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A media mañana del 21 de diciembre de 2006, tres zoólogos fueron testigos del acoso sexual sufrido por un pingüino rey adulto (Aptenodytes patagonicus) por parte de una foca de piel antártica (Arctocephalus gazella).1 Con un peso diez veces mayor que el del ave, el mamífero marino no tuvo mayor dificultad en someter por la fuerza al pingüino de sexo desconocido, quien agitaba sus aletas tratando de escapar. Luego de 45 minutos en los que no pudo consumar la penetración de la cloaca aviar con su pene, la foca soltó al pingüino y se largó sumergiéndose en el mar.

Ilustración: Oldemar González

¿Lo que acabo de narrar fue un acto de crueldad de una especie hacia otra? Unos versos de Robinson Jeffers ofrecen una posible y muy frecuente respuesta, pues la cacería de unos leones marinos por orcas (cuyos videos en los que éstas golpean con su cola y lanzan por los aires a focas sin comérselas son famosos) hizo consignar a este escritor en Orca que “Aquí estaba la muerte, y con terror, sin embargo, se veía limpia y brillante. Era hermosa./ ¿Por qué? Porque no hubo nada humano involucrado, sufriendo ni causándolo; sin mentiras, sin sonrisas y sin malicia”. En síntesis, sin humanos, no hay crueldad.

Contrasta con esto la cacería de mamuts imaginada por Jeffers, en la que nuestros ancestros prehistóricos, según el poeta, “(…) vieron la larga y peluda trompa vacilante por el dolor sofocante al barritar. Y estaban felices”. Toda la diferencia está en esta última oración. Para Jeffers —y para quienes con él coinciden—, más allá de que podemos decidir de manera voluntaria e intencional dañar a otro ser viviente, más allá de que podemos saber que otro ser viviente está sufriendo por nuestras acciones, lo que define nuestra inhumana crueldad es, sobre todo, que podemos incluso gozar siendo crueles.

Pero asumir a priori que la crueldad con todos estos rasgos es exclusivamente humana es asumir demasiado. Aunque sólo serían crueles quienes cuentan con la habilidad de ponerse en la piel de los demás, es decir, que tienen una teoría de la mente —quedan exonerados de un zarpazo un buen porcentaje de especies no humanas y los niños con un puñado de años de edad que se divierten apedreando lagartijas o jalándole la cola a un perro—, ni orcas ni chimpancés y otros primates y ni siquiera elefantes, cuervos y otras especies que sabemos que, al menos en cierto grado, cuentan con una teoría de la mente estarían libres de acusaciones de crueldad como acto deliberado para hacer sufrir a un ser viviente y con plena consciencia de ello. ¿Qué hay con respecto a lo del goce de ser crueles? ¿Fulano no es cruel y Mengano sí sólo porque al torturar a una persona el primero lo hace sin sentir placer alguno y porque es su trabajo como verdugo y porque el segundo lo disfruta plenamente, como Ramsay Bolton y otros personajes de la serie Juego de tronos?

El neuropsicólogo Victor Nell define a la crueldad como “el infligimiento deliberado de un daño físico o psicológico en otro ser viviente, algunas veces con indiferencia, muy seguido con placer”, y conjetura que ha sido el resultado colateral de nuestra adaptación como depredadores (iniciando por el Homo erectus, hace unos 1.5 millones).2 Según Nell, la alta excitabilidad física y mental y todos los estímulos —visuales, olfativos, auditivos, táctiles y viscerales— involucrados al atacar, herir y matar a una presa durante la caza, activan nuestros sistemas de recompensas cerebrales y hacen que la cacería sea una experiencia casi orgiástica (adjetivo nada ocioso, pues habría una estrecha relación con el placer sexual). El problema es que este fuerte reforzamiento positivo a través de mecanismos neurales de un comportamiento que permitió que nuestros ancestros se sintieran más que bien cuando atacaban, herían y mataban mamuts para comérselos y sobrevivieran es el mismo que continúa haciendo que no pocos se sientan bien al atacar, herir y matar con fines distintos a los nutricionales. Esta placentera e indeseable asociación habría permitido dar a la crueldad un uso social y cultural a través de la veneración a los héroes guerreros, el culto a la guerra y hasta en el entretenimiento (basta con leer a un cronista de toros de nuestros días).

Psicólogos, sociólogos, etólogos y otros especialistas señalan que es absurdo —o escasamente fructífero desde la perspectiva de su estudio— dar nombres distintos a un mismo comportamiento basándose sólo en si quien lo exhibe es humano o no. Al retomar el ejemplo del uso brutal de la fuerza de la foca con el pingüino, sería como hablar de un intento de copulación forzada y sería reconocerlo como un fenómeno distinto al de un intento de violación, sin que importe evidencia alguna y para marcar distancia moral entre nosotros y el resto de los animales.

Randolph Mayes, filósofo especialista en el estudio científico del comportamiento humano, propone una definición de crueldad que no está atada a nuestras intuiciones morales ni a restricciones asociadas con la teoría de la mente: “Es la disposición de una criatura a ser recompensada por la percepción de un daño”.3 O sea que podemos considerar como cruel a todo ser viviente (y hasta a una inteligencia artificial) con tendencia hacia cierto comportamiento que se vea reforzado positivamente por cualquier tipo de evento u objeto, cada vez que su cerebro interpreta —gracias a la información que le proporcionan sus sentidos (vista, olfato, etcétera)— que hay un daño hacia otros o hacia sí mismo.

Varias son las implicaciones y posibilidades que permiten estudiar la crueldad con la definición de Mayes. Por ejemplo, percibir es cognitivamente distinto (es decir, la interpretación que hace nuestro cerebro difiere) a recibir información de un daño. Esto último significa que ver películas que rebosan escenas ficticias de violencia y tortura, como algunas de terror gore, no convierte a los fanáticos de este género en seres llenos de crueldad.

Al igual que cuando se estudia el altruismo, explorar de qué manera el altruismo biológico —como el que hace que hormigas de la especie Temnothorax unifasciatus abandonen su colonia al enfermar para no contagiar al resto sin que intervenga intencionalidad en ello— puede ayudar a explicar cómo emergió el altruismo psicológico, en el que con plena consciencia alguien decide arriesgar su vida para salvar a un desconocido, Mayes advierte que “las extraordinarias variedades de crueldad psicológica”  —como “la tortura, el castigo, la gratificación aplazada, el abuso infantil, el sadismo, la mortificación, el schadenfreude y leer filosofía”— tendrían sus raíces en la crueldad biológica. Con lo que da la razón a lo escrito por Dostoievski en Los hermanos Karamazov: “La gente a veces habla acerca de la crueldad ‘bestial’ del hombre, pero eso es terriblemente injusto y ofensivo para las bestias. Ningún animal podría ser tan cruel como un hombre, tan ingeniosamente, tan artísticamente cruel”.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 De Bruyn, P. J. N.; Tosh, C. A., y Bester, M. N. “Sexual harassment of a King penguin by an Antarctic fur seal”, J. Ethol, 2008.

2 Nell, V. “Cruelty’s rewards: The gratifications of perpetrators and spectators”, Behav. Brain Sci., 2006.

3 Mayes, G. R. “Naturalizing cruelty”, Biol. Philos., 2009.

 

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