A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

John Kenneth Galbraith, profesor emérito de economía de la Universidad de Harvard y una de los críticos más abiertos de la administración Bush, en el primero de estos dos ensayos propone una serie de medidas paulatinas y desapasionadas para propiciar en Europa Oriental el tránsito hacia una economía de libre mercado, sin los excesos ni las torpezas del capitalismo más radical. Su crítica no se dirige hacia dicho sistema sino a sus desviaciones. Lo que finalmente propone es el retorno a un capitalismo primigenio, con «sentido social». Un nuevo Plan Marshall que reconstruya Europa, como en 1948.

En el otro ensayo que aquí presentamos, Albert O. Hirschman, uno de los más connotados economistas contemporáneos, investigador de la Univercidad de Princeton y autor, entre otros libros, de Las pasiones y los intereses, Más allá de la economía y La estrategia del desarrollo económico, peina el terreno político y económico de América Latina en tiempos de deshielo y la muerte del «socialismo real», y se pregunta por lo que pasará bajo estos cielos de reacomodo.

Los últimos meses han estado marcados por los más grandes cambios de nuestro tiempo. Menos evidente es el flujo de asesoría económica que cruza las fronteras nacionales en este lapso. Para el común de la gente, una vez que falló el comunismo, el capitalismo es el triunfador. Y de aquí la conclusión: del alto sacerdocio del capitalismo ahora debe llegar la guía. de hecho el mandato, para lo que deben hacer y tener los países previamente afectados. ¿Quién podrá estar más calificado para ofrecer guía y consejo que los más recalcitrantes exponentes del sistema triunfante?

Gran parte de esta asesoría fluye de nuestro país, Estados Unidos. Nosotros, no es sorpresa, cobijamos y damos voz a un número considerable de archiexponentes de la libre empresa. Es una suerte que esta asesoría sea maravillosamente poco costosa comparada con la ayuda sustancial que muchos de nosotros consideramos urgente para facilitar esta gran transición.

Desde mi punto de vista, quizá mucha de la asesoría que ahora se le ofrece a los Estados de Europa del Este y Central, proviene de una corriente que hay en las llamadas economías capitalistas o de libre empresa que no guarda relación alguna con su realidad; estas economías tampoco habrían sobrevivido si la tuviera. Lo que se ofrece es una construcción ideológica que existe, si acaso, en la mente y, curiosamente, en las expectativas de sus promotores. No guarda relación alguna con la realidad: en alguna otra parte la he llamado ideología primitiva.

Esta asesoría tiene dos características. Una proviene de personas que resienten las concesiones que las economías occidentales otorgan a la acción social: al Estado benefactor y apoyo público para los pobres; al papel creciente y esencial de los servicios públicos; a los sindicatos; a las medidas diseñadas para lograr una mayor equidad en la distribución del ingreso, y a la mayor responsabilidad (poskeynesiana) por conseguir una eficiencia del sistema económico como un todo. Como a esta gente no le gusta lo que ve en casa, es natural que esto no forme parte de sus recomendaciones para los países que emergen hoy del comunismo. Y claro, no dejan de tener público en esos países: en economía y en política, como en religión, los recién conversos son con frecuencia los más ardientes en su fe.

La segunda característica del flujo de asesoría que llega a los países en transición es su aceptación tácita de la privación humana, el desempleo, la inflación y la reducción desastrosa de los estándares de vida. Esto se ve incluso como terapia esencial: de la experiencia de desempleo y hambre nacerá una ética de trabajo nueva y revitalizada, una fuerza de trabajo ansiosa de la disciplina de la libre empresa. A cada quien según sus capacidades, de cada quien según su necesidad. Según un punto de vista expresado ardientemente por un asesor a su regreso de Polonia, tal privación – desempleo, bajos sueldos- provocará que en años venideros los empresarios e inversionistas extranjeros lleguen al rescate. Sólo unos pocos años de sufrimiento y después todo irá bien. Esto, escojo mis palabras con cuidado, es una locura Durante siglos, no ha habido argumento más invocado por los que nunca se sacrifican que la recompensa social del sacrificio. En la Biblia, a los pobres se les decía que, a diferencia de los ricos, tendrían fácil acceso al cielo. En su forma más simple, gran parte de este consejo consiste en pedir con urgencia el reemplazo de un sistema económico que no funciona bien, por la ausencia de todo sistema.

El sistema económico que los países de Europa Central y del Este ven en Occidente y Japón, no es capitalismo en su forma primitiva y prístina. Es un sistema profundamente modificado por la disminución de servicios sociales, por ingresos subsidiados y por controles públicos. Es por estos factores que tal sistema ha sobrevivido. En Inglaterra la señora Tatcher, y hasta hace poco el señor Reagan y sus acólitos en Estados Unidos, se dicen archiexponentes del capitalismo inmaculado. Sin embargo, le deben su eminencia a generaciones previas de líderes que tenían una orientación social, y que hicieron a sus ciudadanos económica y socialmente más seguros -y con mayor bienestar- y por lo mismo, ahora, conservadores en sus votos. Reagan y Tatcher se mantuvieron en su puesto porque en la práctica su retórica de libre empresa se mantuvo sin modificar por la acción. Si durante su primer periodo Reagan hubiera emprendido un asalto frontal al sistema de seguridad social -pensiones para viejos, compensaciones para desempleados, atención a la salud para los desafortunados, apoyos para los campesinos-, su presidencia habría terminado abruptamente a finales de enero de 1985.

Tampoco han concluido las tareas sociales del capitalismo. Mucha de nuestra gente sigue viviendo fuera del sistema: oyen hablar de democracia pero votar no les parece algo útil. Un hecho incontrovertible y tétrico es que nadie en busca de una vida mejor se cambiaría de Berlín oriental al South Bronx. Ni siquiera en búsqueda de libertad, pues no hay nada que reprima más la libertad que la ausencia continua de dinero, comida y un lugar para vivir. Según informes recientes, la administración Bush está considerando el envío de expertos a la Unión Soviética para asesorar la creación de variadas instituciones del capitalismo, incluidos algunos dizque expertos en la construcción de viviendas privadas. Seguramente informarán cómo ha sido posible que esta industria no haya podido proporcionar refugio adecuado a los pobres en prácticamente ningún país capitalista y cómo ha dejado sin hogar a millones en los Estados Unidos. Con todo, la política de nuestro tiempo tiene su propio humor negro.

Lo que se ha visto de Occidente desde el Este del Muro no es capitalismo tradicional. Es todavía una social democracia imperfecta. En un sentido muy real, las tareas de Occidente y del Este son las mismas: buscar y encontrar un sistema que combine lo mejor de la acción motivada por el mercado y de aquella motivada socialmente.

Dibujos de Feggo

En esta búsqueda no existen reglas todopoderosas para guiarnos. En los países en transición, yo propondría, por supuesto, el retorno al mercado de bienes de consumo y servicios menos esenciales. En este caso, es demasiado evidente, el sistema de planeación y comando de la experiencia anterior no funcionó. La demanda de consumo es diversa, inestable y únicamente el mercado transmite su mensaje del productor a los consumidores. No sería necesario ser abruptos; el cambio deberá ocurrir cuando los empresarios y gerentes plausibles estén en disposición y cuando se creen las instituciones financieras públicas que apoyen la transferencia de propiedad o la creación de firmas nuevas. Como todo cambio, deberá provenir del pensamiento, no de fórmulas. En principio, la ayuda económica debe propiciar la necesidad de bienes de consumo.

En cuanto a casa y alimentación yo mantendría un papel más prolongado del Estado. Cualquier movimiento repentino en el precio de los nutrientes esenciales y en las rentas de las viviendas, seguramente creará inquietud y removerá resentimientos, como ha sido evidente en los casos de Polonia y la Unión Soviética. En estos rubros no es inusual el subsidio público. Es normal. Estados Unidos, la Comunidad Económica Europea y Japón: todos subsidian el suministro de comida con un costo público grande, dado que, como lo apunté, en ninguna parte el capitalismo proporciona refugio adecuado y costeable para los ciudadanos de menores ingresos.

Es urgente tomar los pasos prácticos para que la agricultura, en especial el mercado agrícola, retorne al sistema de precios. Según la experiencia y 12 observación mundiales, la agricultura funciona mejor bajo el control automotivado, a veces autoexplotado del campesino como individuo. No dudo que exista dificultad para salirse del mundo más cómodo de las granjas estatales y colectivas. No dudo, sin embargo, que sea necesario. Pero la modernización, no la ideología, deben ser, de nuevo, la regla. Esto implica algo más que mera cautela civilizada. Los campesinos trabajan bien e invierten bien cuando obtienen seguridad respecto a los posibles precios y entradas. La agricultura en los Estados Unidos ha tenido aumentos sustanciales en productividad en los últimos cincuenta años, y excede con mucho la de la industria. Esto se debe en parte a que los campesinos han podido invertir para obtener dividendos explícitamente asegurado.

En cuanto a las grandes empresas industriales o comerciales que son el núcleo de la moderna economía capitalista o socialista, no es tan importante la cuestión de quién las posee en última instancia. En los países occidentales y Japón, hay firmas que funcionan bien bajo propiedad privada o estatal. En Suiza, donde vivo parte de mi tiempo, viajamos en ferrocarriles públicos y hablamos en teléfonos propiedad del Estado. Nuestro departamento está asegurado colectivamente. Los campesinos de junto tienen ingresos asignados para cubrir sus necesidades. Una buena casa es un derecho humano. La excelente tienda que nos provee de comida y de otras muchas cosas es una cooperativa. Nuestra cuenta bancaria está en un banco que es propiedad pública. No podemos, de hecho, cortar un árbol, y probablemente tampoco plantar uno, sin permiso público. Los maravillosos pastizales alpinos son preservados por granjeros subsidiados por el Estado para revitalizarlos. Los suizos, no obstante, son conocidos por su adhesión diligente a la libre empresa.

En Estados Unidos los ferrocarriles fracasaron bajo el control privado y pudieron salvarse, en parte, bajo una administración pública. El fracaso privado de nuestras instituciones financieras está nivelándose ahora con un costo de miles de millones de dólares para el Estado. La frase «expropiada por el gobierno» aparece a diario en las páginas de finanzas. Aparte de los casos excepcionales y muy criticados de tiburones corporativos, los accionistas -dueños de las grandes firmas del capitalismo moderno- están dispersos y son casi desconocidos. No tienen poder alguno sobre los administradores profesionales que designan a los directores que probablemente controlen sus operaciones. Esto, en palabras del finado James Burnham, notable conservador, es la Revolución Administrativa. En el capitalismo moderno, son los gerentes, no los capitalistas, los que tienen el poder decisivo. Y dentro de una economía capitalista madura, subrayo, no hay que preocuparse. por el poder, sino por la incompetencia.

Lo importante es -mi énfasis regresa a una observación previa con respecto a la India- darle a la empresa la autoridad sobre su propio desempeño y la recompensa proveniente de éste. No debe estar unida o controlada por un ministro de Estado: no debe existir lo que para la India he llamado «el socialismo de oficina de correos». Ninguna persona normal funciona bien cuando otra tiene autoridad plena sobre sus acciones. Así también para la empresa de negocios o corporativa. Si a las grandes empresas se les libera del desastroso control ministerial, digamos burocrático, y se les concede el derecho de fijar sus propios precios, procurarse sus propios materiales y hacer sus propios subcontratos, la ubicación de la posesión real no es asunto de primera importancia.

Propondría que la propiedad se distribuyera ampliamente, y me siento atraído por los caminos propuestos en Polonia, apoyados con fuerza por mi colega el profesor Jeffrey Sachs, que implican la distribución amplia de acciones entre la ciudadanía, con ventajas especiales a los empleados de la empresa en particular. La equidad de tal arreglo tiene un obvio atractivo, como lo es el sentido de participación resultante.

Esto es aceptable, seguramente, si se le compara con una alternativa que hoy se discute con profundidad: que los extranjeros vengan en cantidades importantes a invertir y administrar. No me opongo a empresas conjuntas; en forma marginal, como McDonald’s y Pepsi Cola, pueden ser útiles. Pero un traspaso en gran escala de propiedad y administración a extranjeros, necesariamente traerá una respuesta adversa. Así como a los estadunidenses no les gustaría (y no les gusta) trabajar para los japoneses (eficientes y todo), a los polacos, checos, y húngaros les atraerá muy poco el trabajar para estadunidenses, alemanes o japoneses.

No debería criticarse que esta transición se lleve a cabo gradualmente y con razonamiento. El retorno hacia una actividad productiva normal en Europa Occidental después de la Segunda Guerra Mundial, una tarea mucho menos compleja que la enfrentada por Europa Oriental y la Unión Soviética, tomó la mejor parte de una década. En Gran Bretaña pasaron siete años antes que la libra esterlina fuera totalmente convertible, y el racionamiento de comida y los controles de precios asociados continuaron un tiempo. La acción repentina, de nuevo, es para los que no sufren, no piensan antes de actuar, y proceden por receta, sin basarse en hechos. Sólo si hay tiempo puede haberlo para reflexionar -aquellos pensamientos acordes con resultados pragmáticos y no con ideología primitiva.

Hasta este momento he subrayado la importancia de acciones económicas cuidadosas, despojadas de imaginería ideológica y pasión, como diseño necesario para reducir el sufrimiento y la desesperación humanas. Es también el sendero para minimizar el impacto de los conflictos nacionales, étnicos, raciales o religiosos; porque por encima de todo, son la privación y las penurias económicas las que alimentan tales conflictos. El bienestar económico es el gran solvente de tanta pasión. Y nada, a su vez, es más dañino para el bienestar económico que las luchas civiles o religiosas. Uno de los hechos ineludibles y tristes de nuestros tiempos es que la pobreza produce conflictos y que éstos profundizan la pobreza. El logro del que más se enorgullece la socialdemocracia en sus variadas formas terminológicas, desde el liberalismo en Estados Unidos al socialismo democrático de Europa, es que está por encima de los conflictos, prejuicios y pasiones religiosos, étnicos o nacionales. Y la mejor de sus armas es la promesa de bienestar económico, el bienestar del que depende la tranquilidad y a la cual sirve.

Hay que subrayar otro punto. Estas tareas económicas requieren inteligencia y discreción para su cumplimiento. La escalada de pasiones étnicas, raciales o nacionales no requieren ni inteligencia ni discreción. Cualquiera que tenga más voz que cabeza puede emprender cruzadas contra las minorías religiosas, étnicas o lingüísticas en Europa: no así las tareas de reconstrucción económica que ahora se enfrentan.

Hay una tradición de socialdemocracia y concernimiento social, y a ella apelo. Esta transición debe verse como una que nos incumbe a todos, y todos debemos participar. A este respecto no soy totalmente optimista con nuestro propio gobierno; se ha regresado profundamente a la política y a la economía de conformidad. Muchos han mencionado la gran oportunidad que existe para un nuevo Plan Marshall; esta necesidad persiste. En cambio, lo he anotado ya, hemos estado ofreciendo asesoría y oratoria divididas entre la irrelevancia y el daño (y como sucede con frecuencia, en medio de las graves penurias presentes y las potenciales, hemos oído que el Fondo Monetario Internacional pide austeridad). Pero les pido a todos mis correligionarios, aquí y en Europa Occidental, que resistan el descorazonamiento y se unan para extender a los países de Europa del Este la clase de programas que Estados Unidos ofreció en 1948. Y quizá con este ejemplo, los estadunidenses en general y nuestro gobierno en particular se levanten de nuevo para enfrentar los retos cotidianos.

Traducción: Ramón Vera