A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Para ser perfecta, la espalda ha de contar con dos hoyuelos algo más debajo de los riñones, a derecha e izquierda. Esta particularidad es necesaria para la gracia, a más de servir de puntos de referencia. Generalmente inesperados, añaden picardía. Suaves y alegres, por lo breve de su profundidad, lentitud de su declive, signo de perfección difícil de olvidar. Cabe más: un tercero en el centro —algo más arriba de los anteriores—, estrellas de la tarde, constelación, perpetuo norte del buen camino.

Las crestas ilíacas mantienen el equilibrio sosteniendo lo que algunos tienen por mejor. (La pelvis nos sostiene desde antes de nacer.) Los medios puntos de sus bordes dan a la mujer su trazo más característico. Remátase con las posaderas. Han de ser éstas proporcionadas al talle y, en su parte más ancha, cerca del doble de éste en su parte más estrecha. (Recordando que hay quien prefiere las colipavas.) Redondas, bien señaladas, firmes, juntas, sin falla a la vista y al tacto.

Una espalda perfecta no puede ser grande ni chica, pertenece al tamaño natural de la mujer. El color no importa, del ámbar al rosado, canela, parda, de ébano. Todo habla, ¿cómo no había de hacerlo la espalda? Susurra a todo lo largo del cuerpo, poseedora de las curvas más largas.

Una hermosa espalda puede ser motivo de orgullo tan grande como una cara bonita, unas piernas perfectas, un pecho privilegiado. Aunque de esto último suelen sacar mejor orgullo; que cuenta más, sin razón, lo que se ve.

Pregunta a su amada, comparando la finura de su epidermis con la de un canto rodado de Patmos: —¿Qué vueltas no te dio la mar para hacerte tan dura, sabia, fina? —Pasé por mil y mil manos, igual que tu entendimiento.

Fuente: Max Aub, Mis páginas mejores, FCE, 2000.