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Julio Cortázar: Divertimento. Serie Literatura. Alfaguara. México, 1990. 146 pp.

· El examen. Serie Literatura. Alfaguara, México, 1990. 292 pp.

Tras haber publicado ensayo con el seudónimo de Julio Denis, Cortázar (1914-1984) se revela como narrador en Los reyes, libro aparecido en 1949. No sobresaliente aunque sí interesante, el volumen fue el inicio de una carrera sólida, que en el terreno de la novela llegó a su cenit con Rayuela (1960). Era motivo de asombro la madurez que el escritor manifestaba desde el comienzo. Hacía sospechar que textos anteriores, quizá desechados, estaban como sostén de lo conocido por el público; incluso hubo rumores de inéditos conservados en el inevitable cajón del escritorio. De pronto, Cortázar da la noticia: en efecto, guarda un par de libros pertenecientes a su primera juventud, y ha decidido que el lector los conozca.

Sin embargo, la publicación sigue haciéndonos ver a un narrador maduro: tanto Divertimento (1949) como El examen (1950) podrán ser textos iniciales, pero están llenos de sabiduría narrativa. Al parecer, Cortázar nació dominando el oficio de escritor o bien la etapa de los titubeos fue ocultada cuidadosamente.

El primer punto son los personajes. Habitantes de un mundo regido por la cultura, la manejan con desenfado y la miran desde ángulos novedosos. Si nos centramos en Divertimento, la terminación de un cuadro sirve como hilo conductor de la trama. En torno de ese acontecimiento gira una docena de personas cuyas inclinaciones amorosas, odios, predisposiciones de ánimo y actos conscientes o involuntarios van apretando al tejido de la narración. Nada trascendental ocurre y mucho de importancia entra, sin embargo, en nuestra percepción como lectores. Y nadie negará que estamos ante uno de los rasgos distintivos de Cortázar: el juego en todos los niveles enmascara la seriedad del asunto, que en sí ya es otro juego.

¿Qué hay en el fondo del relato? Un clima de inseguridad, propio del universo cortazariano. En ciertas ocasiones -El libro de Manuel, algunos cuentos de Queremos tanto a Glenda- la inseguridad tiene raíces políticas; en otras, un algo menos tangible, vecino de la metafísica, que se refleja en un vomitar incesante de conejitos, en una desconsoladora aparición de hormigas o en la lectura de un libro cuyos límites con la realidad se borran. A veces -la toma de una casa, digamos- el texto participa de ambas posibilidades. En Divertimento nos encontramos en el terreno de la incertidumbre espiritual: una amenaza de origen impreciso conquista con lentitud la certeza de los protagonistas. Todo parece arrancar de la presencia de unas ánimas invocables, cuyas respuestas ambiguas plantean la necesidad, y hasta la obligación, de encontrar explicaciones lógicas. El cuadro que Renato completa a lo largo del relato es la clave de lo ocurrido. Caeríamos en revelaciones indebidas si aclaráramos más el sentido de lo narrado.

Básicamente, el libro consiste en una serie de reuniones y pláticas de los personajes. Al ser dueños de una cultura algo más que promedio, los personajes insertan en el discurso comentarios críticos, citas, intertextualidades y mención de obras que enriquecen la lectura y le dan sentido mediante la creación de algunos símbolos: el cuadro de Renato, una espada, un ovillo de lana lleno de nudos, la búsqueda de una casa. De pronto comprendemos que Cortázar ha explorado -y de ninguna manera es algo desusado en él- la zona de contacto entre el mundo de lo cotidiano y la aparición de hechos inusitados; vemos cómo tal aparición introduce el caos en el universo de la vida sin relieves, y cómo los personajes se lanzan a la reconquista del orden extraviado. Esa lucha por escapar de la inseguridad es el sostén narrativo y conceptual del relato; lo es también la seguridad de que otro orden distinto a ese gris de la existencia diaria y, sin embargo, inserto en él, aguarda la oportunidad de revelarse a nosotros.

Si Divertimento pertenece al campo de lo que llamaremos la metafísica, El examen parece un claro antecedente de «Casa tomada». Nos referimos a lo siguiente: una situación de principio normal se ve transformada, gradualmente, en una atmósfera ominosa, sin que logre precisarse la naturaleza y el origen de la amenaza. Así como los personajes del cuento ven reducirse su ámbito físico, hasta la expulsión final, en El examen la misma sensación de agobio conduce a exilio. En los dos casos, la amenaza tiene una explicación física inmediata y otra alegórica, relacionada con lo político. En la «Nota» a El examen Cortázar precisa tal sentido y, desde luego, muchos elementos de la novela lo confirman.

Conviene atender a la factura misma del libro. Tiene como base una trama no sólo lineal, sino a la vez sencilla: una pareja está a unas horas de presentar su examen final en la universidad. La seguimos con cuidado minucioso durante el tiempo anterior al examen y por un breve lapso posterior. Un grupo de amigos y de conocidos la acompaña, dando pie con ello a diálogos, incidentes, experiencias que conforman el sentir profundo de la novela. Si algo sobresale en la narración es el ritmo. Es imposible no pensar en La peste, de Camus. En Cortázar, la aparición se diría que accidental de una niebla oscura y pegajosa es mínima al principio, y apenas le prestamos atención. Poco a poco esa niebla impone sus condiciones y termina volviéndose una obsesión. La gradual conquista de nuestra conciencia es llevada con mano certera por el narrador.

Parte del efecto logrado consiste en la falta de explicaciones. De pronto la niebla es una realidad innegable por absoluta, y de pronto el sol vuelve en todo su esplendor al concluir la novela. Por qué vino y de dónde vino la niebla son misterios que no se revelan: eso permite leer los sucesos como una alegoría política. La niebla llega acompañada de una serie de fenómenos igualmente inexplicables: pelusas que vuelan por el aire y se pegan a todo, mariposas enormes que se enredan al pelo o a la ropa, fracturas en el asfalto de las calles, una oscuridad creciente que complica el mantener la rutina y la suspensión de servicios a causa de accidentes incomprensibles.

Así, y nadie se ha dado cuenta cabal del porqué, el caos se establece en la ciudad. Ese caos propicia conductas desordenadas y es la excusa ideal para que las fuerzas llamadas del orden impongan su modo brusco y rígido de mantener una normalidad, no necesariamente la mejor. El narrador elige un complemento muy astuto para la situación creada: la actitud de la ciudadanía. Aunque extrañada por las circunstancias que la rodean, esa gente no pasa de hacerse algunas preguntas -sin intentar verdaderamente encontrarles respuesta-, procurando ante todo mantener un simulacro de normalidad. Y es aquí donde entran los personajes elegidos por Cortázar estudiantes universitarios y un periodista. Son mentes capaces de percibir con mucha agudeza el posible sentido de lo que está ocurriendo. Tampoco alcanzan a explicárselo todo, pero sí captan el peligro latente y, en el caso de Andrés, la percepción es en verdad lúcida, al grado de convertirlo en la conciencia de la novela y, por lo mismo, en el único capaz de tomar algunas decisiones.

El final que se da a la trama es certero. Hemos presenciado el sacrificio de Andrés en el capítulo anterior a la conclusión y comprendió, tan tarde como él, cuál es el papel de Abel. De esta manera, la soleada atmósfera a la que despierta Stella no es sino un comentario irónico a los procederes del mundo.

Cortázar indaga en las relaciones que se dan entre la realidad cotidiana, asible, y esa otra realidad que penetra en ella abre ámbitos imprecisables a nuestra curiosidad. De este modo la incertidumbre se vuelve una expresión alegórica de lo público.