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La última vez que Lucas Alamán tuvo una aparición biográfica fue hace más de ochenta años, bajo la autoría de José C. Valadés. Ahora, el historiador estadunidense Eric Van Young es quien vuelve sobre los pasos del político conservador y entrega A Life Together. Lucas Alamán and Mexico, 1792-1853. De esa extensa y cuidadosa investigación son los siguientes pasajes hasta ahora inéditos en español. Este adelanto viene acompañado de la atenta y crítica lectura que Roberto Breña hace de la biografía escrita por Van Young al tiempo que recapitula los signos de la época turbia en la que vivió Alamán.

La ciudad de México de Lucas Alamán

Cuando volvió a la ciudad de México, a finales de marzo o principios de abril de 1823, Lucas Alamán tenía 31 años y seguía soltero. La descripción de su apariencia que su hijo Juan Bautista escribió después de su muerte concuerda con otros retratos: “Era D. Lucas Alamán, bajo de cuerpo, pero bien formado: la blancura de su tez revelaba la sangre española que corría por sus venas: su frente espaciosa y despejada, daba desde luego á conocer que era el asiento de una inteligencia superior, y su pelo, naturalmente rizado, le daba el aspecto de un busto modelado por algún escultor griego. Una expresión de bondad moderaba el vigor de sus miradas profundas más bien que penetrantes, y esa misma expresión de bondad que tenía en las facciones, unida á la dignidad de sus modales, hacían se le reconociese fácilmente por un hombre de bien, y sin trabajo por un gran hombre”.1 Para cuando Alamán cumplió los 50, los estragos del tiempo —caída de carnes, encanecimiento, aumento de peso y desilusiones—, así como el desgaste de sus achaques físicos y una vida de trabajo sin fin lo habían envejecido considerablemente. A juzgar por el conocido retrato al óleo que tenemos de él, sin embargo, su presencia nunca dejó de ser imponente, si bien nunca extravagante. Su cabellera era aún abundante y ondulada; su expresión, seria, incluso un tanto severa. Siguiendo las convenciones pictóricas de la época, los anteojos posados sobre su nariz le daban un aire de erudición.

Alamán llegó a la ciudad de México por primera vez a los 18 años, cuando él y su madre se mudaron a la gran capital en 1818. Allí se casó con su esposa, Narcisa Castrillo; allí estableció la casa donde crio a sus hijos, tanto a los que vio crecer como a los que enterró; allí llevó a cabo la mayoría de sus negocios, hizo su carrera política y vivió sus últimos días. Alamán mantuvo fuertes vínculos con su nativo Guanajuato y pasó largas temporadas en su finca en Celaya. También visitó con frecuencia la Hacienda de Atlacomulco, cerca de Cuernavaca, cuya administración le había sido confiada por el duque de Terranova y Monteleone, un noble siciliano y el heredero de las vastas propiedades mexicanas de Hernán Cortés. Pasó mucho tiempo allí y en Orizaba, pero hizo su vida en el “gran forúnculo” de México.2

Durante los treinta años que Alamán pasó en la ciudad de México, la huella de la urbe se expandió hacia el oeste y el sudoeste, donde las clases acomodadas se establecieron. Con el tiempo, Alamán y su familia siguieron este curso, ocupando durante años una espaciosa casona en la Ribera de San Cosme, propiedad que el estadista conservaría hasta su muerte. La población de la ciudad apenas creció en el curso de las décadas que Alamán vivió allí. En 1811 había en México unas 170 000 personas, y si bien durante los años de la insurgencia este número aumentó considerablemente con la llegada de refugiados que buscaban escapar de la violencia del campo, para 1850 la población de la ciudad era prácticamente la misma que antes de la Independencia. La capital no era un lugar especialmente salubre, pues los grandes proyectos de infraestructura que podrían haber contribuido a la salud pública —drenaje de lagos, abastecimiento de agua potable, sistemas de alcantarillas— no estarían al alcance fiscal del Estado sino hasta el porfiriato. A lo largo de la vida de Alamán la ciudad fue asolada por repetidas epidemias de escarlatina (1822, 1825, 1838, 1842, 1844 y 1846), sarampión (1822, 1826, 1836, 1843, 1848) y viruela (1825-26, 1828-30, 1839-40). El tifus, la fiebre tifoidea y el cólera morbus causaban estragos con regularidad, como atesta el propio Alamán al mencionar a las epidemias recurrentes en sus escritos. Dado que casi la mitad de los hijos de Lucas Alamán y Narcisa Castrillo murieron en la primera infancia, resulta razonable asumir que al menos algunas de estas enfermedades —por no decir nada de la disentería y otros males gastrointestinales que circulaban incluso cuando no había un brote epidémico— invadieron la vida de la familia. El crecimiento acelerado de la población de la ciudad de México, que en 1910 alcanzaría los 700 000 habitantes, no comenzó sino hasta después de muerto Alamán, durante la pax porfiriana del último tercio del siglo XIX.

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Los distritos residenciales de la ciudad estaban claramente demarcados en términos de clase social. En la época de Alamán la vieja traza colonial —el plan de calles rectilíneas que desembocaban en la gran plaza central— aún dominaba la geografía urbana, si bien el diseño desaparecía en los barrios pobres del norte y se volvía irregular conforme uno se adentraba en las colonias del oeste, cada vez más acaudaladas. Por lo general, la cercanía de una casa al Zócalo indicaba el estatus de sus dueños. La clase alta de la ciudad, a la que Lucas Alamán y su familia pertenecían la mayor parte del tiempo, recibía los sacramentos en la parroquia del Sagrario, adyacente a la Catedral. Es casi una certeza que la mayor parte de la vida social de la familia tenía lugar dentro de esa misma zona, salvo cuando salían de la ciudad para ir a Celaya, Guanajuato, los alrededores de Cuernavaca o la región de Veracruz. Tengo la impresión, sin embargo, de que Lucas Alamán solía viajar solo, pues su esposa, de por sí tímida, tenía que quedarse en casa para atender a su considerable prole y su nada despreciable establecimiento doméstico. El Palacio Nacional —que dominaba el lado este del Zócalo y justo al norte de él las ruinas del Templo Mayor, entonces aún no excavadas— albergaba las oficinas gubernamentales donde Alamán despacharía durante su época al centro de la política oficial. El lado norte de la plaza lo ocupaba la Catedral; el sur, el edificio del Ayuntamiento. Al sur y al oeste se extendían portales que hospedaban cafés, librerías y tiendas, como sucede hasta hoy. Comenzando en 1822, con la remoción del enorme bronce ecuestre de Carlos IV diseñado por el arquitecto y escultor Manuel Tolsá, la ciudad emprendió sucesivos proyectos para embellecer y reconfigurar el enorme espacio del Zócalo. La demolición en 1843 del Parián —el edificio que albergaba a incontables comercios en la esquina sudoeste de la plaza— provocó una apasionada respuesta escrita por parte de Alamán, quien condenó la destrucción del mercado y de otras estructuras históricas de la ciudad.3 En ese mismo año el presidente Santa Anna inició la construcción de un grandilocuente monumento a la Independencia que quedó incompleto salvo por su pedestal o zócalo, palabra que terminó por servir de nombre para la plaza. Al sur del Palacio Nacional yacía la Plaza del Volador, también parte de la enorme herencia del duque de Terranova y Monteleone y sede de otro mercado, que pertenecía al Marquesado del Valle hasta que Alamán se la enjaretó al gobierno municipal. La ciudad estaba llena de iglesias, conventos y monasterios, muchos de los cuales fueron derribados o cerrados durante la Reforma liberal. Alrededor de 1840 había en México casi sesenta iglesias sin contar a la Catedral, así como 33 establecimientos monásticos para hombres y quince conventos para mujeres. Había también más de cien cafés, comederos populares, pensiones y restaurantes, la mayoría de los cuales tenía una pésima reputación por su falta de higiene y de amenidades. Incontables comerciantes informales vendían comida en la calle o a los transeúntes que pasaban frente a sus casas. Una parte importante del abasto de comida de la ciudad llegaba por el canal de La Viga desde las zonas chinamperas de Xochimilco y de Chalco, práctica que apenas había cambiado para mediados de siglo y que servía como recordatorio de que la metrópolis azteca y su sucesora colonial habían sido construidas sobre una serie de lagos. Las afueras de la ciudad la suplían de maíz, frijol, trigo, papas, carne y cebada para los animales; el pulque venía de la zona de Apam, al este de la urbe; el ron, la fruta y el azúcar, de Cuernavaca.

Los visitantes extranjeros de la época tenían mucho que decir sobre la ciudad, casi todo negativo. El viajero francés Louis de Bellamare —el seudónimo de Gabriel Ferry (1809-52)— escribió que la ciudad era la más bella de las que los españoles habían construido en el Nuevo Mundo, pero añadió que las condiciones de las calles, en medio de las cuales fluían aguas negras, contrastaban feamente con la elegancia de los edificios públicos y privados. Muchas de sus observaciones encontraron eco en el justamente famoso Life in Mexico (1843) de Fanny Calderón de la Barca (1804-82), la esposa escocesa del primer embajador español en México. La seguridad pública era tenue en el mejor de los casos; la presencia policial era visible pero insuficiente para garantizar la integridad de los individuos y sus casas, así como su pasaje seguro por las calles, especialmente de noche. Un análisis preparado en 1837 por la prefectura política del Departamento de México —el cual absorbió temporalmente al Distrito Federal— admitía que el crimen era rampante a pesar de la presencia de la policía y que los culpables raramente eran castigados. Casi todos los visitantes notaban la presencia ubicua de los pobres de la ciudad: los vagabundos, limosneros y carteristas conocidos como léperos, quienes junto con los soldados eran los principales responsables de la embriaguez pública, la lascivia, los delitos menores y la violencia a pequeña escala que abundaban en la capital. Los viajeros anglófonos, en particular, solían escandalizarse ante la presencia de tales gentes, como si ignoraran el destino de los trabajadores de las “oscuras fábricas satánicas” de sus países de origen mientras pronunciaban comentarios sentenciosos sobre los léperos. Típica de esta sanctimonia es la descripción que Fanny Calderón hizo en 1839 de “léperos holgazanes, patéticos montones de harapos que se acercan a la ventana y piden con la voz más lastimera, pero que sólo es un falso lloriqueo, o bien, echados bajo los arcos del acueducto, sacuden su pereza tomando el fresco, o tumbados al rayo del sol; cuando no se sientan durante horas en el umbral de alguna puerta, asoleándose, o se protegen a la sombra de las paredes”.4 El intoxicante favorito de los pobres de la ciudad era el pulque, una bebida de baja graduación alcohólica que a veces era adulterada con otras sustancias, tales como el tepache (jugo de fruta fermentado). Para mediados del siglo XIX existían casi cuatrocientas pulquerías en la capital: establecimientos populares en donde la “gente decente” jamás se aventuraba y que servían el pulque producido en las zonas rurales al este de la ciudad. La mayor fuente de ingresos para el presupuesto municipal procedía de la venta de licencias para este tipo de garitos; el mayor gasto iba a parar a las cárceles. Casi la tercera parte de los habitantes empleados de la ciudad eran artesanos de varios tipos; una cuarta parte eran proveedores de servicios, tales como porteros, aguadores, cargadores, cocheros y sirvientes domésticos; y un quinto completo eran soldados: una población siempre turbulenta.5

El entretenimiento popular en la época madura de Alamán casi no había cambiado desde su llegada a la ciudad. El paisaje urbano estaba lleno de apuestas, peleas de gallos, corridas de toros, bailes callejeros y conciertos espontáneos en los que la gente modesta pasaba sus horas de ocio. Los viajeros extranjeros con frecuencia hacían comentarios insultantes sobre los hábitos de los mexicanos. Brantz Mayer, durante muchos años el secretario de la legación estadunidense en la ciudad de México, escribió en su crónica del país publicada en 1844 que las principales diversiones de los mexicanos eran las revoluciones, los terremotos y los toros, en ese orden. Todo parece indicar que una atmósfera carnavalesca descendía sobre la ciudad durante las elecciones, las celebraciones patrióticas y las fiestas religiosas. Una variada gama de teatros atraía espectadores de diversas clases sociales, gustos y niveles de pretensión cultural. Al inicio de la década de 1840 Mayer los describía así: “El [Teatro] Principal, frecuentado por la vieja aristocracia, era donde se veía teatro serio; el Nuevo México atraía gente [de más reciente ascenso social] que desestimaba el ‘drama tradicional’ y toleraba el espíritu de la innovación y la novedad; el [Teatro de la Unión era]… donde el ‘pueblo’ [es decir, las clases bajas] se divertía con bromas más o menos crudas y con las escenas más espontáneas de las producciones ad libitum”.6

El ámbito de la vida de Lucas Alamán en la ciudad de México era sin duda bastante limitado. Su casa era relativamente acaudalada, así que buena parte del quehacer cotidiano de cuidar a su creciente familia recaía en sus sirvientes y en los comerciantes que traían sus bienes y servicios a su residencia, de manera que Narcisa Castrillo de Alamán rara vez tenía que salir para hacer compras o diligencias. Las casas de los ricos y los prominentes daban a las calles que radiaban del Zócalo. Los bellos edificios que incluso en nuestros días adornan el centro de la ciudad, algunos coloniales y otros decimonónicos, son un testamento de la bien delimitada geografía social de la ciudad de México de la época de Alamán, aunque hoy las viejas residencias han sido convertidas en edificios cívicos, gubernamentales o de negocios. Estas casas, con frecuencia coloridas, tenían típicamente dos o tres pisos y solían ser construidas —o al menos fachadas— con la roca volcánica rojiza, conocida como tezontle, que abunda en el Valle de México. Portones con arcos se abrían a patios interiores con columnatas en los que se alzaban una serie de edificios exteriores, tales como establos. La familia de la casa por lo general vivía en los pisos superiores, rentando los cuartos a nivel de calle a establecimientos comerciales. Las casas que Alamán y su familia ocuparon durante muchos años, primero en la calle San Francisco y luego en la calle segunda de San Agustín, compartían estas características. La calle San Francisco, hoy la avenida Madero, corría desde la Alameda hasta el Zócalo y contaba entre sus construcciones a la Casa de los Azulejos de los condes del Valle de Orizaba (hoy un restaurante Sanborns) y las casas de Agustín de Iturbide (llamada hoy Palacio de Iturbide) y de la famosa belleza conocida como la Güera Rodríguez. En 1839 Fanny Calderón describió la calle de San Francisco como “la más hermosa de México, tanto por sus tiendas como por sus casas”.7

Primeros días en el ministerio

El 12 de abril de 1823, apenas desempacado el equipaje de Alamán, el Supremo Poder Ejecutivo (SPE) nombró al estadista titular interino del puesto más importante del gabinete: el Ministerio de Estado y del Despacho de Relaciones Interiores y Exteriores. Establecido tras la caída de Iturbide por el congreso reconvenido el 31 de marzo de 1823, el SPE consistía de un triunvirato de hombres que habían asumido las funciones ejecutivas del gobierno central. En su carta de aceptación, fechada el día siguiente y dirigida a Ignacio García Ilueca (¿1780?-1830) —quien bajo el recién extinto gobierno de Iturbide había asumido los portafolios de Estado, Tesoro, Justicia y Guerra, y quien continuaría en el gobierno por un tiempo bajo el SPE— Alamán escribió: “Aunque el conocimiento de mis propias fuerzas debiera arredrarme para admitir tan delicado encargo en las presentes circunstancias, estas últimas exigen que todos cooperen con el poder supremo desempeñando los destinos en que tuviere a bien colocarlos”.8 Para el 16 de abril el público había sido informado de que Alamán había aceptado la posición. No queda claro cuándo terminó el periodo interino del puesto, pero el 16 de abril de 1823 es la fecha generalmente aceptada como el inicio del primer ministerio de Alamán. Poco a poco García Ilueca fue cediendo sus funciones conforme otros hombres aceptaron nombramientos a los tres departamentos restantes y se incorporaron al gabinete junto a Alamán. El 2 de mayo Francisco Arriaga (nacido en 1776), un mercader veracruzano nacido en España que después fue el primer concesionario ferrocarrilero en México, fue nombrado ministro de la Tesorería; el 6 de junio Pablo de la Llave (1773-1833), un renombrado naturalista que había dirigido el jardín botánico de Madrid, aceptó el portafolio de Justicia y Asuntos Eclesiásticos; y el 12 de julio José Joaquín de Herrera (1792-1854), un militar que vivió casi los mismos años que Alamán y que después fue presidente, asumió el Ministerio de Guerra y Marina.

Aunque Lucas Alamán pronto se convirtió en la figura central del gabinete, no sabemos con certeza por qué el joven político, apenas regresado de España, fue invitado a unirse al gobierno. La decisión de nombrarlo probablemente nació en el triunvirato del SPE, cuyos archivos son muy opacos. Durante la primavera y el verano de 1823 el SPE consistía de Guadalupe Victoria, Nicolás Bravo y Pedro Celestino Negrete, todos conservadores centralistas. El primero de abril de 1823, sin embargo, el Congreso designó suplentes para cubrir las repetidas ausencias de Bravo y Victoria. El primero de estos suplentes, el famoso abogado queretano Miguel Domínguez (1772-1852), era el esposo de la aún más célebre Josefa Ortiz de Domínguez y fue después presidente de la Suprema Corte de Justicia (1825-27); el segundo, el militar José Mariano Michelena (1772-1852) era federalista y masón yorkino, además de haber sido conspirador por la Independencia; el tercer suplente, Vicente Guerrero, se sumó al grupo el 3 de julio. Esta mezcla de hombres, provenientes de diversas partes del espectro político, buscaba crear un gobierno de unidad nacional tras el polarizante ascenso y caída de Iturbide, quien seguía siendo una presencia importante en la política mexicana incluso después de salir exiliado del país a finales de marzo. Gracias en parte a las frecuentes ausencias de los otros miembros del SPE, Michelena se convirtió en el hombre dominante y probablemente ejerció una fuerte influencia en la selección del ministro de Relaciones. El año siguiente Alamán lo nombraría embajador en el Reino Unido, en ese momento el puesto diplomático mexicano más importante. Michelena jugaría un papel crucial a la hora de asegurar los préstamos iniciales que los bancos británicos le extendieron a México. A pesar de sus opiniones políticas divergentes y de la diferencia de edad que los separaba, la amistad entre Michelena y Alamán era cálida, habiendo nacido quizás en la época cuando los dos hombres servían en las Cortes de Cádiz. La cordialidad entre los dos personajes sugiere que en el México de entonces hombres de muy diversas tendencias ideológicas podían entablar relaciones amistosas, aunque hay que admitir que en ese momento —y dejando de lado la compatibilidad de personalidades— Alamán era bastante más moderado de lo que llegó a ser y que, por lo tanto, era más propicio a llevarse bien con todos salvo los más radicales de los liberales (por ejemplo: Lorenzo de Zavala). En su correspondencia diplomática el embajador Michelena se refería a su jefe como “mi amado amigo”, demostrando la confianza que depositaba en el apoyo personal, la discreción profesional y la simpatía de Alamán.

Así pues, es posible que la influencia de Michelena haya jugado un papel importante en la entrada del joven político al gobierno en abril de 1823. Al mismo tiempo, sin embargo, Lucas Alamán no era precisamente un desconocido en la vida pública. Como hemos notado, el estadista había servido brevemente en un comité de salud pública hacia el final del régimen virreinal; había emergido como una especie de prodigio político en las cortes españolas de 1821-22; y había sido nombrado ministro plenipotenciario en Francia por el emperador Iturbide en 1822, si bien rechazó este último puesto. Lo que es más: gracias a su abolengo, su educación, su familiaridad con Europa y su política, su conocimiento de idiomas extranjeros y su muy visible servicio público en España, Alamán poseía una cierta pátina de civilización que lo asociaba al mundo del Atlántico Norte que buena parte de la élite del México recién independizado veía como modelo de modernidad. Lorenzo de Zavala, el tribuno de los liberales radicales de la época —como Alamán llegaría a serlo de los conservadores—, identificó el origen del atractivo de Alamán, si bien lo puso de forma negativa: “[Alamán es] uno de los hombres más instruidos [en el Ministerio]… [Sus maneras] estudiadas de decir y de presentarse en la Sociedad le han adquirido una reputación de hombre de importancia en un país en que la civilización no está aún adelantada… Habla con facilidad; pero nunca profundiza ninguna cuestión y menos analiza”.9

Menos de una semana antes de la incorporación de Alamán al gabinete, el Congreso interino había comenzado a desmantelar el legado del efímero régimen de Iturbide al abrogar el Plan de Iguala y el Tratado de Córdoba. El nuevo gobierno, sin embargo, conservó las Tres Garantías de religión (el monopolio de la Iglesia católica), independencia y unión (la igualdad entre criollos y peninsulares). El breve experimento con una corona posborbónica había desacreditado el concepto de monarquía, al menos por el momento. No tenemos evidencia de que Alamán tuviera las serias reservas que más adelante tendría con respecto al republicanismo cuando se incorporó al gabinete de un gobierno que claramente se perfilaba hacia una forma republicana, menos aún de que buscara subvertir las instituciones de la nueva república. Su fuerte intención centralizadora era otra cuestión: emergió desde el principio y provocó desde muy temprano una fiera oposición política.

El Congreso, por su parte, estaba lleno de hombres interesantes, muchos de los cuales permanecerían por años en la escena nacional y formarían relaciones de alianza o antagonismo con el nuevo ministro de Relaciones Interiores y Exteriores. Entre los líderes del bloque centralista, los más cercanos a las ideas del nuevo ministro, estaban Francisco Fagoaga (1788-1851), heredero de una gran familia minera y antiguo amigo de Alamán desde sus días en Londres, el intelectual militar Manuel Mier y Terán (1789-1832) —una especie de premonición del general revolucionario Felipe Ángeles (1868-1919)— y Carlos María de Bustamante. Estos hombres fueron llamados borbonistas, centralistas, escoceses (por su afiliación con el rito masónico escocés) o simplemente “hombres de bien”. La voz más importante entre los federalistas pertenecía al formidable cura y político José Miguel Ramos Arizpe (1775-1843), a quien seguían liberales convencidos como Valentín Gómez Farías (1781-1858), Francisco García Salinas (1786-1841), Juan de Dios Cañedo (1786-1850) y el siempre vocal Lorenzo de Zavala. Por su parte, fray Servando Teresa de Mier (1765-1827), el picaresco fraile dominico que acompañó al mucho más joven Alamán durante sus viajes europeos, ocupaba una posición centralista-republicana más moderada. Los debates en el Congreso eran con frecuencia turbulentos y Alamán asistía a ellos casi todos los días, tomando la palabra en numerosas ocasiones durante sesiones especiales convocadas por la tarde. En estas apariciones el estadista solía advertir a los diputados que el país estaba en riesgo de disolverse por completo si el gobierno central no tomaba resoluciones fuertes y pasos proactivos. Los miembros del SPE carecían de las habilidades necesarias para llevar a cabo las delicadas tareas políticas que surgían, por lo que cedieron a Alamán mucho espacio de acción. Vicente Guerrero era “retraído y suspicaz; más campesino que gobernante”; Miguel Domínguez, “anciano, decrépito” a pesar de contar con apenas 50 años; Michelena, por su parte, era “indeciso [pero] voluntarioso”.10

Así, las tareas cotidianas de gobernar al país recayeron en buena medida en el ministerio de Alamán. Las funciones de su sección del gobierno eran vastas y excedían por mucho las responsabilidades de cualquier otro ministerio. Las áreas más importantes de entre las más de cincuenta que Alamán supervisaba directamente incluían las siguientes:

Estado: Asuntos diplomáticos. Gobierno: Diputaciones provinciales, diputados al Congreso, pasaportes, turbulencias [desorden público], seguridad pública, policía, asuntos de Guatemala, ayuntamientos, division del territorio, cajas de comunidades, festividades [públicas], infracciones de la Constitución, supresión o aumento del clero regular, jefes políticos, servicio postal, tierras públicas, estadísticas, milicia nacional, obras públicas, censos. Instituciones caritativas: asilos para pobres, cementerios, regulaciones médicas, salud pública, misiones [tales como las de California], epidemias, vacunación. Desarrollo: colonización, minería, artes e invenciones [es decir, patentes], agricultura, instrucción pública, comercio, oficiales consulares, caminos, dinero.11

Las responsabilidades de Alamán aumentaron al extenderse el alcance del gobierno federal durante y después de sus primeros años en el servicio público, incluyendo, entre otras cosas, la administración del Distrito Federal, creado en noviembre de 1824. En las épocas en las que contaba con más personal, su oficina incluía a seis oficiales mayores y seis menores, cuatro secretarios que tomaban dictado y hacían copias de documentos, un potrero, un archivista con dos asistentes y un mozo. Su salario ministerial era sustancial: 6000 pesos al año. Tomando en consideración las montañas de correspondencia, reportes y otros documentos que llegaban de las provincias, de otras partes del gobierno y del extranjero, la capacidad del ministerio para organizar los papeles que recibía era mucho menor que su capacidad para generar sus propios papeles. El aspecto más interesante de las colecciones en la sección de Gobierno del Archivo General de la Nación, sin embargo, no es la naturaleza un tanto aleatoria de los documentos que sobrevivieron al paso del tiempo, sino la legibilidad que Alamán y sus subordinados lograron imponer sobre ellos a contracorriente de la entropía natural del papel.

No sobreviven muchos documentos que nos permitan entender cómo es que Alamán administraba su compleja satrapía con tan poco personal. No cabe duda de que él personalmente escribió los detallados y característicamente elocuentes informes ministeriales que presentó al Congreso el 1 de noviembre de 1823 y el 11 de enero de 1825, si bien los datos citados en dichos reportes probablemente fueron reunidos por sus subordinados. El método con el que Alamán despachaba los asuntos a su cargo consistía en leer con detenimiento los más importantes de entre las cartas, peticiones, reportes y otros documentos que demandaban atención y que llegaban a su escritorio a través de la falange de oficiales del ministerio. Alamán entonces anotaba en los márgenes respuestas por lo general breves pero a veces extensas, pedía a alguno de sus secretarios que redactara una réplica al remitente original del documento con base en esas notas, corregía el borrador con frases interlineales y, finalmente, firmaba la copia limpia final. En algunos casos el estadista escribía notas, cartas o respuestas más largas él mismo. Poco después de asumir su cargo, a principios de junio de 1823, Alamán envió una carta reveladora al jurista, político, periodista y ministro de la Suprema Corte Juan Gómez Navarrete (1785-1849) en la que respondía a las críticas que había recibido en el Congreso por haber despedido de forma arbitraria a ciertos oficiales del ministerio. Tal decisión era su prerrogativa como ministro, pero probablemente molestó a algún congresista, amigo o patrón de un empleado así despedido. Los críticos de Alamán también lo acusaban de no siempre recibir a todos los peticionarios que querían una audiencia con él para tratar asuntos oficiales, así como de haber desviado recursos públicos para financiar al periódico antifederalista, El Sol. Detrás de estas acusaciones, sin duda, se escondían motivos políticos. Pero al intentar refutarlas el tono del ministro reveló algo de la arrogante frialdad que muchos encontraban difícil. Alamán desechó la primera acusación defendiendo su derecho, limitado sólo en casos de mala conducta demostrada legalmente, de despedir y contratar oficiales a su gusto. Su carta continuaba:

No hay dificultad ninguna para penetrar hasta mí [no está claro si las itálicas son de Alamán o de su biógrafo, Valadés], pues recibo a todo el mundo que las atenciones preferentes del despacho o asistencia al Congreso me lo permitan, y particularmente los martes y viernes, pero para saber el resultado de un negocio no es menester penetrar hasta mí, sino informarse del oficial de partes que está encargado de instruir a los intereses del Estado de sus asuntos… En lo demás no tengo parte alguna en la redacción, ni en propiedad de El Sol, aunque confieso que si las atenciones del ministerio me dejasen algún momento libre, lo emplearía con gusto en hacer algo por un periódico, cuyos editores, constantes siempre en los principios liberales, tuvieron el valor para sostenerlos sin doblar la rodilla ante un ídolo que adoran tantos que ahora se llaman federalistas de buena fe. Contribuiré también, en cuanto pueda, al suceso de todos los periódicos, no sólo con escritos en el sentido de ministerio, sino también de la oposición, siempre que éste tenga, como en Inglaterra, por objeto rectificar el sistema actual, y no a destruirlo, así como contribuiré a todo lo que pueda fomentar la instrucción pública, aprovechando para la mía las observaciones juiciosas de los papeles públicos, sobre todo las de mis compatriotas, pues no parece que un extranjero sea el más á propósito para manifestar su opinión en nuestros asuntos domésticos, en los que no puede tener los conocimientos necesarios, ni las leyes que les prohíben tener voto en las elecciones, le suponen las cualidades necesarias para tomar parte activa en nada relativo a nuestra administración”.12

A partir de mayo, sin embargo, la atención del ministro Alamán se vería monopolizada por asuntos políticos de trascendental importancia. Por ejemplo: la organización de nuevas elecciones para el congreso constitucional y el movimiento federalista que por un momento amenazó con desmembrar la nueva república. Entre otros temas que necesitaban de su atención estaban la renuencia de los misioneros franciscanos de California a jurar obediencia al México independiente; el orden de precedencia de los asientos del cabildo de Guadalajara; en un reporte de las autoridades municipales de Veracruz concerniente a un retrato del exemperador Iturbide que colgaba en la Cámara local; acusaciones de “desafecto con el gobierno” por parte de militares prominentes; quejas contra la policía de la ciudad de México; reportes sobre ladrones y bandidos; una petición que buscaba traer de regreso a los jesuitas expulsados de la Nueva España en 1767; y un reporte procedente del norte del país que advertía sobre familias estadunidenses que cruzaban la frontera sin licencia. De interés es también un memorando, preparado el 23 de abril por Francisco Calderón, uno de los oficiales mayores del ministerio, que anticipaba ciertas iniciativas legislativas que Alamán impulsaría más tarde al tratar asuntos pendientes de fomento (es decir: desarrollo económico). Entre los más interesantes de estos asuntos se contaban proyectos para colonizar Tejas, Nuevo México y California que involucraban a ocho empresarios y más de 3000 familias, algunas originarias de Suiza y Holanda y otras de Luisiana. De las imprentas del gobierno fluía un verdadero torrente de anuncios ejecutivos, decretos y descripciones de medidas congresionales, los cuales eran publicados en circulares firmadas por Alamán y presumiblemente escritas por él en consulta con el SPE.13 No cabe duda de que el SPE era la fuente de la legitimidad política del gobierno, pero no podemos saber hasta qué punto los miembros del triunvirato intervenían en el trabajo del ministro, pues muchas de las minutas del cuerpo se han perdido o bien nunca existieron. Es probable que las decisiones más importantes, tales como la convocación de elecciones, fueran el producto de deliberaciones serias, pero es igualmente plausible que buena parte de las ideas y del lenguaje en que se expresaban provenían de Alamán.

No menos trivial, pero mucho más apremiante, era la cuestión de qué hacer con Agustín de Iturbide y su familia. La pregunta escondía un problema más serio: la persistencia en el país de muchos partidarios de la restauración. El 24 de abril dos diputados iturbidistassolicitaron a Alamán que el gobierno permitiera que el padre y la hermana del exemperador permanecieran en México. José Joaquín de Iturbide, otrora Príncipe de la Unión, tenía 85 años y mala salud, y su hija Nicolasa, antigua princesa de Iturbide, quería quedarse en el país para cuidar de su padre. Habiendo dejado la capital a fines de marzo bajo una escolta militar comandada por Nicolás Bravo, el séquito de Iturbide estaba en esas fechas en camino a Veracruz para abordar la fragata inglesa Rawlins, contratada por el gobierno para llevar al antiguo emperador al exilio en Europa. El 26 de abril, mientras Iturbide seguía camino a Veracruz, Guadalupe Victoria le escribió al secretario de Relaciones Alamán sobre las dificultades que anticipaba a la hora de embarcar a la numerosa comitiva de Iturbide. El gobierno había costeado suficientes víveres para veinticinco o treinta personas, pero el séquito de Iturbide consistía en más de sesenta. El 2 de mayo Alamán respondió lacónicamente que el tamaño del grupo tendría que ajustarse a lo convenido e incluir solamente a la familia inmediata del monarca abdicado, además de un capellán, un secretario y algunos sirvientes. Finalmente el séquito fue reducido a veintiocho personas. Iturbide partió de México a bordo del Rawlinsel 11 de mayo de 1823 con destino al puerto de Livorno, en la costa oeste de la Toscana, donde viviría con su familia y allegados antes de mudarse a Inglaterra a finales del año.

Iturbide se había marchado, al menos por el momento, pero no había sido olvidado. Todos los reportes de las muchas conjuras para restaurar su reinado pasaron por el escritorio de Alamán, incluyendo algunos que eran poco más que rumores de planes a medio tramar. Con todo, las conspiraciones realistas que existían en el país se hicieron evidentes desde el verano de 1823, cuando el exmonarca partió para su exilio italiano. Algunos de estos planes se originaron en lugares inesperados, incluyendo Sonora y Tejas. Otra conjura buscaba inducir a Manuel Gómez Pedraza a liderar una rebelión iturbidista. Carteles iturbidistas aparecieron en la capital en marzo de 1824. En mayo del mismo año, veinte personas fueron arrestadas bajo la acusación de haber conspirado para asesinar a los miembros del SPE y restaurar a Iturbide. Por si eso fuera poco, en Guadalajara Luis Quintanar fue acusado de querer restaurar el imperio bajo la bandera del federalismo.

Lucas Alamán tuvo que lidiar con el caos en el que el país había caído en 1823. La erupción de conspiraciones para restaurar a Iturbide no era más que uno de muchos factores en juego; otro era la transición de la efímera monarquía a la república. Los movimientos federalistas ocuparon una posición central en este paisaje político, que incluía el oportunismo anómico de individuos que buscaban avanzar sus fines políticos o personales y el vacío de poder creado por la debilidad de las capacidades policiacas del Estado. El repertorio de respuestas con el que Alamán enfrentó esta situación incluía el espionaje, la represión, la negociación y el uso de recompensas para premiar la lealtad al gobierno central. A partir de mayo surgieron sospechas difusas sobre la presencia de conjuras desleales al régimen del SPE en Querétaro, Durango, Guanajuato e Izúcar. Por otro lado, a mediados de mayo el ministro escribió una circular destinada a todos los jefes políticos del país en la que les ordenaba entregar listas de individuos extraordinarios que deberían ser recompensados de alguna manera por sus servicios a la república. Esto suena como un intento de identificar hombres no sólo meritorios, sino también leales a los que confiar misiones delicadas y de quienes se podía esperar información fidedigna y confidencial. No sabemos cuántos nombres recibió Alamán en respuesta a esta petición, pero la verdad es que un cierto número llegó a su despacho desde Veracruz, Tlaxcala y Puebla. La lista de este último estado incluía a muchos clérigos y militares, entre ellos tres miembros de la familia Flon. El contrapunto a estas listas de hombres fiables era el problema del bandidaje perpetrado por soldados españoles descargados del servicio a quienes el gobernador de Oaxaca, por ejemplo, quería desarmar a la fuerza. Quejas parecidas sobre la portación de armas prohibidas y la frecuencia del crimen llegaban de ciudades como Guanajuato y Zumpango.

Más tarde, en el verano de 1823, el papel de Alamán en la exportación del todavía muy vivo exemperador encontró un eco irónico en la importación a la capital de los restos mortales de los héroes de la Independencia. La mayoría de lo que quedaba de los huesos de los héroes se encontraba en Guanajuato, donde las cabezas degolladas de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez habían sido exhibidas en jaulas de metal colgadas de las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas por muchos años después de su ejecución en 1811. Ahora, los cráneos de los héroes de la Independencia, sumados a los restos de Pedro Moreno y Javier Mina, serían enviados a la ciudad de México para recibir un entierro de altos honores en la Catedral. El ministro Alamán monitoreó cada paso del proceso comenzando el 28 de agosto, cuando autorizó un cortejo solemne de Estado para acompañar a las reliquias en su viaje a la capital. Las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, que habían sido enterradas en el cementerio de la iglesia de San Sebastián en Guanajuato, fueron exhumadas el 31 de agosto. El esqueleto decapitado de Pedro Moreno fue traído a la ciudad platera de la Hacienda de la Tlachiquera para reunirlo con su cráneo, procedente de Lagos. Los restos relativamente intactos de Javier Mina llegaron de Pénjamo, donde habían sido enterrados en el cementerio de San Gregorio. La ruta a seguir para llegar a la ciudad de México fue trazada con cuidado: tras salir de Guanajuato los restos pasarían por San Miguel el Grande, Querétaro, San Juan del Río, Cuautitlán y la Villa de Guadalupe, haciendo otras breves paradas en el camino. Las calaveras de los cuatro héroes fueron puestas todas juntas en la misma urna en la que permanecen hasta el día de hoy, habiendo sido movidas de la Catedral al Monumento a la Independencia en el Paseo de la Reforma en 1925. Uno se imagina que Lucas Alamán se mordió la lengua a lo largo de todo el proceso, pero por otro lado su actitud frente a la Independencia todavía no era tan duramente condenatoria como llegaría a ser después de 1832 ni como la expresaría tan elocuentemente en sus obras históricas. Alamán era también un realista político, así que es posible que haya sentido que la joven e inestable república necesitaba de íconos patrióticos para forjar una nación a partir de su gente, una meta que según el estadista aún no se había logrado a mediados del siglo. Pero antes de que una “comunidad imaginada” y el consecuente patriotismo pudieran nacer, la integridad política y territorial de México tenía que ser garantizada. Y, en la primavera y el verano de 1823, esa integridad estaba en peligro de muerte.

 

Eric Van Young
Es profesor emérito en la Universidad de California, San Diego.

Traducción de Nicolás Medina Mora Pérez

Nota del editor: La primera ilustración de este artículo está basada en un lienzo del siglo XIX que tradicionalmente ha sido considerado como un retrato del joven Lucas Alamán —aparece, por ejemplo, en el frontispicio de México y el mundo: historia de sus relaciones exteriores, de Josefina Z. Vázquez— pero que muy probablemente representa a otra persona. Lamentamos el error y aprovechamos esta oportunidad para corregir una falsa identificación que ha pervivido por años pese a las muchas diferencias entre el retrato erróneo y otras imágenes de Alamán.


1 Anónimo [Juan Bautista Alamán], Apuntes para la biografía del Ex[celentísi]mo. Sr. D. Lucas Alamán, Secretario de Estado y del Despacho de Relaciones Esteriores [sic], Imprenta de José M. Lara, 1854, México, pp. 33-34.

2 El término “gran forúnculo” (un quiste o verruga en la piel) fue acuñado por William Cobbett alrededor de 1820 para referirse a Londres como una suerte de tumor patológico que chupaba la sustancia vital del resto de Inglaterra: un tropo desagradable, quizá, pero duradero.

3 William Bullock describió el Parián como “a trumpery building” [una baratija de edificio] y como “a disgrace to the taste of the government which permitted it to spoil one of the noblest squares they have” [una desgracia al gusto del gobierno que permitió que el edificio arruinara una de las plazas más nobles  que posee]. William Bullock, Six Months’ Residence and Travel in Mexico, Containing Remarks on the Present State of New Spain…, Kennikat Press, Port Washington, Nueva York, 1971; originalmente publicado por L. Murray, Londres, 1824,p. 133.

4 Calderón de la Barca, M. La vida en México. Durante una residencia de dos años en ese país. Traducción y prólogo de Felipe Teixidor. Editorial Porrúa, colección Sepan cuantos…, cuarta edición, México, 1974, pp. 39, 44 y passim.

5 Oliveira, R. R., y Creté, L. Life in Mexico under Santa Anna, 1822-1855,University of Oklahoma Press, Norman, 1991, pp. 54-57.

6 Mayer, B. México, lo que fue y lo que es, prólogo y notas de Juan A. Ortega y Medina, Fondo de Cultura Económica, México, 1953, p. 118.

7 María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio Barba Jíménez Bello de Pereyra Hernández de Córdoba Salas Solano Garfias (1778-1851), también conocida como la Güera Rodríguez, partidaria de la Independencia y socialité conocida por su belleza, fue el objeto de varias y muy vívidas descripciones en las famosas cartas de Fanny Calderón. Las dos mujeres se conocieron en 1840, cuando la Güera, que para entonces ya rondaba los sesenta, seguía siendo muy atractiva, aunque en la opinión de Fanny abusaba del maquillaje; Calderón de la Barca, La vida en México, pp. 64-65 y passim. Para el comentario de Calderón sobre la calle San Francisco, véase la misma obra, p. 44.

8 El decreto impreso que anunciaba el nombramiento del SPE se encuentra en el Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores (de aquí en adelante AH-SRE), Libros Encuadernados (de aquí en adelante LE), 1446, folio 200r; la carta con la que Alamán aceptó su nombramiento ministerial es: Alamán a García Illueca, Ciudad de México, 13 de abril de 1823, Archivo General de la Nación (de aquí en adelante AGN), Gobierno Sin Sección (de aquí en adelante GSS), foja 55, documento 5.

9 Valadés, José C. Alamán: Estadista e historiador,Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1977; publicado originalmente en 1938,p. 146.

10 Valadés, José C., ob. cit., pp. 150-51.

11 Adaptado de Linda Arnold, Bureaucracy and Bureaucrats in Mexico City, 1742-1835, University of Arizona Press, Tucson, 1985,tabla 3.7, p. 53.

12 Alamán a Gómez Navarrete, Ciudad de México, 5 de julio de 1823, citada en Valadés, Alamán, pp. 153-54, aunque no queda claro dónde encontró Valadés el documento. Los duros pasajes de la carta concernientes a las opiniones mal informadas y nada bienvenidas que los extranjeros tenían sobre México parece ser una referencia a Joel. R. Poinsett, quien había llegado a México a pocos meses de iniciado el régimen de Iturbide, se quedaría en el país parte de 1823 y regresaría en 1825 como el primer diplomático estadunidese acreditado en México. Para la primavera y el verano de 1823 Poinsett ya llevaba un cierto tiempo opinando imprudentemente sobre los asuntos domésticos de México, cosa que continuaría haciendo a lo largo de la década.

13 México, Secretaría de Relaciones, Archivo Histórico, Legajos Encuadernados 1446, fols. 226r-257r, colección de decretos impresos por el Ministerio de Relaciones.