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Consejo Consultivo de PRONASOL: El combate a la pobreza: Lineamientos Programáticos. El Nacional, México, 1990.

No deja de ser curioso que durante la mayor parte de la década pasada haya estado ausente la discusión sobre la pobreza como tema central del debate político y también académico. Cuando la crisis arrancaba esto podía explicarse, quizá, porque los años del crecimiento económico explosivo dejaron la sensación de que se estaban salvando los viejos problemas de la pobreza, y eso a pesar de que estudios como los de COPLAMAR daban muchos elementos para matizar esas sensaciones. Luego, cuando la crisis ya estaba sentando sus reales, los temas financieros y sobre todo el de la deuda, o los que imponía la moda en turno, desplazaron como eje de la reflexión al tema del que se ocupa El combate a la pobreza, del Consejo Consultivo de PRONASOL.

No faltaron llamadas de atención, por supuesto, pero éstas no rebasaron ciertos nichos políticos o académicos. Ahora el tema ha pasado a ocupar un sitio privilegiado en la agenda nacional, pero puede estar sucediendo que la reflexión sobre la pobreza siga ausente aunque se hable tanto de ella. El libro del Consejo Consultivo es una gran presencia en este panorama y puede enriquecer mucho una discusión que para ser fructífera debiera ser permanente y permear la acción política hasta volver un acto reflejo el ubicar siempre las reacciones en los marcos de la superación de la pobreza, al menos la absoluta o extrema.

Esta es una de las grandes virtudes del libro. Otra es que nos presenta una panorámica sobre el alcance de la pobreza en nuestros días. Uno lee el texto y después del diagnóstico es difícil dejar de preguntarse por qué esa información sobre el acelerado crecimiento del número de pobres en el país no suscitó más respuestas en su momento.

El libro actualiza esta zona de lo que debería ser una memoria nacional más activa. Hay que decir sin embargo que las estimaciones y cuantificaciones quedaron expuestas a la duda en unos cuantos meses, entre otros motivos por la incertidumbre que introdujo el reciente Censo general de población y vivienda y la aparición de algunas encuestas. Otras que están esperando su publicación, como la de ingreso y gastos de los hogares de 1989, pueden cambiar también los cálculos. A pesar de eso, en mi opinión las tendencias apuntadas son acertadas pese a que algunos números son revisables.

Este aspecto no es de los más importantes. El libro no duda en poner en discusión algunos de los puntos que no son muy gratos a los enfoques dominantes, aquí y en casi todos lados, sobre la política pertinente para salir de la crisis e impulsar las grandes transformaciones que son a todas luces ineludibles. De esos puntos el más importante es el que se sustenta como la columna vertebral de la propuesta que lanza el texto: la idea-fuerza de que la modernización puede ser compatible con una estrategia explícita para reducir las desigualdades y superar la pobreza.

Se dice fácil, pero abordar esto es exponerse a ser blanco del desdén intelectual de quienes consideran que en el mejor de los casos la reducción de la desigualdad es un proceso que surgirá como consecuencia de las medidas que hoy se presentan sin opción alguna, aunque generen no sólo más inequidad en lo inmediato sino también formas estructurales nuevas de reproducción de la desigualdad. Que la modernización deba tener como uno de sus componentes la mejoría social es algo que hasta los más ortodoxos asumen como punto de partida. Pero, y esa es una tesis central del libro, que la superación de la pobreza y la búsqueda explícita de la equidad sean una vía de modernización, es algo que ya no es tan común ni aceptable.

El debate actual sobre ese punto ilustra claramente la polarización. Una de las formas prácticas en que se expresa es la divergencia sobre la posibilidad de crecer introduciendo cambios estructurales al tiempo que se promueve la distribución o, al menos, sin propiciar reconcentraciones y más pobrezas. Un documento reciente del Banco Mundial(1) que está dedicado a la pobreza (y que es nada menos el informe estelar del año de ese organismo) asume abiertamente que entre crecer e introducir políticas distributivas hay que optar por estrategias que no pongan en peligro el crecimiento. A la hora de las medidas esto implica ir posponiendo la recuperación de los niveles de vida. Se pronuncia incluso por matizar las formas indirectas de redistribución, por ejemplo las de gasto público.

Otros estudios -sólo voy a citar dos más que me parecen representativos-, como uno del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo,(2) sostienen enfáticamente que sociedades como la nuestra no se pueden dar el lujo de posponer las políticas redistributivas porque al hacerlo no sólo estarían perpetuando la pobreza sino también bloqueando una modernización genuina. Enfatizo el adjetivo porque otras propuestas, como las más recientes de la CEPAL(3), parten de que la modernización o es genuina o no es modernización, porque las modernizaciones espurias están condenadas a ser un espejismo y, para colmo, a darle la puntilla a la pobreza.

El problema es que en esto los disensos no se encuentran sólo en los planteamientos más generales sobre el desarrollo sino también en las elaboraciones teóricas sobre la materia y en los programas políticos. Tampoco es fácil deducir lecciones de las experiencias históricas. En los últimos años se ha abusado de las referencias a las sociedades que en las últimas décadas han logrado crecer en forma sostenida y mejorando las condiciones de vida. Se toma prestado lo que resulta funcional al modelo aquí aplicado y se dejan de lado factores estructurales y que sentaron las condiciones para llegar a economías competitivas con equidad creciente.

De la teoría todavía se pueden sacar conclusiones encontradas. No cabe duda que no se puede eludir la necesidad de crecer productivamente y de poner al día métodos, prácticas y técnicas para producir y competir. Al fin y al cabo parece que las reducciones más aceleradas de la pobreza se han dado en los años de crecimiento, aunque si ese crecimiento reproduce las inequidades el impulso se agota, y tarde o temprano, a veces muy pronto, la pobreza vuelve a aumentar. Que hay que crecer, no está entonces en duda. Lo que el libro del Consejo Consultivo postula es que en lo sucesivo la estrategia para crecer no debe subordinar a la estrategia para mejorar socialmente. Dice, de hecho, que ambas podrían ser una sola, pero que para serlo tendrían que introducirse cambios muy importantes en el modelo que hoy estamos viviendo.

Fontanarrosa

El libro es entonces una llamada de atención y de consenso, dada la heterogeneidad del Consejo, a la política de modernización que hoy está presente en los programas y en las acciones gubernamentales. Esto no es menor. Muestra que los espacios no gubernamentales pueden ser muy fructíferos y aportar muchos elementos útiles para rediseñar estrategias. Esos elementos están disponibles para quien quiera adoptarlos. Para quienes deciden y hacen la política económica, en El combate a la pobreza no sólo hay apreciaciones generales sino formulaciones concretas que pueden servir para tomar decisiones.

También es útil la propuesta para partidos políticos y grupos sociales que siguen ayunos de una elaboración que introduzca en sus programas -y como componente estratégico- a «lo social». Si desde el gobierno se ha abusado de las campañas que tienen como motivo a la pobreza, desde una franja de la oposición se ha vulgarizado la crítica a los programas contra la pobreza extrema y sigue minimizando la necesidad de asumir una estrategia que considere la idea de la justicia y la equidad como expresión cotidiana de la movilización partidaria. Como dice Carlos Tello, quien presidió el Consejo hasta fines de agosto de 1990, toda decisión y toda acción en la economía y en la política debería estar siempre presidida y precedida por un pregunta. ¿cómo afectará esto a los pobres?

Creo que el libro aporta muchos elementos globales y sectoriales para ayudar a responder a esa interrogante. Sólo cabe esperar que le sucedan otras elaboraciones que den la pauta para contesta preguntas más concisas. También cabe esperar que estos resultados de órganos de consulta no caminen por su lado o no sean ignorados por quienes tienen que ejecutar los proyectos concretos contra la pobreza y que están bajo la presión cotidiana de las demandas sociales.

Cabe esperar, en síntesis, que en el futuro no se diga que el valor de este libro sólo fue testimonial.

1 Banco Mundial. «La Pobreza». Informe sobre el Desarrollo Mundial 1990. Washington, D.C., 1990.

2 PNUD. «Bases para una estrategia y un programa de acción regional». Bogotá, 1989.

3 CEPAL. «Transformación productiva con equidad». Santiago de Chile, 1990.