todo un ejército”. (Caray, piensa uno, bien podían prever los franceses que en México serían minoría).

Derrotas que visten

En definitiva, no deja de ser curioso que el cine estadunidense haya prestado a lo que con todo fue una derrota texana, El Álamo, la atención que no ha merecido para nada una victoria, San Jacinto. Intentaré una explicación del caso.

No ha ocurrido en ninguna otra parte del mundo que el cine de un país haya dedicado tanta atención a un país vecino o a otro país cualquiera: he hecho ya el recuento de cerca de dos mil cintas estadunidenses referidas mucho o poco a México y lo mexicano. En rigor, habría incluso que aumentar esa cifra con los más de doscientos wésterns europeos (italianos, sobre todo) que han seguido pautas hollywoodenses en su visión de lo mexicano. Desde luego, el cine estadunidense no ha referido, ni de lejos, un número semejante de cintas al otro país vecino de Estados Unidos, Canadá.

Son claras las razones históricas del fenómeno. Arrancan del siglo XIX, cuando la relación entre Estados Unidos y México abunda en conflictos y aun en hechos de armas. Una enorme porción del territorio mexicano original, lo que es hoy California, Texas, Nuevo México y Arizona, pasa a manos estadunidenses, pero sigue viviendo en esa extensa zona fronteriza una gran población mexicana, que conserva en buena medida sus usos y costumbres. Además, se hace constante el flujo de emigrantes mexicanos a Estados Unidos que alimentan una hoy clara y legítima aspiración chicana: la de vivir en una sociedad bilingüe, pues el número de hispanohablantes en Estados Unidos pasa ya de los 20 millones. De hecho, la sociedad estadunidense dejó de ser hace mucho tiempo (si es que alguna vez lo fue) monorracial, monolingüe y monocultural, aunque eso haya chocado con la prepotencia del WASP (White Anglo Saxon Protestant).

Pero esa prepotencia, que se ha ejercido y se sigue ejerciendo con fuerza, y que ha dado su tono general a la visión de lo mexicano por Hollywood, no deja de tener sus complejos y vergüenzas, por cuanto ha de oponerse al típico culto estadunidense del racionalismo democrático, y por cuanto ese culto promueve el respeto a las minorías en plan de igualdad.

La exaltación de El Álamo, quizá, ha actuado para vencer en alguna medida las vergüenzas de la prepotencia, porque evoca un hecho histórico en el que, por una vez, fueron los WASP quienes estuvieron en minoría desventajosa. Así, los estadunidenses blancos se han dado el lujo de verse a sí mismos como héroes del Tercer Mundo, o algo por el estilo, y de creer, o de hacer como que creen, en una superioridad propia derivada no de la abundancia de recursos, sino del heroísmo y el amor a los ideales. Para lograr eso, John Wayne fue capaz de movilizar los grandes recursos con que hizo El Álamo: para demostrar que los recursos importan poco cuando se tienen los altos ideales de un Davy Crockett o un Jim Bowie.

 

Emilio García Riera