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Algo lo ha hecho, por elección colectiva, el hermano mayor de la poesía mexicana. Todos se entienden con él, lo escudriñan y reproducen, saben que vanamente; leen, releen y lo retratan, hacia él se dirigen. A Ramón López Velarde se le puede invocar como el primer poeta moderno; apenas un siglo después de nacido, ya es también El Poeta Nacional de manera tan definitiva que lo saben no sólo mentores, lectores y locutores sino hasta los mismísimos presidentes de la república (hablar de López Velarde desde la silla presidencial es otra de las tradiciones posrevolucionarias que nos heredó Alvaro Obregón). Una incómoda estatura prócer lo emparenta con los héroes nacionales de Madero en adelante. De hecho, Ramón López Velarde pertenece a una generación de héroes revolucionarios y cordiales, lo que le otorga otro derecho prócer: ningún poeta mexicano tiene tanta biografía (aunque no tenga), y si a esas nos vamos, tantas bibliografía y parentela literaria. Como suele suceder, un buen tramo de su historia es puro cuento, iniciado por él y continuado febrilmente por sus feligreses, lo que tiene su gracia «en este país de díscolos» como diría José Luis Martínez.

La hermenéutica velardiana es tan copiosa como lo ha permitido el siglo, y casi no hay poeta que se respete a salvo de este hermano querido, con sus manías provincianas (auténticas y a veces impostadas: López Velarde inventó eficazmente un personaje), su zozobra bajo las luces de la ciudad futura, su lujuria mal encorsetada en una extravagante moral católica. El fervor con que relata Xavier Villaurrutia sus encuentros juveniles con el poeta, apenas treintón y ya glorioso, es el del hermano menor que busca la sombra del hombre grande: «Su cara, de un color moreno claro, y sus grandes manos de un dibujo muy preciso y fino, surgían del jaquet que cubría habitualmente un cuerpo grande y sólido, un cuerpo de gigante».

Como sucede ante los autores admirados, los hermanos menores de López Velarde (y quién que es no lo es) se buscan o se encuentran en esa poesía un poco salvaje que tan bien ha resistido los progresos de la civilización y los asaltos del siglo XX. La constituye la materia de un vidrio reflejante, ventana y espejo: asomarse a López Velarde para dar con uno mismo, asomarse en uno mismo y topar con López Velarde. Ver hacia afuera y reflejarse.

Hay otro fenómeno de su éxito que valdría indagar: ¿por qué su prestigio abrumador no cruza las fronteras de la suave patria? Poetas mexicanos menores (en edad o en otras cosas) han sido y son editados en España y Argentina, se les traduce, celebra e investiga en Europa y Nueva York; López Velarde parece condenado a ser, incluso en sus baudelerianos momentos metropolitanos, un poeta de provincia.

También tiene la gracia original de ser, en un país y una época de machos, un poeta feminista -por así decirlo-, que entiende a las mujeres como si las conociera («nada puedo entender ni sentir sino a través de la mujer»). Y aunque no se salva del melodrama en sus quejas amorosas («Hermana, hazme llorar»), casi nunca pierde el chisporroteo del buen gusto y la puntería creadora. Es sincero pero no demasiado: con la malicia de López Velarde, Amado Nervo hubiera sido un monstruo desbordado y no el pastor de almas que fue. A López Velarde, su sabiduría innata le enseñó a ser exagerado, y como se sabe, los poetas viven de exageraciones. Eso explica que, siendo un amador de las mujeres, procure celebrarlas por medio del descuartizamiento: pies, dedos, dientes, talles zalameros, piernas de rana. Pero aun «marchitas, locas o muertas», son las ondas del manantial que ondula arriba de lo temporal. Esta manera de virilidad con ese no se qué de femenino-para-las-mujeres típico del seductor sería vulgarizada por Agustín Lara, un medio hermano del poeta con reputación dudosa pero mucho corazón. Lara, claro, nunca se hubiera animado a versos de cierto calibre:

mis besos te recorren en devotas hileras

encima de un sacrílego manto de calaveras

como sobre una erótica ficha de dominó.

Elegido por los dioses, como dice el dicho, murió antes de echarse a perder en su ruta burocrática o las cancillerías que habitualmente recaudan en México a los poetas. A López Velarde no pudieron domesticarlo. Su fortuna fue de tiempo, o temperamento. Carne de psicoanálisis, por decir lo menos, alcanza en algunos poemas suficientes méritos para ser carne de manicomio:

íOh Tierra ingrata, poseída

a todas horas de la vida:

en esta fecha de este mal

hazme humilde como un pelele

a cuya mecánica duele

ser solamente un hospital!

Urdió el viaje perfecto. En él todo nos parece virtud, incluso sus defectos. Encontrarle pastiches disparados, o las frecuencias de su oído de artillero, o sus perversiones de persona sensual y libre, no hace sino abonarle el prestigio. Es el único poeta vitalista que nadie discute, porque además es culto; su vida y su cultura se funden, incompletas pero muy intensas:

No tengo miedo de morir,

porque probé de todo un poco;

y el frenesí del pensamiento

todavía no me vuelve loco.

Sus poemas ejercen fascinación inmediata y duradera. Enrique González Martínez, el poeta-maestro de su época, siendo mayor se convirtió, con El romero alucinado y Las señales furtivas, en el primer hermanito de López Velarde, casi al tiempo de su muerte y de José Juan Tablada llamándolo «hermano cuyos éxtasis venero». Posiblemente existan poetas más admirados y admirables, pero con ninguno se cultiva esa fraternidad rendida hasta el exceso, una admiración, ciega en ocasiones, que es, como quizo ver Villaurrutia hace 50 años, una forma de injusticia. No bastan para explicarlo los homenajes, las relecturas que intentan el palimpsesto, los guiños de la inmortalidad patriótica. No le han faltado nunca hermanos, hermanitos y hermanititos de sangre: no tiene hijos ni nietos, sólo hermanos.

Burlador cuando finge recato, cuando juega y cuando zozobra, Ramón López Velarde sabe tener la esterilidad fecundante, recoge las voces que le hacen falta y, como todo fundador, sentar las bases de un nuevo, imposible idioma; «el hijo que no he tenido es mi verdadera obra maestra», reconoce en El minutero, pues al parecer sabía.

La mejor correspondencia para sus burlas veras es dedicarle una fraternidad encarnizada, con y contra sus mitos, a la altura de su malicia y su ironía. Mientras siga siendo así, López Velarde merecerá las lecturas que sean. Las palabras de la tribu seguirán siendo las suyas.