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Científicos sociales, historiadores y observadores políticos están de acuerdo, a grandes rasgos, en un punto con respecto a las revoluciones de Europa del Este en 1989: ninguno de ellos las previó. El colapso del poderío comunista en Europa del Este, la caída del Muro de Berlín, la reunificación de Alemania y las implosiones en la Unión Soviética -el fin de la Guerra Fría, en pocas palabras- son sucesos que se desarrollaron en un periodo muy corto y de manera sorpresiva para los «expertos» y para los televidentes comunes. Pero la lección -pues la extrema humildad es regla cuando se llega a vaticinios sobre el futuro de las sociedades humanas- no parece haber sido digerida. Tan pronto como se llevaron a cabo esos cambios asombrosos en el mapa-mundi político y económico, se escucharon voces pronunciando opiniones seguras de sí mismas sobre las implicaciones de dichos cambios para tal o cual país o grupo de países. Pareciera que no se le ocurrió a estas personas que si los sucesos, que son el punto de partida de sus especulaciones, fueron tan difíciles de predecir, se debe tener una considerable cautela cuando se valora su impacto.

La tendencia a hacer fuertes predicciones prevalece con respecto a los países menos desarrollados del llamado Tercer Mundo -la frase tiene ahora menos sentido que nunca, pues no queda alguna identidad política e ideológica de lo que fuera el «segundo mundo», es decir, la esfera soviética-. La respuesta inmediata de parte de los observadores a la pregunta más obvia: ¿tales sucesos son buenos o malos para el Tercer Mundo?, es que sin duda son malos. Esta respuesta la dicta un modelo primitivo del mundo social que suma ceros: todo lo «bueno» debe tener un equivalente «malo» en alguna parte. Y por consiguiente escuchamos que el Tercer Mundo sufrirá debido a las «revoluciones de 1989» ya que una amplia partida de los capitales occidentales que están supuestamente limitados, las empresas, y en términos más generales, la atención, se dirigirán ahora a los países nuevamente abiertos y nuevamente atractivos de Europa Central y del Este. Se podría llamar a dicho fenómeno el «efecto de olvido» que traen las revoluciones de 1989 sobre otras regiones. En Latinoamérica, y también quizás en todo el Tercer Mundo, el efecto de olvido se discute con abundancia hoy en día. Según opinión de muchos, el periodo de olvido que le aguarda al continente latinoamericano inflingirá un daño mayor a economías de las que se dice que ya tienen suficiente carga debido a la «década perdida» de los años ochenta.

Sin duda este veredicto es miope. En primer lugar, si el efecto de olvido ocurre hasta cierto punto, ¿es del todo malo? La pregunta lo hace a uno pensar en el «sabio y benéfico olvido» del poder imperial que, según Burke, hizo una contribución importante al desarrollo económico y político de las colonias americanas de Inglaterra en el siglo XVIII. Un argumento parecido, como se ha señalado eventualmente, se puede aplicar a las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica. Durante los cuarenta y cinco años de Guerra Fría, Estados Unidos se ocupó intensamente, casi obsesivamente, con la posibilidad de que los planes y experimentos sociales y políticos de América Latina pudieran provocar que tal o cual país «cayera» dentro de la órbita soviética en expansión. Las consecuencias de este miedo fueron desplegadas en una variedad de lugares, desde Guatemala en la década de los años cincuenta hasta Brasil y República Dominicana en los sesenta y Chile en los setenta. Con el fin de la Guerra Fría, la desintegración del «bloque» soviético y el fracaso de cualquier encanto que éste pudo ejercer, la propensión norteamericana al intervencionismo deberá reducirse considerablemente y, por tanto, Latinoamérica deberá disfrutar de un mayor espacio de maniobra para sus experimentos sociales.

El fin de la Guerra Fría deberá tener un efecto aún más importante y, del mismo modo, positivo para las políticas internas de América Latina, donde las políticas se llevaban a cabo contra el telón de fondo de la Guerra Fría y eran moldeadas por la creencia, de parte de todas las fuerzas políticas nacionales, de que era posible la «alternativa socialista», y de que algo se podía ganar al poner en juego a una superpotencia en contra de la otra. Como resultado, las políticas nacionales se polarizaron. Los reformadores se hicieron radicales mientras los grupos gobernantes tradicionales y los propietarios del capital recurrieron a la represión y a la fuga de capital. Bajo tales condiciones, las políticas internas llegaron a caracterizarse por una tendencia a la intransigencia, y la oposición de sectores se hizo aún más radical. La nueva situación internacional es más favorable a los procesos de reforma y discusión democrática

Finalmente, el fin de la Guerra Fría deberá tener un efecto benéfico en la retórica de América Latina, en el modo en que el continente se presenta a sí mismo y al resto de la opinión internacional. Existen dos estrategias opuestas para promover interés en determinado país o región: una, dirigida a capitalistas y empresarios nacionales extranjeros, consiste en señalar las oportunidades excepcionales que esperan ser utilizadas; la otra, dirigida principalmente a extranjeros que proveen fondos públicos o «ayuda», enfatiza, por el contrario, que el país está en una situación desesperada y que puede, por tanto, convertirse en un vecino peligroso. Bajo las condiciones de la Guerra Fría, se dio un incentivo permanente en una región como América Latina para adoptar la segunda estrategia alarmista. Al enfatizar su miseria y el fracaso de su desarrollo, la región no sólo estaba despertando la compasión, muy disminuida, de los países ricos, sino que estaba alimentando el considerable temor de que América Latina podría, de un modo u otro, sumarse a la «defección» en favor del bando soviético.

Con el fin de la Guerra Fría ahora se vuelve más atractivo ser atractivo, enfatizar lo positivo, y descubrir que uno está haciendo mejor las cosas de lo que cualquiera hubiera pensado. Un indicio interesante de cambio se puede encontrar en un repone reciente de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL).(1) Además del estudio habitual sobre largas tendencias, el reporte contiene una gran cantidad de «cuadros» con informaciones bastante detalladas sobre exitosos cometidos en educación superior, modernización de la agricultura, restructuración industrial, promoción de nuevas exportaciones, etcétera. En vista que la CEPAL tiene una larga tradición de retratar un panorama sombrío de la situación del continente, éste representa un cambio notable e incluso puede marcar un nuevo rumbo. De hecho, la estrategia de enfatizar lo negativo produjo resultados decrecientes e incluso negativos durante mucho tiempo. La «visión sombría capaz de mover a la acción», como siempre la he llamado, había llegado a propagar la pesadumbre más que incitar a la acción. Diseñado como un estímulo, se convirtió en un depresivo para latinoamericanos y extranjeros.

Al contribuir a un cambio en el modo en que las latinoamericanos se presentan a sí mismos, el fin de la Guerra Fría puede asimismo reducir la desventaja autoinflingida que han padecido, haciendo a la región más, en lugar de menos, atractiva para los inversionistas nacionales y extranjeros.

Hay diversas razones, por tanto, para explicar por qué el fin de la Guerra Fría puede traer más beneficios que problemas a otros países que no sean aquellos que tomaron parte en los sucesos de 1989, y de por qué no se requiere de una equivalencia exacta de beneficios que unos cosechan, y de costos que otros pagan. La edificante frase «más libertad en algún lado significa más libertad en todos lados», aunque suena medio trillada, puede convertirse en una verdad.

Los argumentos de aquellos que proponen una interpretación pesimista de sucesos que parecen afortunados no terminan con la propuesta que afirma que el fin de la Guerra Fría conducirá a una desviación de recursos limitados que, de otro modo, podrían incrementarse en favor del Tercer Mundo. La tarea de estas Casandras se ha hecho más sencilla debido a la celebración carente de lucidez, por parte de algunos partisanos autocomplacientes, de los sucesos de 1989. Voces con una gran influencia en Occidente, particularmente en Estados Unidos, han proclamado, con la vanagloria del triunfalismo, «la victoria del mercado», incluso el «fin de la historia». Era inevitable que otros pudieran examinar la situación naciente para predecir portentos algo distintos, consecuencias desventuradas no tanto para los países del Tercer Mundo como para los países que han tenido éxito en poner punto final a la opresión política y a las disposiciones económicas que se habían vuelto progresivamente ineficaces. El argumento del tipo que suma ceros volvía a surgir una vez más: mientras una serie de problemas serían resueltos, nuevos problemas o un tanto viejos -y acaso más incontrolables- podrían tomar el lugar de los que apenas acababan de desaparecer. En particular, las luchas étnicas, religiosas y otras luchas comunales ahora podrían retomar su posición como la forma dominante de conflicto social.

Este tipo de lucha ha resurgido en las tierras liberadas de Europa del Este y también en la misma URSS. El caso de su probable transferencia al Tercer Mundo ha sido hábilmente articulado por el escritor hindú Radhakrishnan Nayar en The Times Literary Supplement.(2) Según Nayar, «la idea de una alternativa socialista», que era común durante el periodo de la Guerra Fría, trajo constructivas presiones políticas dignas de tomar en consideración: llevó a «importantes medidas de reforma social». Nayar cita la reforma agraria en la India y varios casos no tipificados de reforma social en el «Egipto nasserista» así como en Brasil, México, Perú y las Filipinas.

«Una vez que el orden social no se vea amenazado en su totalidad, los descontentos sociales, que en estos países tienen una seriedad desconocida con respecto a Europa y Estados Unidos, quizá dejen de expresarse en términos de ideales panhumanos, y adopten tendencias comunales».(3)

El artículo finaliza con la predicción escalofriante de que en los próximos años habrá conflictos más agudos, frecuentes y desesperanzados, tanto nacionales como internacionales, y de que el periodo de la Guerra Fría será considerado, en retrospectiva, como una Edad de Oro de paz y prosperidad. Nayar considera que los desastres de la Guerra Fría ahora se verán reemplazados por otros desastres de acaso mayor magnitud.

El argumento puede usarse como un correctivo al indecente triunfalismo de Occidente, pero tiene varias debilidades. En primer lugar exagera la utilidad de la Guerra Fría para ayudar a encauzar la reforma social en el Tercer Mundo. Se puede sacar un interesante paralelo con los análisis económicos que se hicieron en América Latina en el momento de las crisis de la deuda y la debacle económica al inicio de la década de los ochentas. Esa debacle es comparable entonces con el periodo precedente de treinta años de progreso dinámico y sostenido. Pero el progreso, mucho menos extendido, nunca se hizo evidente cuando se estaba llevando a cabo -la opinión pública sólo fue informada de las buenas noticias en retrospectiva cuando sirvió para intensificar, por contraste, las malas noticias del actual giro de los sucesos.(4)

La defensa de Nayar sobre el considerable progreso social que tuvo lugar durante la Guerra Fría tiene una consistencia semejante. En tanto persistió la Guerra Fría, la opinión de la izquierda era severa en sus juicios con respecto a la tenencia de la tierra, impuestos y otras reformas introducidas para aliviar diversas inequidades sociales en América Latina, India y en todas partes del Tercer Mundo. Recuerdo claramente un análisis sobre las experiencias de la reforma agraria en América Latina que empezaba con la famosa frase de Giuseppe di Lampedusa: «Aquí todo debe cambiar de tal suerte que todo permanecerá igual». Sólo ahora que la Guerra Fría ha terminado se nos revela que tuvo un maravilloso efecto estimulante de la reforma real. De hecho, muchas de las reformas que se realizaron, sin duda hechas en parte a fin de reaccionar en contra de las presiones revolucionarias, fueron menos inútiles de lo que creían sus críticos, particularmente durante los años cincuenta y los años sesenta. (La reforma agraria chilena bajo el régimen de Frei es un ejemplo evidente).

Sin embargo, Nayar sobrenfatiza los efectos benéficos de la Guerra Fría sobre la reforma social, ya que a partir de finales de la década de los años sesenta, por lo menos en América Latina, la situación cambió considerablemente. El conflicto entre las dos superpotencias produjo con el tiempo una situación que fue, más que benéfica, destructiva de la reforma social. Como ya se ha mencionado, la polarización y la intransigencia tomaron el lugar de la apertura a la reforma. La militancia de izquierda y el recurso de la guerrilla encontró sus oponentes: la intervención militar y la fuga de capital. Miembros de las élites atrincheradas proclamaron que las medidas de reforma iniciarían un descenso por la «pendiente resbalosa» hacia la dictadura de izquierda; y en realidad, hubo un creciente número de «reformadores» que querían que la pendiente fuera resbalosa.

Me parece que no se debe lamentar el abandono de la Guerra Fría sobre la base de que ésta ayudó a estimular la reforma social en el Tercer Mundo. Si tuvo alguna utilidad por el estilo -o en el hecho de permitir al Tercer Mundo extraer fondos de las superpotencias al ponerlas en juego una en contra de la otra- muy pronto fue sobrepasada cuando cayó el Muro de Berlín.

Pero ¿qué hay de ese punto más general y preocupante de que con el abandono de la «alternativa socialista» ahora prosperarán los conflictos comunales? La propuesta me recuerda el viejo chiste que dice que la predicción es difícil especialmente cuando llega al futuro. La verdad es que la profecía de Nayar hace mucho que se hizo realidad. Conflictos religiosos violentos, tribales, y otros conflictos comunales, ya nos han acompañado durante décadas -sin que esperaran el fin de la Guerra Fría- en un gran número de países, desde Sri Lanka hasta Irlanda, y desde Nigeria hasta el Punjab, sólo por mencionar algunos de los más sobresalientes. De ninguna manera la disponibilidad de la «alternativa socialista» ha mantenido a distancia estos conflictos largos, crueles y numerosos.

Uno puede incluso imaginar si la Guerra Fría y el consiguiente antagonismo mundial entre sus contendientes contribuyeron a la frecuencia e intensidad de la violencia étnica, religiosa y otro tipo de violencia comunal, en tanto los participantes de estos conflictos pudieron obtener a menudo el apoyo, o las promesas de apoyo, de parte de uno de ambos de los superpoderes. Por tanto, es imposible decir si el fin de la Guerra Fría llevará a menos o a más luchas comunales de esas que hubieran continuado en el mundo de la Guerra-Fría-habitual. El mismo razonamiento se puede aplicar al terrorismo internacional.

Por último, y de manera más importante, el fallecimiento del «socialismo real» -esa desafortunada mezcla brezhneviana de opresión política y deterioro económico- no significa el final de una larga aspiración hacia un orden social más justo y compasivo. En primer lugar, el fin de la Guerra Fría puede tener el efecto opuesto al que sugiere Nayar en por lo menos uno de los países de mayor importancia mundial: Estados Unidos. Aquí la Guerra Fría ha tenido el efecto de acallar los conflictos sociales durante mucho tiempo, puesto que ningún grupo importante de interés estaba dispuesto a usar argumentos o a tomar posiciones que pudieran sugerir que estaba influido por el marxismo-leninismo. Como resultado, y en contraste a la década de los años 30, cualquier conflicto nacional en este país era visto a grandes rasgos y explicado en términos de clase. Ahora, con el paso de los tabúes de la Guerra Fría, ya existen algunas señales de que es posible hablar, una vez más, sobre ricos y pobres que tienen, de modo plausible, intereses divergentes.(5)

No hay duda de que los desastres que le han sucedido a un gran experimento histórico que se suponía iba a poner fin a «la explotación del hombre por el hombre» ensombrecerán futuros programas y movimientos que buscan combinar igualdad con democracia y progreso económico. No obstante, la búsqueda de una sociedad justa está enraizada en antiguas y poderosas enseñanzas filosóficas y religiosas tanto en Occidente como en el Este y el Sur. Hasta cierto punto, estas enseñanzas ya se han incorporado a las instituciones en constante evolución dentro de las sociedades modernas que son ampliamente conocidas como Estados benefactores. Más aún, las tradiciones intelectuales recién descritas continúan mostrando una vitalidad considerable: han sido vigorosamente renovadas en décadas recientes a través de los escritos de filósofos y economistas como John Rawls, Amartya Sen y muchos otros. La búsqueda de ideales «panhumanos» está lejos de ser abandonada.

Traducción de Isabelle Marmasse y David Olguín

1 Cambiando modelos de producción con igualdad social: Comisión Económica para América Latina y el Caribe de la ONU, Santiago 1990.

2 «Un optimismo vacuo», The Times Literary Supplement. Mayo 18-24, 1990, pp. 526-533.

3 «Panhumano» me parece un término mucho más expresivo que el parsoniano «universalismo».

4 v. Alberto O. Hirschman, «El desarrollo de la economía política de América Latina: siete ejercicios en retrospectiva», Latinamerican Research Review, Vol. 22, No. 3 (1987), pp. 7-13.

5 Estoy en deuda a este respecto con una discusión que sostuve con Gary Gerstle.

El temor de la niebla

Si lo hubiera escrito un poeta, o un autor de textos cosmicómicos como los de Italo Calvino, nadie le habría creído. Hay aún, por fortuna, gente pa’todo:

Una bacteria que disuelve la neblina será experimentada en el aeropuerto de la ciudad de Verona, el cual se acostumbra cerrar varias veces al año debido a las malas condiciones climáticas. Se trata de un microorganismo con capacidad de transformar en hielo las gotas de agua suspendidas en el aire que crean la neblina, de manera más rápida y antes de que la temperatura baje a cero grados. La bacteria ha sido llamada microbio come neblina y tiene el nombre científico de seudomonas siringae. Marcu Nuti, investigador de la universidad de Pavia y experto de la comunidad europea, explicó que la bacteria se encuentra en la superficie de muchísimas plantas de los climas templados. Su característica principal, dijo Nuti en una entrevista publicada por el diario italiano Corriere della Sera, es la capacidad de producir una proteína cuya conformación molecular facilita su unión con el agua. Esto permite transformar en hielo el agua que forma la neblina, la que por su peso se precipita a tierra liberando la atmósfera, explicó.

(unomasuno, 9 de enero de 1990).

El llamado de la Voz

La revista Harper’s de diciembre de 1990, reprodujo una carta que el cantante Frank Sinatra envió a Los Angeles Times, luego de leer un reportaje sobre el cantante de rock George Michael. Es todo un viaje, el llamado de La Voz, una especie de fábula titulable «El melindroso y la fama». Dice:

Una carta de La Voz

Hoy, cuando leí su artículo sobre George Michael, «la renuente estrella pop», mi primera reacción fue pensar que cada mañana al despertar debería dar gracias a Dios por tener todo lo que tiene.

No entiendo a un tipo que vive «con la esperanza de que termine la tensión que provoca su celebridad». Ahora que es un cantante de éxitos y compositor a los 27 años, quiere dejar las cosas por las que miles de jóvenes talentosos de todo el mundo asesinarían a sus abuelas.

Cálmate, George. Relájate. Disfruta, hombre. Aparta esas telarañas y vuela hasta la luna que tú elijas y da gracias por llevar la carga que todos hemos tenido que llevar y que compensan las noches de escasez, de dormir en camiones y ayudar al chofer abajar los instrumentos.

Y basta de hablar de «la tragedia de la fama». La tragedia de la fama es cuando nadie aparece y uno le canta a la mujer de la limpieza en un lugar vacío que no ha visto un solo cliente en años. Y de ningún modo es tu caso; eres el que manda en el peldaño más alto de una enorme escalera llamada Estrellato, lo que en latín significa «gracias a los fans que estuvieron ahí cuando no había nadie más».

El talento no debe desperdiciarse. Los que lo tienen -y tú obviamente lo tienes, o el artículo de hoy habría sido sobre Rudy Vallee-, los que tienen talento deben abrazarlo, besarlo, alimentarlo y compartirlo, no sea que te lo quiten con la misma rapidez con la que te fue dado en préstamo.

Confía en mí. Yo ya estuve ahí.

Un huevo por día

La revista norteamericana Eating Well. The Magazine of Food and Health de diciembre de 1990 incluye una especie de reseña a un libro de Hillel Schwartz: Nunca satisfechos: Una historia cultural de las dietas, las fantasías y la gordura (Anchor Books, 1990). Estos son los dos primeros párrafos:

El fetichismo por comida precede a cerca de dos milenios al descubrimiento de la caloría. Marco Porcio Cato (Cato, el viejo, para sus amigos) recetó la col como panacea para las enfermedades dietéticas de Roma, en el siglo dos antes de Cristo. Y fueron los antiguos romanos -famosos, paradójicamente, por sus excesos- quienes utilizaron el ayuno como medio de purificación física. Plinio consignó que Nerón comía poros diariamente para aclarar sus sentidos.

En el año 200 después de Cristo, Atanasio, un griego que vivía en Roma, escribió el libro más antiguo sobre comida que se conservó para la posteridad. Lleva por título Deipnosophistae o «La cena de los sofistas» y en él se alaban los diversos beneficios de los higos, la leche, la comida seca y el agua. En el siglo quince, Luigi Cornaro exaltó las virtudes de la cocina magra en su ensayo «El método seguro y certero para adquirir una vida larga y saludable». Se restringió a sí mismo a 12 onzas de comida sólida y a 14 onzas de vino al día y, tiempo después, descubrió que podía vivir con una dieta de un huevo al día. Se sabe que vivió hasta la edad de 93 años.