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A la memoria de Tiradentes

¡Bande Mataran! ¡Bande Mataran! La frase no ha dejado de repicar en mis oídos a lo largo del verano, el cual dediqué a los archivos de la Agencia India en Londres, para estudiar el primer estallido de nacionalismo bajo el gobierno del rajá británico. Bande Mataran —Viva la Madre India, digamos— fue el grito de batalla entre los revolucionarios que querían expulsar a los feringhees (foreigners: extranjeros) al comienzo de este siglo. Fue su Libertad, Igualdad, Fraternidad. Los hacía llorar, en ocasiones les llevaba a realizar suicidas embestidas con bombas. Y la fascinación de este lema, para un feringhee, radica en que es impensable. ¿Qué es para mí Bande Mataran?

¿Y Libertad, Igualdad, Fraternidad? Dos siglos de pésimo clima han borrado casi por completo las palabras de las fachadas de casi todos los cabildos en Francia. Dudo que hoy esas palabras tengan algún eco en el alma de muchos franceses. Se las escucha, si acaso, en broma: “Ni libertad ni igualdad ni fraternidad, sino un poco de mostaza, s’il vous plaît”. La última vez que noté un patriótico nudo en la garganta de un francés fue en una exhibición de Casablanca, cuando el personaje de Victor Laszlo se ponía a dirigir el canto de la Marseillaise.

Sin embargo, hoy en día los hombres se matan entre sí por unos cuantos kilómetros cuadrados de Bosnia. ¿Morir por una Gran Serbia? Otra idea que es impensable. ¿Y por una Irlanda Unida? El Sinn Fein se niega aún a deponer las armas. Los unionistas de Úlster siguen dispuestos a colocar bombas en los pubs de los católicos. Los tirabombas de la ETA no paran de matar en nombre del País Vasco. Los kurdos matan en Turquía, los palestinos en Israel, los sijs en el Punjab; todos por modificaciones en el mapa. Lo mismo sucede en Chipre, Sri Lanka, Azerbaiyán, Chechenia… No es necesario dar la lista entera. La sabemos bien. Lo que no sabemos ni podemos admitir es la pasión que impele a los hombres a matar por tales motivos. Para nosotros —la reducida minoría de occidentales bien alimentados y educados— Robert Graves lo dijo al final de la Primera Guerra Mundial cuando declaró Adiós a todo eso. Nuestros padres lucharon en la Segunda Guerra Mundial para apagar el nacionalismo, no para desatarlo. Y, sin embargo, el nacionalismo estalla todos los días ante nuestros ojos en la televisión. ¿Cómo darle sentido al impulso de morir por fantasías decimonónicas como la de Madre India?

Véase a Ajit Singh, apasionado nacionalista, al arengar a una multitud de hindúes en Rawalpindi en 1907, según un agente de la policía quien registró secretamente sus palabras: “Mueran por su país. Somos 300 crores [300 millones]. Ellos son un laj y medio [150 mil]. Una ráfaga de viento los aniquilaría. Olvídense de los cañones. Es fácil romper un dedo. Pero cuando se juntan los cinco dedos para formar un puño, nadie los rompe [Esto lo dijo con gran ardor y le aventaron flores]”.

Claramente se entiende cuál es el punto. ¿Pero “se entienden” la lluvia de flores, el pataleo de los pies descalzos, las canciones que salen del pecho, los muchachos apresurándose a hacer juramentos de sangre, los ancianos con lágrimas en los ojos, los nudos en la garganta?

La letra subsiste, sólo que la música se perdió —al menos para quienes respondemos a Robert Graves y añadiríamos: “¡Adiós y que te vaya bien! Mil muertes muera el nacionalismo y que nunca más se levante”. Sin embargo, ahí está el nacionalismo, vivo y coleando a nuestro alrededor, a unos pasos prácticamente de Londres, París y Roma. ¿Habrá modo de cogerle el paso, si no con simpatía al menos sí con la empatía suficiente para entender la fuerza que le impulsa?

Ilustración: Ricardo Figueroa

Nuestro único recurso está en nuestras propias tradiciones nacionales. Tal vez nos desconcierte toda la sanguinolencia patriótica prodigada en nuestro pasado, pero hasta el más culto alguna vez ha sentido ese peculiar nudo en la garganta.

Yo experimenté un ataque de semejante emoción, debo confesarlo, durante una visita guiada a la Sala de la Independencia en Filadelfia hace algunos años. Ahí se sentó Washington, explicaba el guía, en esa misma silla, en esa misma habitación. Era una hermosa silla georgiana con un sol emblemático grabado en el respaldo y Washington presidía la Convención Constitucional de 1787. En un momento particularmente difícil de los debates, cuando el destino de la joven república parecía pender de un hilo, Benjamin Franklin le preguntó a George Mason, sentado ahí: “¿El sol está saliendo o se está poniendo?”. Pasaron por ese aprieto y por una docena más. Y cuando al fin terminaron su trabajo, Franklin se pronunció así: “Es un sol que sale”.

“Qué tipazos aquellos”, me dije a mí mismo, con un nudo en la garganta cada vez mayor. “Washington, Franklin, Madison —y Jefferson, al instante de asesorar a Lafayette durante la primera etapa de la Revolución francesa. Políticos de mucha mayor estatura que los nuestros”.

Un extranjero tal vez no entienda mi emoción. El culto a la Constitución y a los Padres Fundadores desde fuera parecerá raro folklore. A decir verdad, el propio Washington ya no despierta muchas emociones en el corazón de los estadunidenses. A diferencia de Lincoln o Roosevelt, Washington se ve muy tieso, como de palo en los retratos de Gilbert Stuart, con el mentón salido, los labios apretados, el ceño pensativo: más un ícono que un ser humano. Los íconos, desde luego, son para el culto, pero el Washington icónico al que se venera en Estados Unidos es el que nos observa desde los billetes de un dólar.

Ahora que a lo mejor el culto al dólar no sea tan malo. Es pobre su rango emocional pero no mortal. A diferencia del nacionalismo, aquél inspira el interés personal más que la autoinmolación, la inversión más que el lanzamiento de bombas. Y pese a su tosquedad, es ecuménico: el dólar de una persona es tan bueno como el de otra. El principio tal vez no sea tan sublime como Libertad, Igualdad, Fraternidad; pero hizo posible una vida nueva en el Nuevo Mundo a millones de inmigrantes y tal vez a la larga renueve a Rusia, en donde el dólar se ha convertido en la moneda efectiva.

Este tren de ideas tiene un linaje respetable. Se deriva de la fisiocracia francesa, de la filosofía moral escocesa y del utilitarismo inglés. Pero nos lleva más allá de las pasiones que inspiraron a nuestros ancestros a principios del siglo XIX, cuando grabaron, pintaron, bordaron y cantaron imágenes de Washington en todo lo que hacían. Si no podemos compartir semejante emoción, sí podríamos aprender algo echando un vistazo al hombre detrás del ícono.

Una vez de visita en la casa de Washington en Monte Vernon, me topé con la que debe ser una de las reliquias más raras que se haya mostrado en un santuario nacional, más extraña que toda la pedacería en el Museo Lenin de Moscú y en el Museo Wellington de Londres: la dentadura postiza de Washington. Ahí estaba, detrás de un vidrio, ¡de madera! ¡El Padre de la Patria con muelas de madera! Así que por eso salía tan sombrío en los retratos. El hombre sufría todo el tiempo. No podía sacar jugo alguno a su carne sin enviar oleadas de dolor a sus encías.

La gente me pregunta con frecuencia, como especialista, si me hubiera gustado vivir en el siglo XVIII. Primero, les contesto, habría insistido en nacer lejos del campesinado. En segundo lugar, sin dolores de muelas, por favor. Al leer miles de cartas de personas en todos los niveles de la vida en el siglo XVIII, encontré con mucha frecuencia dolores de muelas. El dolor atraviesa el lenguaje arcaico y el escritor surge en la imaginación de uno en la temerosa espera de que algún sacamuelas llegue al pueblo y que, a cambio de una breve sesión de tortura, ponga fin a semanas de agonía.

Hoy en día tenemos menos dolores de muelas y más mostaza, casi toda de primera, proveniente de Dijon. ¿Podemos llamar a esto Progreso? Ésta es otra idea del siglo XVIII que a la luz de dos siglos de sufrimiento se ve con recelo. Progreso, Patria, Humanidad —tal vez más nos valiera hacer a un lado esas sublimes abstracciones que nos vienen del pasado y que arrollan numerosísimas vidas en el presente. No tengo nada contra la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad; pero estoy a favor de modestos, crecientes aumentos del placer sobre el dolor, del progreso con p minúscula. Esto sólo podrá ocurrir, creo, si aprendemos a ser escépticos ante las grandes causas, si contenemos el impulso hacia la destrucción, si apretamos los dientes ante el fanatismo y recordamos lo difícil que era para Washington apretar los suyos.

(Traducción de Antonio Saborit)