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Ezequiel Martínez Estrada: Antología. Fondo de Cultura Económica. México, 1964 (reimpresión).

«Naturalmente, sólo creo -dice el «Prólogo inútil»- en grado muy relativo que aumenten mis lectores, porque no se trata simplemente de aprender el idioma en que lo escribí í…¿ sino que es preciso que el lector esté provisto de otros muchísimos instrumentos auxiliares de exploración, de análisis y de valoración…» Ezequiel Martínez Estrada (1859-1964) resume así el problema de la lectura, que es el problema central de nuestra cultura. Leer a un autor es aprender el idioma personal de su escritura, y hacerlo requiere -en parte esto se va formando en la lectura misma- «instrumentos auxiliares de exploración, de análisis y de valoración» sin los cuales un texto se nos mantiene ajeno, impenetrable, ilegible. Leer al ensayista argentino – cuentista, poeta, dramaturgo en sordina- no es un mal ejercicio en tiempos como éstos, de crisis también cultural.

Desde Oro y piedra (Nosotros, Buenos Aires, 1918) hasta Martí revolucionario (Casa de las Américas, la Habana, 1967), Martínez Estrada publicó 30 títulos: seis en México, seis en La Habana, dos en Montevideo, el resto en Buenos Aires. La Antología del Fondo, preparada por el autor, buen arranque para conocerlo, fue repetida en 1985 por Casa de las Américas, con todo y «Prólogo inútil», más la adición de un breve ensayo («Che Guevara, capitán del pueblo») y de un poema («Walt Whitman») aún más breve.

Entre otras ocupaciones, Martínez Estrada fue amigo grande de Waldo Frank y de Quiroga; presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (1942-1946) y de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (1957); miembro de la Academia de Historia de la República de Cuba (1949); periodista, conferenciante, profesor de literatura y de historia en la Universidad de La Plata (1924), en la Universidad Nacional del Sur (1957) y en la Escuela de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM (1960); y director del Centro de Estudios Latinoamericanos de Casa de las Américas (1961). Antes que todo eso, Martínez Estrada fue un educador inconforme, un pensador iracundo, un ensayista incómodo que puede provocarnos la necesidad de repensar asuntos que creíamos resueltos.

Por ejemplo, cuando se opone a que la enseñanza sea gratuita en las universidades, porque en ellas «por lo general sólo estudian los hijos de los ricos (yo era pobre y no pude estudiar allí), y que hacen su doctorado a expensas de las sirvientas, de los repartidores de carne, de los vendedores de zapatos, casi todos sin estudios primarios. Creo que el Estado debe sufragar la enseñanza primaria y secundaria, laica y eficiente». O cuando se enfrenta a los estudiantes para declarar que «si el saber ha de serviros para mantener y aumentar el estado social injusto í…¿ mejor sería clausurar las escuelas, los colegios y las facultades».

Lo escandaliza que quienes se han ocupado de la educación del pueblo hayan «pensado directa y exclusivamente en una clase inferiorizada de educación, puesta a su alcance», lo que quiere decir desnaturalizada en su esencia misma por adecuación incorrecta í…? Se trataría en cambio de trasladar de un plano a otro, sin desfigurarlo, un saber de máxima jerarquía í…¿ ello es posible si antes educamos a los educadores y los liberamos del prejuicio de considerar al pueblo como masa incapaz de entender y sentir por encima de cierto nivel muy bajo de excelencia».

¿Por qué ha sucedido esto? Martínez Estrada se lo explica diciendo que «la «cultura para el pueblo» está condicionada como subproducto del poder político, militar y mercantil, como antes lo fuera del poder religioso í…¿ El coeficiente de educación e instrucción es tan equívoco y discutible como el alfabetismo, cuando conduce a una culturación que generalmente equivale a un embrutecimiento por la lectura». Y más adelante: «La índole del poder político ya era, desde su organización técnica, contraria a la verdadera cultura, a la humanística, que exigía tomar en cuenta valores muy finos. En cambio la tecnológica se conformaba con los valores gruesos de mercado. El hombre no era una meta para ella sino un medio í…¿ Una política de cultura sólo es viable en una sociedad organizada para el bienestar espiritual».

¿Quién nos rescata? El buen estudiante: «el que sufre o adolece de una especie de mal sagrado o fatalidad infortunada que consiste en no estar satisfecho con las razones que recibe de cualquier fuente de información y explicación, el que en sí mismo encuentra dificultades para interpretar y asir los enigmas que lo rodean y que por lo tanto no se satisface con sofismas y circunloquios í…¿ El que padece una pasión en ocasiones furiosa por saber, por comprender, por leer, por mirar, por escuchar í…¿ Pasión tan despótica e irreflexiva que priva a la víctima de apetito, de sueño, de solaz. Es peor, si puede serlo, que estar enamorado í…¿ Sin ese fuego sagrado, sin esa pasión, sin esa locura íqué se Puede aprender y saber?».