A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Una cierta ternura por la moneda que puede procurarle a uno esto o aquello es universalmente humana y contribuye a su “carácter” personal. En un punto, la moneda supera a la criatura viviente: su consistencia metálica, su dureza, le asegura una existencia “eterna”; es —a no ser por el fuego— difícil de destruir. La moneda no crece hasta alcanzar su tamaño; sale acabada de la matriz y luego ha de seguir siendo lo que es; no debe cambiar.

Ilustración: Estelí Meza

Quizás la confiabilidad de la moneda sea su característica principal. Del dueño tan sólo depende guardarla bien; no sale corriendo por sí misma como un animal, sólo debe guardarse de los demás. No se está obligado a desconfiar de ella, se le puede utilizar siempre, no tiene caprichos que sea preciso tomar en consideración. Además, cada moneda se autoconsolida aún por su relación con otras de distinto valor. La jerarquía entre las monedas, que es estrictamente respetada, las hace aún más próximas a las personas. Se podría hablar de un sistema social de las monedas con clases de rango, que en este caso son clases de valores: por moneda de alto valor bien pueden canjearse otras de menor valor, por una inferior jamás una superior.

* * *

Pero ¿qué sucede en una “inflación”? La unidad monetaria pierde repentinamente su personalidad. Se transforma en una masa creciente de unidades; éstas poseen cada vez menos valor mientras más aumente la masa. Los millones, que siempre a uno tanto le habría gustado tener, de pronto se les sostiene en la mano, pero ya no son tales, sólo se llaman así. Es como si el saltar, de golpe le hubiese quitado todo valor al que salta. Una vez que la moneda ha entrado en este movimiento, que tiene el carácter de una huida, no es previsible un límite. Así como se puede contar remontando hasta cualquier cima, así el dinero puede desvalorizarse hasta cualquier sima.

* * *

Lo que antes era un peso, se llama ahora 10 000, luego 100 000, luego 1 millón; la identificación del hombre individual con su peso se halla así abolida. El peso ha perdido su solidez y límite, es a cada instante otra cosa. Ya no es como una persona, y no tiene duración alguna. Tiene menos y menos valor. El hombre que confiaba en él no puede evitar percibir su rebajamiento como suyo, propio. Se identificó con él durante mucho tiempo, la confianza en él era como la confianza en sí mismo. La inflación no sólo hace tambalearse todo externamente: nada es seguro, nada permanece durante una hora en el mismo sitio, sino que por la inflación el hombre mismo disminuye.

* * *

En la inflación se produce algo que de hecho nunca se buscó, algo tan peligroso que todo aquél que posea cualquier forma de responsabilidad pública y pudiese preverlo debería retroceder con espanto ante ello: una doble devaluación que surge de una doble identificación. El ser singular se siente devaluado, porque la unidad en la que confió, que respetaba al igual que a sí mismo, ha comenzado a desbarrancarse. La masa se siente devaluada porque el millón está devaluado.

* * *

Ninguna devaluación súbita de la persona es jamás olvidada: es demasiado dolorosa. Uno la lleva a rastras consigo durante toda una vida, a no ser que se la pueda echar encima a otro. Pero tampoco la masa como tal olvida su devaluación. La tendencia natural es entonces a encontrar algo que valga aún menos que uno mismo, que pueda despreciarse de la misma manera en que uno fue despreciado. No basta con recoger este desprecio como se lo encontró, con mantenerlo en el mismo nivel que tuvo antes de que se le alcanzase. Lo que se necesita es un proceso dinámico de rebajamiento: es preciso tratar algo de manera que valga cada vez menos, como la unidad monetaria durante la inflación, y este proceso debe continuarse hasta que el objeto haya llegado a un estado de completa ausencia de valor. Entonces se le puede arrojar como al papel o desecharlo como a un pliego de impresión defectuosa. Como objeto para esta tendencia Hitler encontró durante la inflación alemana a los judíos.

* * *

En el tratamiento de los judíos el nacional-socialismo repitió lo más exactamente posible el proceso de la inflación. Primero se les atacó como malos y peligrosos, como enemigos; luego se les desvalorizó más y más; puesto que no alcanzaban, se les coleccionaba en los países conquistados; al final eran considerados literalmente como bichos a los que podía exterminarse por millones. Aún hoy se encuentra uno estupefacto de que los alemanes hayan ido tan lejos, de que hayan realizado, tolerado o ignorado un crimen de tales proporciones. Difícilmente habrían podido llegar tan lejos si no hubiesen vivido pocos años antes una inflación durante la cual el marco se hundió hasta una billonésima parte de su valor. Es esta inflación como fenómeno de masa la que descargaron sobre los judíos.

(De Masa y poder. Traducción de José María Pérez Gay)