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Félix Arvers estaba en el hospital. Murió a solas y en abandono, y la monja junto a él pensó quizá que estaba más adelantado de lo que en realidad estaba. Ella gritó muy fuerte una orden hacia fuera, indicando dónde se encontraba tal o cual cosa. Era una monja bastante iletrada; no había visto nunca escrita la palabra “corredor” que en ese momento tenía que emplear; así pudo darse el caso de que dijera “coledor” creyendo que así se pronunciaba. Entonces Arvers empujó a la muerte. Le pareció necesario poner eso en claro. Se puso enteramente lúcido y le dijo a la monja que había que decir corredor. Y murió. Era un poeta y odiaba lo “poco más o menos”; o quizá sólo le importaba la verdad; o tal vez le molestaba llevarse como última impresión la de que el mundo continuaba siendo tan negligente. Ya no es posible saberlo. Pero que no se crea que obró por pedantería. En tal caso, el mismo reproche habría que hacerle a san Jean de Dieu, que en plena agonía saltó y justo a tiempo soltó la cuerda de uno que acababa de ahorcarse en el jardín, y cuyo acto había penetrado de modo maravilloso en la tensión interna de su agonía. También a él lo único que le importaba era la verdad.

Fuente: Rainer Maria Rilke, Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Traducción de Francisco Ayala. Losada, Buenos Aires, 1958. (3ra. edición, 1979.)

 

Un comentario en “Pendientes antes de morir