La señorita Rossini

Leer en los aviones (Era, 2021) es el libro más reciente de Ana García Bergua. Colección de relatos sobre viajes, desplazamientos, travesías o transiciones, sus personajes se despliegan en una prosa clara y fluida, que se burla sin saña y describe con ironía pero sin estridencias las acciones más disparatadas o las más leves deformaciones de la cotidianidad. Ofrecemos uno de los cuentos del libro.


El 6 de mayo de aquel año memorable, después de algunos meses de molestas obras que concluyeron con el aumento de tres pisos a nuestro ya clásico edificio, inauguramos el elevador del hotel Carioca. Nunca olvidaré una fecha tan señalada, especialmente después de tanto cargar maletas por las escaleras. Nos dieron uniformes nuevos con botones dorados y nos formamos en orden con el resto del personal, que había aumentado. Hubiera querido un mejor puesto, pero al parecer fue suficiente con conservarnos a una edad en que comenzábamos a perder el resuello y se nos olvidaba encenderles a los huéspedes el televisor o indicarles dónde estaba el armario. El dueño del hotel, el señor Bermúdez, cortó un listón rojo de terciopelo y en ese momento la puerta roja se abrió. Todos, el personal y los huéspedes que estaban en el lobby en aquel momento, aplaudieron con entusiasmo. Después salieron los meseros del restaurant con charolas repletas de mimosas y bocadillos. Cuánta cordialidad reinó en aquel momento; la verdad es que todos, formados según nuestro rango, nos sentimos importantes. De inmediato, Bermúdez dio paso a las recamareras para que subieran con su moderno equipo a asear las habitaciones. Entre risas marcaron el piso cinco y seguro siguieron riendo en el trayecto que todos observamos como si fuera un cohete a la luna, hasta verlas llegar allá en lo alto, pues los pasillos de las habitaciones daban al lobby como en un buque, cosa que hacía del hotel una atracción del puerto.

Pasé aquel día subiendo y bajando los cinco pisos con gran entusiasmo, acompañando a los huéspedes o acudiendo a hacer pequeños encargos, que ahora se me facilitaban enormidades. La altura y el elevador le dieron un nuevo auge al Carioca, que antes de la remodelación era tan sólo un hotel clásico, ciertamente muy conocido en el puerto, con sus muebles de madera, sus mosaicos fríos y el restaurant que simulaba la cabina con su gran timón lleno de dulces. Ahora subirían los precios, habían cambiado el mobiliario y los uniformes y también la categoría de los clientes. Pasaríamos de los hippies y los visitantes de siempre a los ejecutivos y los gringos deportistas y eso, lo dijo el señor Bermúdez, era un paso gigante.

Eso sí, yo esperaba que algunos de nuestros huéspedes, especialmente la señorita Rossini, que desde hacía diez años venía cada primavera a dar su curso de francés e italiano para maestros de secundaria, no dejaran de visitarnos. Cuando reapareció a comienzos del verano se veía contenta y aunque el personal y sus atribuciones cambiaron, me seguía tratando con la familiaridad de siempre, pidiéndome pequeños encargos de la farmacia o de la tienda, que yo satisfacía con prontitud pues en el fondo, ya se adivinará, llevaba todos esos años enamorado de la señorita Rossini. Pero era un amor distinto al que sentía hacia mi esposa o mis hijos: era un amor ideal que se volvió etéreo con el tiempo y más ahora que ya no tenía ocasión de espiarle las piernas como cuando subía por las escaleras. Me conformaba con verla siempre tan primorosa, con su vestido azul de flores; un poco sonrojada por el trabajo, pues los maestros de secundaria debían de ser muy exigentes. Entre los espejos del elevador me parecía una muñequita en un estuche elegante; yo la veía ascender en su cápsula de plata como una reina y me daban ganas de aplaudir.

La verdad es que con el tiempo la clientela no aumentó mucho; pasada la novedad, los huéspedes seguían siendo los mismos y los dos nuevos botones que habían contratado, unos muchachitos de buena planta pero muy estúpidos, no hacían nada. Cuando el señor Bermúdez me llamó para regañarme por alejarme de mi puesto junto a las puertas de vidrio de la entrada por andar haciendo encargos en el elevador, le ofrecí una disculpa; le dije que había leído que los elevadores que no se usan, se oxidan, y es muy importante mantenerlos en funcionamiento constante. Me dijo que estaba bien, pero que les echara un ojo a los nuevos botones, y aunque eso me frustró un poco, decidí darle un ritmo constante a mis escapadas, cada media hora o así. Cuando llegaba algún huésped, me apresuraba a tomarle las maletas, buscar a alguno de los dos imberbes para que las subiera o hacerlo yo mismo. Fue así como cierta mañana muy calurosa, por estar mirando embobado cómo la señorita Rossini se acomodaba en el elevador con su vestido de holanes como un bombón perfecto, no vi que llegaban unos turistas alemanes. El asunto fue que seguí con la mirada el elevador a la espera de que la señorita saliera y caminara a su habitación, pero no lo hizo y eso me intrigó. Pensé que, quizá, se habría quedado atrapada y corrí escaleras arriba a rescatarla; cuando llegué, el elevador había bajado al lobby para recibir a los turistas alemanes que buscaron su habitación como Dios les dio a entender. El señor Bermúdez estaba furioso, los dos zánganos miraban la televisión en el bar y la señorita no estaba en ninguna parte. Me tranquilizó verla de nuevo a la mañana siguiente, fresca como una flor, de camino a su curso de verano y pensé que me había mareado de tanto subir y bajar, o algo así.

Eso no impidió que, la siguiente vez que la señorita abordó el elevador no observara yo atentamente lo que sucedía y esto fue: que al llegar al tercer piso, las puertas se abrieron de nuevo sin que saliera la señorita. A ver, Anselmo, me dije, ¿sería yo tan lento como para no haber alcanzado a verla salir? Fue una pequeña duda que me empezó a roer por dentro, pues, por otra parte, si la señorita Rossini hubiera salido en algún piso intermedio, lo hubiera visto también. Así, al día siguiente, cuando la vi acercarse por la calle, no dudé en correr escaleras arriba para esperarla en el pasillo. Asomado desde el barandal alcancé a ver cómo abordaba el elevador, escuché como éste se cerraba, cómo después subía; al abrirse las puertas frente a mí, el vacío me pareció gigante, espectacular. ¿A dónde se habría ido la señorita Rossini?

Cuando aquella misma noche, la señorita Rossini me llamó para pedirme que le llevara un par de aspirinas, no fui capaz de preguntarle nada: me intimidó su hermosura envuelta en el piyama de rayas brillantes rojas y blancas, como si fuera un gran caramelo, y no pude más que balbucear cualquier cosa. Después, todas las tardes veía ascender a la señorita Rossini para desaparecer después y no podía creer que nadie más se diera cuenta del fenómeno. Yo hubiera querido subir con ella con cualquier pretexto y ver a qué dimensión se trasladaba, pero el primor de sus atuendos, la composición perfecta de su imagen en el centro de la caja de espejos —debo decir que siempre se las arreglaba para subir sola o bien casualmente nunca entraba nadie más con ella al elevador— me impedía moverme: la señorita Rossini era un espectáculo que por lo visto me estaba destinado y mi lugar en el mundo era el del espectador que aplaude y se emociona. Eso hasta que cierta tarde en la que llovía y ella se acomodó en el elevador con su elegante impermeable de color azul celeste y la coqueta sombrilla a juego, descubrí detrás de mi hombro la mirada malévola de Memo, uno de los dos zánganos. El otro, Caspio, se reía desde el sillón donde sólo se sientan los huéspedes. Temí que planearan alguna maldad y no estuve equivocado. Al día siguiente, cuando la señorita Rossini ocupó como una rosa en una caja de cristal su sitio en el elevador, los dos botones saltaron y se colocaron uno a cada costado. Debo decir que, dada la elegancia de nuestros uniformes —acababan de añadirles unas nuevas charreteras— se veían bastante bien, pero sentí como si me clavaran una daga en el corazón: yo jamás me hubiera atrevido a saltar así junto a la señorita, que volteó a un lado y otro, y les sonrió. De hecho los tres me sonrieron: ella con candor, ellos con cinismo y horrenda crueldad.

Tanto dolor sentí en ese momento que no se me ocurrió pensar qué pasaría. Como siempre, nadie salió al pasillo del segundo piso. En cambio, el elevador bajó enseguida y de él brotaron Memo y Caspio que se echaron a correr hacia las puertas de cristal, pálidos y erizados como gatos. Nunca los volvimos a ver. El señor Bermúdez se enojó muchísimo porque nunca devolvieron los nuevos uniformes. Yo me los imaginé uniformados e indigentes, pidiendo limosna en el muelle, y sentí una vaga satisfacción. Concluí que con los secretos de las mujeres uno no se debe meter y procuré, en adelante, ser más discreto a la hora de contemplar el espectáculo de la señorita Rossini, que estaba dedicado sólo para mí.

Con el paso de los años, los cinco pisos del hotel Carioca ya no impresionan a nadie y se llenan cada fin de semana de hombres dudosos y mujeres vulgares; los sábados el estruendo del bar es insoportable. El elevador se ha descompuesto muchas veces, los espejos se oscurecieron y los tapizaron con un linóleo que imita la piedra. Me parece que nada brilla como antaño: el puerto ha perdido también su encanto, los turistas tienen miedo de venir. Por nuestra parte, la señorita y yo hemos adquirido un poco de peso y algunas canas. A últimas fechas he notado que su figura es un poco más lenta y pausada y aunque sus atuendos siguen siendo primorosos, debo aceptar que extraño aquella frescura. Especialmente porque desde hace un tiempo he visto que ya no desaparece. Sube el elevador rechinando un poco y la veo salir al pasillo para entrar a su habitación, como cualquier huésped. El otro día me di valor para conversar un poco con ella cuando le llevé a su habitación un vaso de leche. En medio de la charla ligera sobre el clima y tratando de quitarle importancia, le pregunté por qué ya no desaparecía al salir del elevador. Ella sonrió. Sí, me dijo, en mi tempranísima juventud yo fui asistente de un mago al que obedecía por temor. Logré escapar, pero ya sabe, de toda actividad se nos quedan ciertos automatismos. Así, en cuanto se cerraban las puertas de una caja o algo que lo pareciera, yo, sin darme cuenta, desaparecía. Se quedó en silencio por un momento, yo congelado en el umbral de su habitación con la charola bajo el brazo. Lo bueno, concluyó, fue que lo logré superar: veinte años de psicoanálisis por fin dieron resultado. Es verdad que tardé, pero en esta vida no hay esfuerzo que no obtenga recompensa. ¿Verdad, Anselmo? Y me tendió la mano.

 

• Ana García Bergua. Leer en los aviones. Ediciones Era, México, 2021, 136 p.

 

Ana García Bergua
Narradora y cronista. Premio Bellas Artes de Narrativa Colima en 2016 por La tormenda hindú y otras historias

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Publicado en: Literal