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No sé cuando se adquirió la costumbre de hablar mal de los sedentarios. Para mí, esa costumbre empezó la tarde en que me invitaron a un viaje a la hermosa costa del Pacífico mexicano. Un amable grupo de amigos describió el viaje más o menos así: una madrugada, a eso de las tres y media de la mañana, había que subirse a una camioneta y salir felices al encuentro con la naturaleza. Después de unas diez o doce horas de cocinarse en el interior del vehículo, se llegaba a un pueblito donde venden unas vasijas preciosas. A dos horas de ahí, por unos caminos de terracería, esperaba el imponente espectáculo de una playa de aguas cristalinas y un mar multicolor que la mirada voraz guardaría para la memoria eterna.

Ahí empezaban propiamente las vacaciones. Uno de los miembros de la expedición, el más capacitado para ser Robinson Crusoe, dirigía las operaciones del campamento, después de lo cual, lo que seguía era el edén. Los recuerdos de quienes habían ejercido ese paraíso eran los más hermosos de sus vidas. En ese lugar las parejas se aman como nunca antes, los amigos se cuentan bajo la luna cosas que nunca antes se atrevieron a contarse y las amigas, embrujadas por el sonido del mar, se juran hermandades que el tiempo y la desesperanza son incapaces de vencer.

«Hay que ir a ese lugar», pensé mientras se derramaban los episodios de felicidad de otros viajes a los que no tocó el olvido. Los ojos de Evelia se iluminaron y me quisieron como nunca en los últimos tiempos porque todo indicaba que yo accedería, al fin, a esa utopía que el sedentarismo me negaba. Entonces hice mis dos preguntas:

– ¿Hay baño en estos lugares?, ¿suficientes casas de campaña para todos?

Esa fue la tarde incierta en que supe que la utopía no tiene baño y que en el edén todos duermen muy cerca los unos de los otros.

– No voy, que les vaya bien.

La vida a veces se parece a la política, razón por la cual, el entusiasmo puede convertirse en un instrumento perfecto de la intolerancia. Nuestros amigos nos miraron a Evelia y a mí con el rencor de los que hacen la historia y ven a los que no se interesan por hacer la historia con el odio con que sólo pueden mirar los que sí hacen la historia. En política, romper la armonía significa simple y llanamente no estar de acuerdo, y en la vida diaria quiere decir lo mismo, que la vida que le proponen a uno, no coincide con la que uno ha fabricado en su cabeza.

El rechazo de la utopía trajo la primera, triste reacción. Evelia se paró a servirse un vodka y le dijo a Mercedes, su antigua amiga de infancia:

– Siempre es lo mismo. No puedo más, es demasiado -y empezó a llorar discreta e inexplicablemente. No entendí sus lágrimas; habló como si yo la tuviera encerrada en un sótano oscuro y húmedo y cada noche la alimentara con pan viejo y agua sucia cosa que, en efecto, no es el caso.

La discusión abarcó temas como la naturaleza, los tabúes de las grandes ciudades, la contaminación y otros asuntos que, estoy seguro, figuran en la agenda del Secretario de Ecología. Me defendí de este modo:

– No puedo concebir que tenga yo que enterrar mis propios excrementos en la arena. Relaciono esto con Auschwitz y no con el paraíso. Hacer eso dos veces al día me parece más un castigo que un descanso saludable.

Cuando Angela intervino me quedé frío. Me dijo que yo no podría vivir en el socialismo. No pude responder, no entendí que tenía que ver el socialismo con los baños. En todo caso, cuando había socialismo, la gente se bañaba y se sentaba en la taza del baño a hacer sus necesidades, como le llamaba mi madre a ese acto privado.

Las cáscaras de felicidad quedaron regadas en el suelo. Junté algunas cáscaras y pregunté:

– ¿No es muy incómodo?, ¿se la pasa uno bien?

En política a esto se le llama concertación y en la vida real, amor, porque yo dije esto mirando de reojo a Evelia, que a su vez me miraba de reojo; vi su cara de esperanza cuando negocié mi desacuerdo de los baños y la intimidad violada.

– Para nada -me dijo Juan, campista experimentado-. Puedes entrar y salir las veces que quieras; luego, por supuesto enterrar tu bolsita con los expósitos. También te puedes bañar; más bien, enjuagarte la sal y la arena que se te pega durante el día y hace sentirte pegajoso.

La unanimidad es una flor rara que dura un día. Esto quedó demostrado cuando Mercedes le reprochó a Juan que en su última visita al paraíso se acabó el agua que llevaron con muchos trabajos en un tanque pesadísimo que se le cayó a Angela en un pie.

– No empieces- respondió Juan a la crítica y le recordó lo de la insolación. Un día maravilloso de sol todos salieron a pescar. Mercedes se quedó dormida en la popa de la embarcación, Juan pescó una bota vieja y gritó que algo grande había picado y fue la burla de todos cuando sacó su bota. Esa noche tuvieron que regresar por el camino de terracería para buscar a un médico porque Mercedes deliraba de la calentura. Después de dos horas de terracería llegaron al pueblo donde venden vasijas preciosas, pero en ese pueblo no hay farmacias y tuvieron que ir al pueblo vecino, a una hora, para obtener las medicinas que les recetó el doctor del pueblo donde venden las vasijas preciosas.

– Y todo porque Mercedes quiso obtener el color de la piel de Tina Turner en un día dijo Juan recordando aquel incidente del paraíso.

Según Julia, aquello fue un día antes de que Gerardo pisara un erizo y a ella la tocara un agua mala.

– Me dieron unos calenturones horrendos -dijo llevándose la mano a la frente.

– ¿Dan calenturas las aguas malas? -pregunté sinceramente impresionado.

– A mí sí, por la ciclotimia.

– ¿Tienes la ciclotimia? -le pregunté como si hubiera dicho que tenía cancer. Y Julia contestó:

– Desde niña, mi mamá tenía que ir a recogerme a la escuela porque sufría desmayos y me subía la fiebre sin explicación alguna.

– A mí me salían sabañones cuando hacía frío. Era horrible – me solidaricé con ella y con su enfermedad.

– Yo pasé por algo peor -dijo Evelia inesperadamente-, mi mamá me ponía un pasamontañas cuando hacía frío; nada más se me veían los ojitos. Parecía un terrorista enano.

– La infancia es horrible -diagnóstico con tristeza Cristina y contó ante la sorpresa de todos los presentes la separación de sus padres.

Cuando a Cristina se le llenaron los ojos de lágrimas, Evelia regresó las cosas al principio -alguien tiene siempre que regresar las cosas al origen-:

– ¿Los erizos son venenosos?

– No son venenosos, pero la sal entra en las pequeñas heridas y el dolor se vuelve insoportable -Gerardo se llevó una mano al pie derecho e hizo un gesto de dolor, como si acabara de pisar al erizo.

– ¿Y porqué haces cara de dolor? -le dijo Mercedes-. Además eso te pasó por irte atrás de las rocas, persiguiendo a la Danesa que traía los senos al aire.

Fue una respuesta del corazón a La que Juan se interpuso:

-Buenísima la Danesa- dijo sin ninguna sensibilidad.

La vida se comporta en ocasiones como una enredada situación política: mentiras a granel, traiciones, furias, venganzas que emergen del pasado, ingobernables. La discusión giró alrededor de los senos al aire de la Danesa, la punible actitud de Gerardo y del erizo, que como una advertencia vino a recordarle que era un traidor.

De un solo golpe maestro Juan se volvió un Secretario de Gobernación y un Marcel Proust al mismo tiempo. Dijo esto para apagar el fuego que empezaba a propagarse por todos lados:

– Esa es la función del recuerdo: traer las cosas del pasado y acercarlas a nosotros, como si acabaran de suceder y ser felices o desdichados por asuntos que sucedieron mucho tiempo atrás, que se han ido para siempre.

Estos fueron a grandes rasgos los motivos por los que Evelia y yo nos fuimos a un hotelito formidable de Cuernavaca Esta versión del paraíso sí tiene baño. No hay erizos memoriosos; en cambio, los grillos cantan mientras diligentes meseros traen whiskys y vodkas a la mesa. Al fondo, se oyen boleros que cuentan de amores perdidos y otras lecciones humanas.