Juan Molinar. Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, ha publicado un gran número de artículos sobre cuestiones electorales en libros y revistas especializadas. Cal y Arena publicará próximamente El tiempo de la legitimidad. Elecciones, autoritarismo y democracia en México. Este ensayo resume y al mismo tiempo se lee, como un agregado a muchos de las ideas que ahí se expresan.

Las elecciones son la fórmula que consagra la Constitución como medio para arribar a los puestos de gobierno y legislativos. Sin embargo, y a pesar de que las elecciones nunca han dejado de celebrarse en el México postrevolucionario, no acaban de convertirse en un método cabalmente transparente cuyos resultados sean acatados y aceptados por todos. La búsqueda de la plena legitimidad del expediente comicial sigue siendo una de las asignaturas centrales de la agenda nacional.

Revisar el significado de los próximos comicios, su evaluación de cara al pasado reciente, que tantas expectativas creó; observar la forma en que se han constituido y actuado los órganos encargados de preparar las elecciones, realizar un primer balance de la confección del padrón electoral o de la actuación de los medios de comunicación, sirve para pensar en las dificultades y posibilidades que tiene el asentamiento definitivo de las elecciones entre nosotros.

Sin embargo, no es pertinente olvidar la larga lista de agravios que han marcado la historia electoral del país, porque su espectro sigue rondando entre nosotros, ni dejar de subrayar, una vez más, la desigual y contradictoria geografía electoral de nuestro “multi México”, como diría el historiador Luis González y González.

Sobre todos y cada uno de estos temas, el lector tendrá a continuación materiales que intentan documentar, desde ópticas y plataformas distintas, los haberes y el déficit con los que contamos en busca de la plena legitimidad de las elecciones.

Por diversas razones, que yo no comparto, la naturaleza no competitiva de las elecciones mexicanas ha sido casi siempre un obstáculo para su estudio, en vez de un acicate a la curiosidad de los analistas políticos de México.(1) Dos preguntas coloquiales pero muy certeras resumían, quizá todavía resumen, esta situación. La primera tiene tintes teóricos, pues cuestiona la relevancia misma del estudio: “¿para qué estudiar las elecciones mexicanas si de antemano se sabe quien va a ganar?”. La segunda resume un problema metodológico que ha servido para enfriar los ánimos de quienes sortean la primera pregunta. “¿cómo estudiar las elecciones si se sabe que los resultados oficiales son fraudulentos?”.

(1) Hasta antes de la reforma política, por ejemplo, muy pocos estudiosos mexicanos abordaban temas electorales. Entre ellos, destacan Pablo González Casanova, José Luis Reyna y Rafael Segovia.

Sin negar que el fraude y la no competitividad realmente imponen dificultades serias al estudio de la evolución del sistema partidario electoral mexicano, es importante subrayar que esas características son en si mismas la mejor justificación de la pertinencia del estudio de la evolución del sistema partidario mexicano.

Hay que estudiar la evolución histórica del sistema partidario electoral en México precisamente porque casi siempre se ha sabido de antemano quien ganara las elecciones, porque casi siempre se ha considerado que son fraudulentas y a pesar de ello se han realizado con una puntualidad más inglesa que mexicana.

Es importante estudiarlas porque a pesar de ser no competitivas, la sociedad mexicana ha invertido en sus elecciones enormes cantidades de recursos humanos, materiales y políticos a lo largo de siete décadas, y en algunos casos la sangre ha llegado al río.

Otra razón para ocuparse de las elecciones lo justifica el hecho de que aunque casi siempre se haya sabido quien las ganaría, muchas, muchísimas veces ha habido alguien dispuesto a asumir una inminente derrota compitiendo contra el candidato del partido oficial.

Ese es el aspecto distintivo de las elecciones mexicanas. Su eficiente secreto es que han hecho compatibles, en un periodo muy largo, la no competitividad y el multipartidismo. Las elecciones no competitivas han sido un fenómeno muy común en el mundo político contemporáneo, pero todas las elecciones no competitivas han sido desde el principio, o han terminado siendo en un breve plazo, elecciones en las cuales solo un partido presenta candidatos.

La política mexicana, en cambio, ha estado dominada desde 1929 por un solo partido que ha impuesto su hegemonía a través de elecciones no competitivas, pero el régimen político de México nunca ha adoptado estrictamente la forma de sistema de partido único, pues a pesar de todo siempre ha habido alguna oposición partidaria dispuesta a enfrentar al partido del Estado.

Ante esa paradoja surge la pregunta de cómo ha sido posible que un sistema en el cual la mayoría de los candidatos y de los electores coinciden en que sólo un partido puede ganar, no haya derivado en un monopartidismo estricto, ya sea porque la oposición eventualmente decide que no tiene caso participar en esas condiciones y se retira, como ocurrió hace poco en Portugal, o porque el gobierno termina prohibiendo toda oposición electoral, como ocurrió en muchas de las naciones africanas y asiáticas que ganaron su independencia después de la segunda guerra mundial.

Pero también surge la pregunta opuesta: cómo ha sido posible que un sistema donde siempre se ha tolerado, y a veces incluso se ha estimulado la existencia de una oposición electoral, no haya derivado en elecciones competitivas, que eventualmente conducen a la alternancia política o al gobierno multipartidario, como ocurrió en Turquía y Brasil, dos de los pocos casos en donde los gobernantes intentaron durante algún tiempo establecer sus propios sistemas de elecciones no competitivas pero con oposición legal.(2)

(2) Otros que han ensayado sistemas políticos en los cuales coexisten un partido oficial con una oposición tolerada que puede participar en elecciones no competitivas son Taiwán, desde los años cincuenta, y Singapur desde mediados de los sesenta. Su estudio comparativo puede servir para entender mejor el funcionamiento de sistemas como el mexicano.

La característica principal del sistema electoral y partidario mexicano es que su historia ha estado atravesada por este tenso equilibrio, que sintetiza la frase “elecciones no competitivas pero disputadas”.

Una cara de la moneda consiste en que las elecciones son no competitivas porque los sesgos legales e institucionales del sistema hacen que la victoria del partido oficial deje de ser el desenlace más probable, para convertirse en una parte implícita pero clara de las propias reglas del juego. Esta cara de la moneda se construyó básicamente a través de dos mecanismos: la paulatina pero implacable centralización del control de las elecciones por el Poder Ejecutivo Federal, y la creación de reglas institucionales diseñadas para impedir que las escisiones del partido oficial tuvieran expresiones electorales. Este último aspecto era particularmente crítico, pues sin la posibilidad de impedir escisiones en el partido oficial, especialmente en la crítica hora de la sucesión presidencial, la reproducción autoritaria pero pacífica del poder no estaba garantizada. Este es un proceso que se desarrollo principalmente entre 1946 y 1954, pero que ha recobrado importancia a partir de la elección de 1988 y la institucionalización del Partido de la Revolución Democrática.

La otra cara de la moneda es que las elecciones son disputadas porque la oposición no solo le disputa al PRI el apoyo electoral, sino que, sobre todo, le disputa al gobierno la legitimidad y la legalidad de las elecciones mismas. A lo largo de casi toda la evolución del sistema de partido hegemónico en México, los líderes de la oposición en toda la gama del espectro ideológico han oscilado entre una estrategia de oposición antisistema, más orientada al boicot que a la participación, y una estrategia de oposición leal, sostenida Unicamente por la posibilidad de que el gobierno asuma gradualmente la agenda de reforma electoral que la propia oposición ha logrado colocar como horizonte político. Desde luego, la legitimidad del régimen, pero también la reproducción del statu quo, dependen de estas decisiones que la oposición, no el gobierno, deben tomar.

Visto de esta manera, el equilibrio del sistema partidario mexicano difícilmente podría explicarse como producto necesario de variables estructurales. Por el contrario, queda claro que, en buena medida, su conservación ha sido el resultado de decisiones estratégicas eficientes. De una forma u otra, los estrategas políticos del gobierno han sabido inducir a la oposición a reducir el uso de estrategias antisistema, y han sabido inducir condiciones poco propicias para que la oposición coordine sistemáticamente sus acciones. Los gobiernos posrevolucionarios han logrado esto a través de una larga sucesión de estímulos, pero también a través de presiones, amenazas y, en diversas ocasiones, abierta represión.

Para entender la evolución del sistema partidario electoral mexicano, lo importante no es notar que la no competitividad y la disputa de las elecciones son las dos caras de una moneda, sino que en México esa moneda ha girado de canto durante setenta años.

Aunque a lo largo de varias décadas los estrategas políticos del gobierno fueron encontrando soluciones institucionales que mantuvieron al sistema en equilibrio, superando los retos que la oposición le presentaba y controlando el faccionalismo de su propio partido, el equilibrio del sistema se hizo más precario. Sin duda alguna, este proceso tuvo muchas causas, entre las cuales la crisis económica de la década de los ochentas no será menor. Pero el deterioro del difícil equilibrio del sistema partidario mexicano también tuvo causas endógenas: así como decisiones acertadas explican su conservación, las consecuencias imprevisibles o mal calculadas de algunas de las reformas institucionales que se introdujeron para sostenerlo explican su deterioro. Varias de las medidas que se han establecido para cincelar una cara han terminado desfigurando la otra.

La crítica elección de 1988 mostró este problema La popularidad de la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas es un fenómeno complejo que nada tiene que ver con esas reformas. Pero la candidatura misma fue posible gracias a las consecuencias imprevisibles o mal calculadas de las reformas a las reglas del sistema partidario electoral que se introdujeron desde la década de los setentas con el objetivo principal de contener al PAN y sus tendencias antisistema.

Al final, el gobierno no solo no pudo evitar que un desprendimiento del PRI tuviera acceso a las boletas electorales, sino que tampoco pudo contener las tendencias antisistema del PAN. El régimen resistió la avalancha y conservo el poder, pero no sin daños graves que amenazaban con dar fin al portento de equilibrio político que se sostuvo durante muchos años. En Baja California Norte parecía que la moneda finalmente caería mostrando la cara multipartidista Sin embargo, pronto quedó claro que esa no había sido la última etapa de la larga marcha del sistema de partido hegemónico mexicano. Para salvar al sistema, el gobierno supo construir una difícil alianza con el PAN. A cambio de una fórmula electoral muy sesgada en su favor, el gobierno accedió a relajar algunos de los controles del proceso electoral que el PAN consideró claves.

La hora de evaluar los efectos de ese intercambio político ha llegado. El calendario electoral vuelve, británico e implacable: entre el 7 de julio y el 4 de diciembre de 1991 serán elegidos 500 diputados federales, 32 senadores, 66 representantes de la Asamblea del Distrito Federal, 7 gobernadores, 225 legisladores de 9 estados, y presidentes y miembros de 673 ayuntamientos de 12 estados de la federación. Estas elecciones no sólo servirán para realizar la renovación de todos esos puestos de gobierno.

Las elecciones de 1991 servirán para despejar dos incógnitas de las cuales depende la ecuación que sintetiza el momento político que atraviesa México: ¿la crisis de 1988 representó un realineamiento político duradero del electorado mexicano, o fue acaso una “anomalía” que no se repetirá? De esta respuesta dependen las estrategias que seguirán todos los actores políticos de México. Si el PRD logra obtener resultados satisfactorios, permanecerá en el escenario político como una alternativa de bajo costo para muchos de los potenciales disidentes del partido oficial, y con ello restringiría los márgenes de maniobra del gobierno y del resto de la oposición, pero a la vez abriría el abanico de opciones políticas de la coyuntura política contemporánea. En caso contrario, ascenderían los costos de estrategias antisistema por parte de la izquierda. Esta situación implicaría dejar a muchos cuadros políticos nacionales y locales ante un panorama que les ofrece pocas oportunidades en la arena electoral.

Las elecciones servirán también para evaluar la estrategia político electoral elegida por el PAN, que decidió apoyar al gobierno en varios momentos críticos. La estabilidad de esta alianza es doblemente vulnerable: si el PAN no logra obtener una respuesta electoral que le signifique un avance considerable, o si el gobierno impone una elección controvertida, una dura revisión interna de la estrategia panista sería inevitable y en ese caso aumentarían las posibilidades de que a partir de 1992 se hace una campaña concertada entre casi toda la oposición.

En el caso opuesto, si el PAN avanza significativamente a nivel federal estatal, estaríamos observando una transformación del sistema de partido hegemónico en una dirección que posiblemente deje tanto satisfechos como inconformes: estaríamos observando el pasaje del sistema de partido prácticamente único al sistema de partido y medio. En cualquier caso, el PRD tendrá que ajustar su estrategia.

Por último, si el PRI simplemente se recupera y sigue tan campante, habrá que parafrasear a Luis Cabrera y decir que las elecciones son las elecciones.