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Al comenzar los sesenta, los anticomunistas más reticentes ponían en duda la sinceridad del compromiso ideológico de Adolfo López Mateos con el mundo occidental, pero la visita del presidente estadunidense John F. Kennedy logró lo que no habían podido hacer innumerables declaraciones oficiales y cambios concretos de política. Este acontecimiento aceleró la desarticulación del frente de oposiciones que se había creado en torno a la lucha anticomunista.

Ilustración: Izak Peón

La prensa calificó de “plebiscito antitotalitario” la recepción popular que fue organizada en la ciudad de México para recibir a la pareja Kennedy a finales de junio de 1962, con la colaboración de autoridades gubernamentales y organismos privados. Esta acción sin precedentes tuvo un significado simbólico crucial, porque demostró que después de largos meses de equívocos y malentendidos, los mexicanos se mantenían unidos en lo esencial, a saber: la identificación con el mundo occidental y con su líder, el presidente de Estados Unidos. El gobierno mexicano era muy consciente de que esta visita no satisfacía exclusivamente objetivos de política exterior, sino que era un acto definitivo de política interna que debía mejorar sus relaciones con el sector privado.1 Cuando en el mes de mayo se anunció la visita, la Concanaco, que había mantenido las posiciones más intransigentes frente al juego del consenso lopezmateísta, declaró:

En términos diplomáticos esta visita significa que han sido superadas las divergencias de opinión que se han manifestado en el seno de la OEA… éste es tal vez el factor más importante que puede contribuir a restaurar la confianza de los inversionistas extranjeros y a recuperar las inversiones que se contrajeron el año pasado (“Renace la confianza con el viaje de J. F. K.”, Excélsior, 21 de mayo de 1962, p. 1-A)

El hecho de que los Kennedy fueran católicos fue central en la organización del entusiasmo popular, y hábilmente explotado por todos los involucrados en el éxito de la visita, los Kennedy incluidos, cuando anunciaron que asistirían a misa en la Basílica de Guadalupe, santuario popular por excelencia, para hincarse codo a codo “con los mexicanos más humildes”, según pregonaba conmovida la prensa.2 Como era de esperarse, la jerarquía eclesiástica fue uno de los principales beneficiarios del acto. El arzobispo de la ciudad de México, Miguel Darío Miranda, convertido en anfitrión al igual que el presidente López Mateos, publicó en la prensa una invitación a todos los mexicanos para que acompañaran a la Primera Pareja estadunidense a la Basílica:

Rogamos a Dios que esta visita contribuya a estrechar los lazos entre nuestros pueblos y a consolidar las relaciones fraternales que nos unen… Con esta intención celebramos la Santa Misa en la Basílica de Guadalupe… el 1° de julio… en presencia del Presidente Kennedy que estará acompañado por su esposa (“Se une el Arzobispo Primado de México al homenaje a los Kennedy”, Excélsior, 29 de junio de 1962. p. 1-A).

El día de la llegada de los Kennedy, 29 de junio, el secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, y el regente de la ciudad de México, Ernesto P. Uruchurtu, publicaron en todos los periódicos sendas invitaciones al pueblo para que se uniera a la recepción. La CTM anunció orgullosamente que había organizado una valla de 14 kilómetros desde el aeropuerto hasta Reforma; burócratas, empleados y trabajadores tuvieron el día libre de manera que el presidente estadunidense y su esposa fueron recibidos en medio de una kermés popular a la que, según las crónicas periodísticas, asistió más de un millón y medio de personas. Los grupos de izquierda antiimperialista que habían expresado su oposición a la visita y que habían protestado, por ejemplo, cuando se anunció la misa en la Basílica, fueron mantenidos bajo vigilancia policiaca, de manera que sus manifestaciones no cruzaran las fronteras de la Ciudad Universitaria.3

La visita tuvo múltiples significados, desde dar por terminadas las fricciones que el problema cubano podía haber provocado entre México y Washington, hasta demostrar a la oposición conservadora mexicana que la integridad ideológica de su gobierno ameritaba el aval de Washington. El comunicado conjunto que firmaron los presidentes López Mateos y Kennedy no mencionaba a la Revolución cubana por su nombre, pero hacía hincapié en las convergencias ideológicas-políticas de ambos gobiernos. El documento afirmaba que se iniciaba una nueva época para las relaciones entre los dos países, época de comprensión, amistad y adhesión a los ideales de la libertad individual y la dignidad humana. Ambos presidentes se comprometían a fortalecer las instituciones democráticas y a oponerse a las “instituciones totalitarias y a las actividades incompatibles con los principios que ellos (los gobiernos) defienden” (“Texto de la declaración conjunta”, Excélsior, 10 de julio de 1962, p. 1-A). Por último, el documento se refería a la ayuda económica estadunidense a los países de América Latina y sostenía que la Alianza para el Progreso y la Revolución Mexicana tenían los mismos objetivos: justicia social y progreso económico en un régimen de libertad individual y política.4

Al término de la visita los dos centros de gravitación del descontento político de las clases medias, los dirigentes empresariales y los líderes religiosos, expresaron su inmensa satisfacción con el acontecimiento y sus implicaciones. El cardenal Garibi señaló que entre el presidente católico de Estados Unidos y el pueblo mexicano existía una “unión espiritual” y que México debía agradecer a Estados Unidos la ayuda que proporcionaría a América Latina a través de la Alpro (“Comenta Garibi la visita de los Kennedy”, Excélsior, 3 de julio de 1962, p. 1-A). La Coparmex, por su parte, aplaudió el acercamiento entre los dos gobiernos que se fundaba —decía— en intereses comunes, y le atribuyó un significado político muy concreto a la recepción popular que se había brindado a los Kennedy,

testimonio de una inquebrantable lealtad a los principios democráticos y por consiguiente… un acto de repudio definitivo a las tesis marxistas (“Elogian los patrones la visita de Kennedy”, Excélsior, 6 de julio de 1962, p. 5-A).

Lo cierto es que a partir de entonces las posiciones gubernamentales respecto a cuestiones que en el pasado se habían prestado a equívoco perdieron ambigüedad. El propio López Mateos denunció, a pocas semanas de la apoteósica recepción a los Kennedy, las ambiciones de la “extrema izquierda” que pretendía modificar las estructuras democráticas vigentes (“México tiene metas que alcanzar con su propio estilo: A.L.M.”, Excélsior, 14 de septiembre de 1962, p. 1-A), si bien nunca abandonó sus convicciones en cuanto al origen de las causas de la inestabilidad de los países subdesarrollados y respecto a cuál era la solución deseable a sus problemas:

Al gobierno corresponde crear las condiciones de bienestar y de justicia a las que aspira el pueblo. Entonces el pueblo encuentra la solución a sus problemas en sus tradiciones, en sus sentimientos, en su manera de ser (“Una revolución pacífica evita una revolución cruenta”, Excélsior, 4 de octubre de 1962. p. 1-A).

 

Soledad Loaeza


1 El secretario particular del presidente López Mateos, Humberto Romero, declaró a la prensa: “La visita del presidente Kennedy pondrá fin a la contracción de capitales y de turismo americano que ha sufrido México últimamente, luego de que algunas interpretaciones equivocadas hicieron creer allá que México tenía simpatías con el comunismo” (“El Lic. Romero y los corresponsales hablaron del viaje de J. F. K.”, Excélsior, 23 de junio de 1962, p. 1-A).

2 Anuncio un poco exagerado, como ocurriría veintisiete años después con la visita de Juan Pablo II a México, los codos de los ilustres visitantes se rozaron en todo caso con los codos de los ilustres mexicanos que fueron preferentemente invitados a la ceremonia. Aun así, la mayoría de los comentarios en la prensa a propósito de la misa en la Basílica tenían el mismo tono: “El católico J. F. K. —que estará acompañado por su esposa— al hincarse a los pies de la Virgen de Guadalupe, se fundirá en nuestra comunidad y será uno con el más humilde de nuestros indios” (Bernardo Ponce; “Perspectiva”, Excélsior, 27 de junio de 1962, p. 7-A).

3 Ver “La décima entrevista”, Política, 10 de julio de 1962, vol. III, pp. 5-9.

4 En entrevista publicada en U.S. New and World Report, el presidente López Mateos subrayó una vez más las convergencias ideológicas entre México y Washington, estableciendo la diferencia entre la “democracia de representación popular que regía en México y los regímenes de los países socialistas” (Citado en: “Latinoamérica no abdicará de sus derechos soberanos”, Política, 10 de julio de 1962, vol. III. no. 53, pp. 33-37).