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Un grupo de sonámbulos recorre las calles de la ciudad de México en los primeros días del siglo XX. Conforman un peculiar conjunto de personajes, caracteres y figuras de época; no obstante algunas diferencias que merman su espíritu de grupo, entre ellos se entienden con naturalidad. Comparten el culto al espíritu moderno y la ciudad es el espacio exacto para hacer el trabajo que realiza su vocación, pues las más de las veces los rodea la indiferencia. Son los escritores y artistas que habitan el centro político de la República.

México “no se da cuenta de lo que pasa más allá del Zócalo”, escribió Pedro Henríquez Ureña en 1913. La idea de la modernidad ingresa a la ciudad por las calles de la capital porfírica. Es un asunto público y al mismo tiempo restringido a unos cuantos. Las calles adquieren un sello de galería europea; algunas maquillan su prosapia virreinal y se transforman en pasajes descubiertos en los que cabe el comercio de todo y, más que nada, el de los bienes importados. José María Vigil escribió contra la manía importadora de estos espacios abiertos hacia el final de los años setenta. En su opinión urgía más bien inventar la industria nacional sobre la economía nerviosa y efímera de México. En las calles se decidió una manera más secular, si no se le quiere llamar moderna, de la vida pública. La crisis económica al comienzo de la década de los ochenta, a lo largo del periodo presidencial de Manuel González, no eliminó este mercadeo en la ciudad. La estética de los escaparates atrapó más de una vez la atención de Amado Nervo; tal vez como Balzac cincuenta años antes, él habría escrito: “El gran poeta de los escaparates canta sus estrofas multicolores desde la Magdalena hasta la Puerta de Saint Denis”. Sólo que Gutiérrez Nájera se adelantó cuando en 1884 describió en el primer poema urbano y modernista que es “La Duquesa Job” una escena moderna y originaria entre las puertas de La Sorpresa y la esquina del Jockey Club.

Las calles de la ciudad agotan rápido su interés. Su modernidad es la del escaparate. Los sonámbulos, más al tanto que nadie, optan por la privacía y el espacio íntimo en lugar de la vida al aire libre de la calle. Quizá nadie viva con la alegría de ellos esa ciudad imperfecta ni se encuentre tan feliz en su red de rutinas comerciales, ocios, hábitos de mundo, ni nadie esté tan expuesto a los demonios de lo moderno. Ellos requieren, como las figuras públicas de su día, la formación de nuevos espacios interiores, desde luego que distintos a los ámbitos comerciales y hasta políticos en el soleado mediodía porfírico. Interiores que amparen su leve integridad cívica, o bien que les permitan revivir la más íntima ilusión o entregarse a las discontinuas estratagemas de los amores o los fraudes.

Es el año de 1901 y José Juan Tablada, a los treinta años, observa su terreno: tres lotes al borde de la Calzada de Coyoacán, apenas humanizados con una huerta de pinos de montaña y sauces de Xochimilco que son obsequio del doctor Aureliano Urrutia. Es un terreno en el que falta todo para admitir un espacio interior que sea reserva de fuerza y salud, pero en unos cuantos años aquí se levantará uno de los espacios privados más célebres de su tiempo: la casa con biblioteca y jardín, representaciones simbólicas del estudio y el recreo que dividen su mal pagado afán de escritor. El terreno, por lo pronto, es un llano de zacate y huejotes.

En uno de los contratos que arregla la popular oficina de bienes raíces de Rivera y Carrillo, en el Centro Mercantil, consta el gesto adquisitivo de Tablada, quien por esos días renta su morada en la misma demarcación de Coyoacán a un tal M. Chauveau. La primera tarea constructora de Tablada es el jardín y excava en él con el doble fin de lograr un estanque y enseguida un montículo con la tierra extraída.

Tablada asocia jardín con recreo, la alegre pasión de sus cofrades. Hasta ahí, sin embargo, las más de las veces el placer del recreo se convoca y atiende a puerta cerrada y casi siempre bajo techo. El mundo de los porfirianos eminentes es interior. Para almorzar, digamos, en El Cazador Mexicano, de los Belmont, o bien para apurar una tamalada en Chimalistac; para beber, en las mesas, gabinetes o barras de la Fama Italiana, el Palacio de Cristal, el Salón Flamand o la Maison Dorée, o bien para convocar los favores de la velada propicia en el Salón Bach, el Salón Weber o La Concordia, de Omarini.

El recreo los reúne también en la residencia del amigo y mecenas Jesús Valenzuela, primero en Chimalistac y luego en Tlalpan, donde se planea y comenta la Revista Moderna. También el recreo los junta en las comidas que el doctor Aureliano organiza en el terreno coyoacanense de su futuro Sanatorio Urrutia. Allí confluye lo mejor del arte y la ciencia, según las memorias del mismo Tablada, a comer, murmurar y beber un vino nacional que tal vez desde el comienzo del porfiriato algún ingenio bautizó como Chateau Maguey. En las comidas de Urrutia, el maestro Ernesto Elorduy discute a carcajadas con Jesús Urueta; más allá Rubén M. Campos analiza problemas de alta música con el futuro ministro y terrible político Luis Cabrera, Gerardo Murillo (hoy Dr. Atl) diserta con su pintoresca verba sobre pintura, mientras que Jorge Enciso, Justo Sierra, Jr. y Fernando Galván lo escuchan absortos. La escena es medio pastoral. También, como corresponde a la hora, la escena es esencialmente masculina.

Saborit

La escenografía de la casa-estudio del pintor Julio Ruelas, quizá la única ubicada en el corazón de la ciudad, remite al sonado ánimo modernista. Afuera, en la casa del Callejón de la Olla que hace esquina con dos calles, una que desemboca en la Palma y la que lleva a Cinco de Mayo, el paraje es de arcaísmo muy notorio. Una vez traspuesto el macizo portón, la sombría escalera semiacaracolada y un corredor estrecho que lleva al taller del artista, se accede a un orden en el que se combinan las esferas de la vida y el trabajo.

El clima del estudio es, sin lugar a dudas, el refugio predilecto de un sonámbulo. Por eso hay que buscar a Ruelas en un “interior” distinto: el de su cuadro La paleta, por ejemplo, realizado precisa y literalmente sobre el universo de su paleta. Entre los artistas de su generación este cuadro gozó de enorme fama y fue un ornamento preciadísimo en el salón secreto del mecenas Jesús Luján.

La paleta muestra la sala de una casa de citas de la ciudad de México, bien provista con estrado y piano, que congrega a un grupo de alegres trasnochados. Cada figura es un retrato, pero apenas sobreviven los nombres de su célebre reparto masculino: el poeta Rubén M. Campos, frente al piano y con las manos al teclado, el cuentista precoz —precoz hasta en la muerte— Bernardo Couto Castillo, el barroco y muy letrado Ciro B. Ceballos, el administrador de Revista Moderna, Peñita, José Juan Tablada, en el único sofá, y el propio Ruelas, “en lacia actitud melancólica”, de pie, pegado al piano. Tal vez aparecen o debían aparecer en La paleta el ingeniero Raúl Landázuri, attaché del grupo y modelo de Ruelas, Francisco Banuet y Jesús Urueta. La escena —que es íntima, popular y profana a la vez— entrega algo más que un documento anecdótico raro y precioso: resuelve un interior distinto pero a la vez más próximo al del verdadero estudio del pintor.

Los espacios interiores son cálidos e íntimos, aun a cielo abierto como en los terrenos anteriores o bien en los jardines públicos, como el antiguo Tívoli Central y el del Eliseo. Sus dueños intentan construir un universo —entre el salón y el gabinete, entre el palco y la mesa— que reúne lo lejano y lo pasado en un instante. Fue célebre la Casa de Alvarado, en Coyoacán, entonces propiedad de la arqueóloga californiana Cecilia Nuttal. Lo mismo que la casa de Luis González Obregón, en la calle colonial de Montealegre, notable por su escogida biblioteca mexicanista e impregnada con el aroma a puro.

Los espacios interiores establecen una línea de demarcación entre la realidad y el deseo, entre la vida de las calles y el retiro civilizado. En estos interiores está la capital del país al comienzo del siglo. Los encierros y recogimientos que amparan estos espacios nos llegan tocados por infinidad de esencias más bien de corte decimonónico. Pero al margen de la privacía, en estos espacios se resuelve además el miedo o repudio a la cosa más pública. La historia, en estos claustros frágiles, es como un viento de campanas.

Jesús Contreras, el otro artista plástico en el grupo central de los modernistas, tuvo su gabinete de trabajo en la Fundición Artística Mexicana, junto al monumento a Cuauhtémoc en Reforma Su estudio de escultor está pegado a los talleres. Un estudio poblado de bibelots, bustos en bronce, mármol y yeso. La fabulosa cantidad de objetos que Contreras guarda en este estudio lo hacen verse pequeño o insuficiente, y lo abodegarían de no ser por una clara intencionalidad decorativa. Federico Gamboa, un observador puntual de los paisajes interiores, registró en su diario el estudio de Contreras. “Hay, además, al fondo, un mueble bretón que perteneció a Lord Byron, según garantía de Jesús; en un ángulo, amplio diván de pintor; colgados y apoyados a los muros, cuadros al óleo, armas, libros, y encima de la mesa de trabajo, destacándose de una porción de objetos pequeños y de papeles empolvados, revueltos, un cráneo humano que parece que riera del artístico desorden”.

Saborit

El escultor Contreras proyectó, estudió y comenzó a construir un estudio morisco. Su plan era lograr un espacio distinto al que tenía en la Fundición. Murió en 1902 sin llegar a estrenarlo. Tres años después, su viuda montó una sala de remates con todas las pertenencias del escultor.

Tablada, en este sentido, es una excepción; su casa en Coyoacán se ve, tanto en la vida como en la leyenda, a la luz heterodoxa que ilumina a su propietario. En diez años Tablada transformó los tres lotes de zacate en un refugio exquisito. En el jardín había un saúz, una casa japonesa y un lago con idéntica orientación afectiva y geográfica, en forma de bule, adornado por puentes incurvados, numerosas tortugas, peces y carpas de colores, ánades veracruzanos o pijijes, un islote, tapete de musgo. De este lugar hay varios testimonios. Las aguas del estanque doméstico, por ejemplo, aparecen en segundo plano en una fotografía que muestra a Tablada enfundado en una bata japonesa. También, en los versos de un poema del propietario, Los pijijes:

Glauca sombra de la tortuga
entre dos aguas, en el lago;
de los sauces temblor vago;
breve retracción de la oruga
en la hoja del jaramago…

Eléctrica luz que en la bruma
sombría, difunde en el vergel
romancescos claros de luna
y a cuyo ampo no hay flor alguna
que no parezca de papel…

Konishi, el jardinero que se esmeró en mantener la simetría artificial de este paraje, era un veterano de la guerra ruso-japonesa y en febrero de 1913 le aconsejó a Tablada que fortificara la casa. El periodismo político de Tablada no fue completamente ajeno al derrumbe del gobierno de Francisco I. Madero; por el contrario, Tablada fue cómplice en este acto. Así que el jardinero le habló de alambres con púas, fogatas pedreras en las puertas de entrada y hasta de ciertos trabajos de electrificación en la barda del jardín. Tablada no le hizo caso.

Tablada coleccionó con emoción y buen gusto azulejos, malacates, cerámica, sellos, hierro forjado en forma de llaves y candelabros, miniaturas en marfil, cuentas de jade o jadeíta, tallas en madera. La cocina era un almacén de “cobres, estaños reverberantes, cucharones, parrillas y sartenes, sin faltar las orejonas cazuelas moleras de Puebla de los Ángeles”.

Padilla, mercader de viejo y “espejo de mercaderes”, según Tablada, surtió esta pasión decorativa, lo mismo que los hermanos Eufemio y Francisco Abadiano y José Sanromán y Couto. Se conserva el nombre de Meneses, su restaurador de cabecera.

En su diario de 1910, Federico Gamboa consta la impresión que le causó el gabinete de trabajo de Tablada, un sitio “de más que medianas proporciones, atestado de libros y con manifiesta joya que provoca mi codicia y mucho ennoblece todo un testero de la estancia soleada, ebria de luz, acogedora y muda: una chimenea casi mural y recubierta de arriba abajo de preciosos azulejos, comprados los menos, cambalacheados algunos y —cuenta él mismo entre veras y bromas— mal habidos los más”.

Tablada describe así esta parte de su casa:

Dentro de vitrinas y anaqueles y sobre los muros de mi biblioteca, reposa y cuelga cuanto el arte extremo oriental, maestro del color y de la plástica, puede sugerir de las milenarias y remotas civilizaciones. Porcelanas brillantes y esmaltadas; sombrías lacas exornadas de oro; metales cincelados de sordas pátinas; brocados de sedoso matiz y áureo rutilar y libros y álbumes que los pinceles chinos y japoneses ilustraron con las maravillas de una profusa iconografía y el ardiente foco donde irradia lo que de más sublime tiene el extremo oriente: Arte y Religión es la chimenea de mi estudio, un verdadero emporio donde aparece, en efecto, que una Nao de China acabara de volcar el tesoro de su mágica cornucopia.

Sobre la caja de azulejos de Talavera de Puebla, en cuyo centro se abre el fogón que, encendido en estas noches de invierno se convierte en jaula de inquietas salamandras, en ardiente rosal cuyas sangrientas corolas chisporrotean un polen de oro, se levanta hasta el plafón, un frontal de altar plateresco, la exuberancia de cuyos tallos dorados surge de un vestidor de laca bermellón en armonía con el rojo del fuego que engendra el oro de las flamas.

Y es tan justa esta relación que aun apagada y apenas herida por el sol matinal, la chimenea parece conflagrarse y arder en su cruce y sus brillos, como ascua enorme y suntuosa.

Allí, sobre el vasar de la chimenea y en las hornacinas, repisas y meandros del plateresco frontal, se congregan en torno de una estatua de crecido Buda, cuyo oro primitivo patinó el incienso recular de oscuro bronce, una legión de dioses, semidioses y hodisalvas, de animales tohormistas y de objetos rituales… Son Kivanon la misericordiosa, Fughen Bosotsu, el santo asceta Daruna, cuyos párpados mutilados fueron la semilla milagrosa del árbol del té; Dalkouku, el dios de la riqueza; Okame, por cuya danza divina nos alumbra el sol; Tenjin Sama, patrono de los literatos y de la quirografía; el bonzo Nichireu, Savonarola del budismo; el elefante brohimánico y el león de Corea; la tortuga y la cigüeña de la longevidad; rasos de ofrendas y candelabros rituales; perfumatorios y objetos talismánicos.

Y avanzando su empeñada proa y ahuecando como ala de albatros su rico volumen de brocado en porcelana violeta, azul y blanca, el Takara buné, el navío de la riqueza cargada con los doce objetos preciados que cada año nuevo, según la leyenda, aborda a las costas del lapón y que a mi se me antoja el antecesor de las naos de China y de los Reales Galeones que antaño volcaban su cargamento de prodigios en el surgidero de la ciudad de los reyes, en el viejo puerto hoy ruinoso y empobrecido de San Diego de Acapulco.

Es el año de 1914 y José Juan Tablada acaba de escribir las líneas anteriores. Su cabeza, como en los últimos meses, está llena de utilería oriental. Después de trabajar un año en el Archivo General de la Nación, lleno de lasitud más que desistimiento, Tablada no desea regresar por un solo dato más para la novela que acaba de concluir, La Nao de China, cuyo original tiene sobre la mesa de trabajo. Por la ventana de su estudio alcanza a ver las fogatas zapatistas.

El poeta ignora lo que el periodista presiente (¿o al revés?): la amenaza que se cierne sobre su espacio interior. Tablada, quien edificó su casa lejos del río, apenas tiene tiempo suficiente para salir y ver el arrastre de la corriente de la historia. En esas aguas se hundió su novela así como el espacio que la hizo posible. n

(Núm. 162, junio de 1991)