Científicos sociales, historiadores y observadores políticos están de acuerdo, a grandes rasgos, en un punto con respecto a las revoluciones de Europa del Este en 1989: ninguno de ellos las previó. El colapso del poderío comunista en Europa del Este, la caída del Muro de Berlín, la reunificación de Alemania y las implosiones en la Unión Soviética -el fin de la Guerra Fría, en pocas palabras- son sucesos que se desarrollaron en un periodo muy corto y de manera sorpresiva para los "expertos" y para los televidentes comunes. Pero la lección -pues la extrema humildad es regla cuando se llega a vaticinios sobre el futuro de las sociedades humanas- no parece haber sido digerida. Tan pronto como se llevaron a cabo esos cambios asombrosos en el mapa-mundi político y económico, se escucharon voces pronunciando opiniones seguras de sí mismas sobre las implicaciones de dichos cambios para tal o cual país o grupo de países. Pareciera que no se le ocurrió a estas personas que si los sucesos, que son el punto de partida de sus especulaciones, fueron tan difíciles de predecir, se debe tener una considerable cautela cuando se valora su impacto.
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