No sé cuando se adquirió la costumbre de hablar mal de los sedentarios. Para mí, esa costumbre empezó la tarde en que me invitaron a un viaje a la hermosa costa del Pacífico mexicano. Un amable grupo de amigos describió el viaje más o menos así: una madrugada, a eso de las tres y media de la mañana, había que subirse a una camioneta y salir felices al encuentro con la naturaleza. Después de unas diez o doce horas de cocinarse en el interior del vehículo, se llegaba a un pueblito donde venden unas vasijas preciosas. A dos horas de ahí, por unos caminos de terracería, esperaba el imponente espectáculo de una playa de aguas cristalinas y un mar multicolor que la mirada voraz guardaría para la memoria eterna.
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