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Tal vez pocos imaginaron un futuro en el que las funerarias ofrecerían una modalidad drive-thru para sus servicios y, peor aún, que en algunos casos sería la única posibilidad para acompañar en su duelo a familiares, amigos y conocidos del difunto en los peores momentos de esta pandemia de covid-19. De neandertales siendo parte de un enterramiento prehistórico hace más de 40 000 años a grupos de personas dentro de sus automóviles contemplando un ataúd, nuestros rituales mortuorios mucho han cambiado y se han diversificado. Sin importar qué tan amplio luzca nuestro actual espectro de reacciones socioculturales ante la muerte, esto palidece desde la perspectiva de lo que, en años recientes, algunos investigadores han propuesto bautizar como tanatología evolutiva1 —o evotanatología, para abreviar—: el estudio de cómo ha evolucionado entre nosotros, los animales, la reacción ante la muerte.

Ilustración: Oldemar González

La tanatología evolutiva, para serlo, necesariamente tiene que incluir lo que desde 1926 se conoce como tanatología comparada, un área interdisciplinaria en la que biólogos, médicos y psicólogos, entre diversa fauna académica, intentan responder de qué manera otros animales reaccionan —conductualmente y, en el caso de especies con cerebros más complejos, como cetáceos y primates, puede que también psicológicamente— a la muerte de sus congéneres.

Antes de especular sobre si otras especies comparten nuestra idea de la muerte biológica (más sobre esto en unos párrafos), ¿cómo sabe un animal no humano que uno de los suyos ha pasado a mejor vida?2

En hormigas, abejas, termitas y otros insectos sociales, la selección natural ha favorecido diferentes estrategias para que éstas puedan identificar a quien ha estirado la pata entre ellos. Una de las más reconocibles (al menos para los investigadores) es la liberación de ácidos grasos de un cadáver putrefacto (¡fuera eufemismos!), en especial de ácido oleico. Unas gotitas de ácido oleico rociadas en un incauto —y por demás saludable— miembro de la colonia o de la colmena, y de inmediato sus compañeras tratarán de desalojarlo, tal y como si hubiera fenecido. Quienes se encargan de la remoción del cadáver (comportamiento conocido como necroforesis) son un grupo especializado de obreras conocidas como “enterradoras”. Una abeja enterradora puede llevar con sus mandíbulas el cadáver de otra y volar a una distancia de hasta 100 metros antes de soltarlo, evitando así contaminar a la colmena.3

Otros comportamientos posibles, todos ellos seleccionados evolutivamente por constituir ventajas adaptativas para los insectos sociales para reducir los riesgos de un brote epidémico son: evitar acercarse al cadáver (necrofobia), comérselo (necrofagia intraespecífica) o enterrarlo debajo de fragmentos de vegetación (necroclaustralización).4

En los vertebrados, cuando se trata de un congénere, la frase “aquí yace para siempre” se convierte en una descripción cercana a uno de los rasgos más evidentes en quien ha muerto: su completa ausencia de movimiento. Es por ello más común que los vivos recurran a la inspección visual y táctil mucho antes que a la olfativa una vez que el cadáver de quien se sospecha que ya no está con nosotros empieza a podrirse.

En cuervos, urracas y otros córvidos hay evidencia de lo que los investigadores han descrito como reuniones ceremoniales alrededor del cadáver, al que rara vez tocan, y las cuales han bautizado como agregaciones cacofónicas por los graznidos que estas aves emiten a toda voz (¿¡nevermore, nevermore!?) para atraer a sus congéneres —conespecíficos, estrictamente hablando—. Que el reconocimiento del fenecido es aquí primordialmente visual lo validan experimentos en los que si el cadáver está erguido, no genera tan escandalosa conducta. Como la respuesta de un córvido ante el cadáver de un ave de otra especie es mucho menos intensa, es posible que las agregaciones cacofónicas sirvan para obtener información relevante para su supervivencia, incluida posiblemente la identificación del difunto en cuestión (“¿No era éste de aquí José Cuervo?”, perdonando el antropomorfismo), que al morir es posible que dejara pareja y terreno libres para ser aprovechados por otros individuos de su especie.5

Afirmar que alguno de los comportamientos descritos equivale a una especie de duelo, habiendo alternativas más sencillas, es caer erróneamente en la antropomorfización. No obstante, conforme se añaden y acumulan estudios en mamíferos —quienes posiblemente comparten en cierto grado con nosotros la autoconsciencia, una teoría de la mente y capacidad de empatía—, es posible que comprendan al menos uno o más de los aspectos que en un humano adulto integran el concepto de la muerte: 1) inevitabilidad, 2) irreversibilidad, 3) infuncionalidad (un muerto no puede sentir ni pensar ni actuar) y 4) causalidad por el colapso de una o más funciones vitales. En humanos es sólo alrededor de los 10 años de edad que empezamos a entender este cuarteto, a tratar de hallar consuelo y a dejarnos convencer por explicaciones ultraterrenas en las que, de alguna manera, seguimos existiendo tras nuestra muerte biológica.

En mayo de 2020 unos biólogos observaron el entierro de dos oseznos pardos (Ursus arctos) por su madre.6 Tras haber sido atropellados, la osa cubrió parcialmente con tierra a sus crías en lo que los investigadores conjeturan que constituyó: a) almacenaje de lo que en un futuro sería comida para ella; o b) duelo por la pérdida de sus hijos, en lo que sería la primera observación de este tipo en osos. Comportamientos que podrían interpretarse como de profunda pena y dolor causados por la muerte de un individuo con un vínculo afectivo muy cercano —sobre todo, pero no exclusivamente, entre madre e hijo— han sido observados con frecuencia en delfines y otros cetáceos, elefantes asiáticos y africanos, y primates. Aunque se especula que cuando una madre continúa comportándose con su cría como si ésta siguiese viva, es porque el efecto del coctel de hormonas liberadas durante la maternidad no cesa de inmediato una vez que fallece el infante, es imposible —incluso injusto— generalizar y descartar el duelo como hipótesis.

A diferencia de otras especies, cuyos individuos no pueden decirnos si repetidas experiencias con la muerte les han permitido concluir que todos tenemos que morir, en humanos la evotanatología literaria nos ayuda a intentar comprender —sin experimentarlo directamente aún— qué pasa por la mente de un moribundo y de quienes, de alguna forma, tienen que vérselas con la muerte. No hay más que leer a Tolstói y otros autores para ver que las respuestas abarcan todo el espectro emocional, de la más honda tristeza y el más intenso temor a la alegría más profunda y la tranquilidad espiritual.

En un plano más mundano y dado que en Japón hay funerales para robots, con todo y “donadores de órganos”, ¿podríamos hablar ya de una tanatología artificial?

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Anderson, J. R., y otros, “Evolutionary thanatology”, Phil. Trans. R. Soc. B., 2018.

2 Con éste y otros eufemismos mortuorios, tan usuales como poco convincentes, lo único que pretendo es espolvorear el texto con una pizca de los múltiples rodeos lingüísticos a los que recurrimos para, al ni siquiera nombrarla, mantener a la muerte a distancia (cuando menos mental).

3 Anderson, J. R., y otros. “Comparative thanatology”, Curr. Biol., 2016.

4 Sun, Q., y otros. “Managing the risks and rewards of death in eusocial insects”, Phil. Trans. R. Soc. B., 2018.

5 Gonçalves, A., y Biro, D. “Comparative thanatology, an integrative approach: exploring sensory/cognitive aspects of death recognition in vertebrates and invertebrates”, Phil. Trans. R. Soc. B., 2018.

6 Karamanlidis, A. A., y Panagiotopoulos, N. “Burying of dead cubs by a brown bear in Greece: Food caching or ‘grief’ behavior?”, BioOne, 2021.