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Los plantíos de amapola de Afganistán son responsables del 90 % de la heroína que se vende en Europa, y que fondea más del 80 % de la actividad talibana.

Fuente: Jonathan Power, “Undermining Afghanistan Opium Business”, Prospect, febrero 4, 2009

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Tayikistán y Afganistán eran entonces (en la época de Alejandro Magno) mucho como son ahora: sociedades tribales con fuertes lazos de parentesco. Era un mundo de señores de la guerra. La diferencia principal entre la sociedad afgana en el siglo cuarto a. C. y la sociedad afgana de hoy es la ausencia en la antigüedad del comercio del opio. Fueron los británicos en los 1840 quienes llevaron a los afganos a cultivar esta droga, que los británicos exportaron luego a China.

No es casual que los británicos extendieran el cultivo de amapola a Afganistán en los 1840 después de sus resultados en la India. En una de sus Letters of Travel, Rudyard Kipling reportó que durante la estación alta de opio (se subastaba en octubre, casi un año después de que las semillas se habían sembrado) sólo en los numerosos e inmensos almacenes de la ciudad de Ghazipur había alrededor de £3 500 000 de opio.

Sólo en la India el ingreso anual por ventas de opio, sin contar la inflación, causaba vértigo. El opio aportó £750 000 en 1840, pero en 1878 aportaba £9 100 000; el ingreso total durante esos 39 años fue de £375 000 000.

Fuente: Barbara Hodgson, Opio. Un retrato del demonio celestial, traducción de Martí Soler, Océano/Turner, 2004.

Ilustración: Belén García Monroy

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Cuando los presentan por primera vez, Sherlock Holmes le observa al doctor Watson: “Noto que has estado en Afganistán”. Esa sorprendente deducción alertó al doctor sobre los extraordinarios métodos de observación y análisis que empleaba el detective, cuyas crónicas serían la verdadera vocación de Watson.

—Mi tren de razonamiento —dijo Holmes— corrió así: “Aquí está un caballero con tipo de médico, pero con aire de militar. Obviamente, un médico militar. Está recién llegado de los trópicos, porque tiene la cara quemada por el sol, y no es el color natural de su piel, porque sus muñecas están blancas. Las ha pasado duras y ha estado enfermo, puede verse claramente por su cara macilenta. Lo hirieron en el brazo izquierdo. Lo mantiene rígido y sin naturalidad. ¿En cuál de los trópicos podría un médico militar habérsela pasado tan mal y ser herido en el brazo? Obviamente en Afganistán”.

Fuente: Arthur Conan Doyle: “A Study in Scarlet”, en The Penguin Complete Sherlock Holmes, prefacio de Christopher Morley, Penguin Books, Londres, 1981, 1122 pp.

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En el texto de Conan Doyle, el servicio que se supone prestó Watson acabó en un asunto miserable y nada heroico cuando fue herido de gravedad en la batalla de Maywand en julio de 1880. Conan Doyle no inventó la batalla; fue un verdadero desastre para los británicos durante la segunda guerra afgana. Los verdaderos sobrevivientes, como el imaginario Watson, se recuperaron de heridas severas lo mejor que pudieron en un hospital atiborrado en Peshawar.

Mientras hacían esto, un extraño medallón antiguo, de varios similares, donde se ve a Alejandro Magno atacando sobre un caballo a un elefante de guerra que retrocede, pasó también por Peshawar, abriéndose paso desde Afganistán a Inglaterra. El Watson de Conan Doyle estuvo a punto de morir, tan debilitado por la “fiebre entérica” que fue finalmente embarcado a casa en 1881. Buscando dónde vivir en Londres, Watson finalmente conoció a Holmes para instalarse ambos por vez primera en los famosos cuartos de Baker Street núm. 221 B.

Y mientras tanto, en una aventura de la vida real, el extraño medallón con Alejandro Magno-y-elefante pronto encontró casa cerca de Baker Street, en el British Museum.

Fuente: Frank L. Holt, Alexander the Great and the Mystery of the Elephant Medallions, University of California Press, 2003, p. 198.