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José Luis Ortiz Garza: México en guerra. La historia secreta de los negocios entre empresarios mexicanos de la comunicación, los nazis y EU. Ed. Planeta, México, 1989.

La década de los cuarentas en el México contemporáneo podría definirse como el tiempo de la transformación en un país moderno, urbanizado, que habrá de seguir afanosamente las pautas que le permitan integrarse a la esfera del «american way of life», a la norteamericanización de sus costumbres y prácticas sociales. Resulta sorprendente que existan pocos textos dedicados a este periodo y, sobre todo, a escudriñar los procesos y eventos que marcaron la transición. De ahí que resulte tan sugerente la lectura de este libro, escrito por el publicista metido a historiador losé Luis Ortiz Garza.

México en guerra contiene de entrada una exhaustiva descripción de la forma y los recursos que utilizaron Francia, Inglaterra, Alemania y sobre todo Estados Unidos para desarrollar en México sus estrategias de propaganda durante la Segunda Guerra Mundial. Tal y como quedó de manifiesto desde la Guerra del 14, la posición geográfica de México, su frontera con Estados Unidos y su abundancia en materias primas necesarias para el abastecimiento militar hicieron de nuestro país un punto geográfico importante durante la segunda conflagración mundial. Así Ortiz Garza demuestra cómo ya desde 1938 Alemania intentaba aprovechar el distanciamiento del gobierno de Lázaro Cárdenas con Inglaterra y Estados Unidos, provocado por la expropiación petrolera, para ejercer su influencia en México y, si bien no conseguir el apoyo de nuestro país, por lo menos garantizar su neutralidad e impedir que México se alineara militarmente con su vecino del norte.

En ese sentido, México en guerra aporta los elementos que demuestran cómo de 1938 a 1940 Alemania hizo uso de sus mejores recursos para influir en la prensa mexicana, en ciertas esferas educativas e intelectuales y muy especialmente en el ámbito militar. Su oficina de propaganda en México llegó a controlar toda la publicidad de las casas de comercio alemanas, que además estaban obligadas a pagar un impuesto especial en favor de la causa nazi. Así, desde la oficina de Arthur Dietriech saldría el material informativo, los libros y follelos y, sobre todo, el dinero, destinados a explotar el sentimiento mexicano de antipatía hacia EU y a propagar las bondades del nacionalsocialismo, así como la fuerza y la organización del ejército alemán.

Las elecciones presidenciales de 1940 en las que contendieron Manuel Avila Camacho y Juan Andrew Almazán generaron un clima de inestabilidad en el que se colaron toda clase de rumores internos y externos. El ambiente sirvió para presionar al presidente Cárdenas, quien al final de su mandato fue acusado de germanófilo ante el presidente Roosevelt. Ortiz Garza describe la «histeria» americana en torno a la supuesta presencia de «quintacolumnas» nazis y comunistas que buscaron -según EU- apoderarse del gobierno mexicano mediante un golpe de Estado. Ejerciendo un recurso que hasta la fecha le ha dado muy buenos resultados, la prensa norteamericana organizó una campaña antimexicana que, aunada a presiones de otra naturaleza, terminaría surtiendo el efecto deseado: en junio de 1940 Dietriech sale de México declarado «persona non grata» por el gobierno, quien a partir de ese momento hará mucho más rígido su control y censura sobre las informaciones de la prensa extranjera. Más importante aún, será la definición gubernamental sobre su política exterior, haciendo explícita su simpatía hacia Estados Unidos y la causa aliada. Los medios de información colectiva serán aleccionados para evitar posiciones germanófilas y, en todo caso, se manifestaron por fomentar las relaciones amistosas entre México y los países aliados.

A mediados de 1940 se estableció en Estados Unidos la Oficina del Coordinador de Asuntos Interamericanos (OCAIA), a cargo de Nelson Rockefeller, quien tendrá entre sus principales funciones la de organizar la propaganda norteamericana en América Latina, en colaboración con el Departamento de Estado. A partir de la fundación de este organismo, el dominio norteamericano sobre los medios de comunicación y publicidad en México se irá extendiendo hasta llegar a ser devastador, provocando incluso las quejas del Comité Interaliado de Propaganda -agencia franco-inglesa fundada a finales de 1939- que no pudo competir con el dispendio de recursos americanos hacia los medios masivos.

Si los alemanes montaron buena parte de su estrategia de propaganda en explotar la antipatía hacia EU, los norteamericanos centraron la suya en reforzar pretendidos lazos de identidad con América Latina, englobados en un concepto de panamericanismo cuya acepción más redituable fue la que plasmó Walt Disney en su película Saludos, Amigos, estrenada en agosto de 1941. Enlazada con este concepto, sin embargo, Estados Unidos vendió también una imagen, un modelo de vida: el famoso «american way of life», el consumo como eje de la identidad social. La guerra de propaganda, dice Ortiz Garza, conllevó una labor de «conquista ideológica que pervive hasta nuestros días» en un país como México, siempre en busca de la modernidad. Así, la propaganda se articuló con la publicidad para promover un «cambio de mentalidad» en el que a través de asociar la libertad, la lucha contra el totalitarismo y la defensa de los valores de la democracia con el consumo de productos americanos en ciertos sectores sociales, se generó la transición hacia una mentalidad moderna, proamericana, lista para la industrialización y el consumo.

Para tal efecto, y siguiendo la estrategia desarrollada inicialmente por los alemanes, entre 1942 y 1944 se dio una estrecha relación de trabajo -que Ortiz Garza reconstruye minuciosamente- entre la OCAIA, el Departamento de Estado y las empresas norteamericanas con intereses comerciales en América Latina, entre ellas las primeras agencias de publicidad extranjeras en México, que abarcó a todos los medios de comunicación masiva. Señala el autor que no hubo medio que se salvara, en mayor o menor medida, de la poderosa influencia estadunidense que incluiría, a cambio de la inserción de su propaganda y su publicidad, generosos recursos monetarios, subsidios en materias primas, información y amplios recursos de distribución.

Dibujos de Sofía Táboas

Por ese motivo, México en guerra es también una muy bien documentada historia de la estructura y el desarrollo de los medios de comunicación y publicidad en México. En la segunda mitad del libro, Ortiz Garza enfatiza y desmenuza el impacto de la influencia extranjera, especialmente la norteamericana, en los ámbitos de la prensa, la radio y el cine. Actuando directa o indirectamente, y casi siempre con la anuencia mexicana, la OCAIA se convirtió en la práctica en una agencia reguladora del funcionamiento de los medios; para ello compró a directores, editorialistas, reporteros, locutores y comentaristas; controló el acceso a la información, produciéndola u orientando su producción. Además, subsidió o gestionó subsidios para adquirir la información que proporcionaban las agencias internacionales de prensa y -en el caso de la radio- las cadenas CBS y NBC. Por otra parte, subsidió la adquisición y transportación de materias primas, además de gestionar créditos y otorgar financiamiento para modernización de equipo y producción local de películas y programas de radio. Junto con esto, actuó como agente o aval de ventas de espacio publicitario, a la vez que consiguió para las grandes empresas norteamericanas que sus gastos publicitarios vía radio o medios impresos fueran deducibles de impuestos. En suma, supo alimentar la dependencia económica e ideológica y explotar los vicios que desde entonces definieron la manera de operar de la comunicación masiva mexicana.

Frente a una organización de esta naturaleza, las campañas de propaganda instrumentadas por el gobierno de Manuel Avila Camacho resultaron bastante menores, aunque no por ello dejaron de tener cierta eficacia. En el último capítulo del libro, Ortiz Garza se refiere a los esfuerzos propagandísticos gubernamentales, en relación a la entrada de México a la guerra en 1942 y a la necesidad de establecer el servicio militar obligatorio. Si bien en ninguno de los casos se obtuvo el apoyo entusiasta de la opinión pública, lo cierto es que el gobierno avilacamachista supo aprovechar la coyuntura de la guerra y propagar un clima propicio para la imposición de su política de unidad nacional, tal y como habría de mostrarlo la reunión de los expresidentes Plutarco Elias Calles, Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio, Abelardo L. Rodríguez, Adolfo de la Huerta y Lázaro Cárdenas en el Zócalo, el 16 de septiembre de 1942. Esto, aunado a la transformación de la antipatía inicial hacia Estados Unidos en una actitud de franca colaboración, habría de ser uno de los grandes logros de la llamada «guerra de propaganda».

Finalmente, es importante mencionar que México en guerra es el resultado de una acuciosa labor de investigación histórica. El trabajo en archivos y hemerotecas que realizó Ortiz Garza le permitió reunir una amplísima información que resulta novedosa e interesante, sobre todo al contrastarla con lo poco que se ha estudiado sobre estos temas. En ese sentido, el libro abre una serie de preguntas que deberán responder aquellos investigadores interesados en el estudio de la riquísima historia contemporánea mexicana.