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Todos los días tenemos la ocasión de admirar la bella máxima que figura en el cartelito colocado en los ascensores: “El ascensor está destinado a las personas que tienen que subir y no a las que tienen que descender”. Esta altiva divisa de los ascensores es ciertamente una gran elevación.

Se acaba de ensayar en las casas nuevas de Passy un sistema de ascensores que realiza una seria economía sobre todos los demás. La cuestión es interesante. Sin ser enormes, los gastos del ascensor representan una cierta cantidad negativa en el modesto presupuesto de un propietario. El medio más socorrido hasta ahora para reducir estos gastos consistía en colgar, dos o tres veces por semana, a la puerta del ascensor, este aviso de un escepticismo un poco brutal: “El ascensor no funciona”.

El nuevo sistema, que representa una gran superioridad sobre el ascensor hidráulico y sobre el ascensor eléctrico, no es otro que el ascensor de fuerza humana. Es la misma persona que utiliza el ascensor quien lo hace subir por su propio esfuerzo, gracias a un ingenioso dispositivo de pedales. El movimiento se aprende rápidamente. Las piernas se mueven del mismo modo que en el ejercicio que consiste en subir una escalera. Añádase que el esfuerzo necesario es apenas un poco mayor.

Fuente: W. Fernández Flórez, Antología del humorismo. Tomo I. Editorial Labor, Barcelona, 1961. [El autor es Tristan Bernard, francés, 1866-1947.]

 

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