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El romano era insaciable más que nada en todo lo que tuviera visos de espectáculo. En el siglo cuarto ni con mucho se satisfacía esta necesidad con los dineros públicos, sino que se acudía a la generosidad de los altos funcionarios recién nombrados y de los senadores. Esta gente, no siempre rica, tenían con este asunto un gasto de consideración, pues cada cual tenía que superar al antecesor, no sólo por ambición personal, sino por la insaciabilidad del pueblo. Una gran parte de la correspondencia del prefecto Símaco está llena de las preocupaciones que le produce sufragar los espectáculos con su propia promoción y las de sus parientes en otras ocasiones. Desde los tiempos de Diocleciano se había acabado con aquellos derroches imperiales en materia de juegos, que en una ocasión habían inspirado a Carino la idea de ocupar toda la mitad de un barrio, en la parte del Capitolio, con un anfiteatro de madera, adornándolo con toda clase de piedras preciosas, oro y marfiles; y entre otras cosas se vieron animales raros como cabras monteses e hipopótamos, y lucharon osos con focas. Los emperadores se ocupaban de los edificios y sabemos que Constantino restauró espléndidamente el Circo Máximo; pero los espectáculos mismos estaban a cargo de los dignatarios ricos que pagaban en esta forma al Estado su exención de impuestos y sus emolumentos. De nada servía marcharse de Roma; parece que los funcionarios de hacienda celebraban en tal caso los juegos en nombre de los ausentes. Ya era bastante si se conseguía la dispensa de aduana por los animales importados. Lo más importante fue siempre la selección de caballos para el circo; en esta ocasión era cuando lo mismo el romano distinguido que el hombre de la calle satisfacían su supersticiosa pasión por las apuestas, y un auriga podía alcanzar el máximo prestigio por su habilidad y hasta una especie de inviolabilidad. Pero el gusto romano se había refinado tanto en ese aspecto que había que cambiar constantemente las razas de caballos; los tratantes recorrían medio mundo para encontrar algo nuevo y extraordinario y transportarlo cuidadosamente a Roma; Símaco escribe a estos agentes con tanta deferencia como si se tratara de personajes importantes. Para la lucha de fieras en los teatros y en los coliseos, y para las cazas (sylvae) en el Circo Máximo se necesitaban gladiadores, una “gavilla de combatientes peor que la de Espartaco”; también solían presentarse a veces bárbaros prisioneros, por ejemplo, sajones, pero, a tenor de la época debieron dominar las luchas entre animales. Los encargados de estas liturgias se encuentran siempre en grandes apuros para procurarse las fieras necesarias; osos que llegan en plena consunción o que han sido sustituidos por peor género, leones líbicos, colecciones de leopardos, perros escoceses, cocodrilos y hasta animales que en la actualidad no podemos identificar con certeza, como los addaces y los pygargi. Ocurre a veces que los emperadores ayudan después de una victoria enviando unos cuantos elefantes, pero es la excepción.

Fuente: Jacob Burckhardt, Del paganismo al cristianismo. La época de Constantino el grande. Versión de Eugenio Imaz. FCE, México,, 1945 (2a. reimpresión, 1996).