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Presentamos aquí un relato de uno de los escritores más importantes del Sur de Asia: Saadat Hasan Manto, universalmente reconocido como uno de los grandes prosistas en urdu. Siempre opuesto a la “partición” que dividió a la India de Pakistán después de su independencia del Reino Unido, Manto fue juzgado por obscenidad no menos de seis veces. Con todo, sus relatos —piezas de realismo que exploran temas sociales— se han convertido en parte esencial del canon literario de su país. Agradecemos a la editorial Nørdica Libros, cuya antología en castellano de los relatos de Manto acaba de llegar a nuestro país, por permitirnos publicar este texto.


¿De qué ciudad se trataba? Creo que ni ustedes necesitan saberlo ni yo necesito contarlo. Bastará con que les diga que el lugar en el que se desarrolla esta historia se hallaba situado a las afueras de Peshawar, cerca de la frontera, y que la vivienda de aquella mujer era una especie de chamizo situado tras un juncal.

Los juncos formaban un denso seto tras el cual se encontraba su casa de adobe. Al estar situada a cierta distancia del seto, quedaba prácticamente oculta por este, de modo que los que pasaban por el camino cercano no la veían.

Los juncos estaban totalmente secos, pero se hallaban tan enterrados en la tierra que formaban una gruesa empalizada. No sé si los plantó aquella mujer o si ya estaban allí desde antes, pero la verdad es que formaban una especie de telón de acero.

La vivienda en sí, ya se la denomine casa o chamizo, constaba de tres habitaciones pequeñas pero limpias, en las cuales había muy pocas cosas, pero todas ellas dignas. En la última habitación había una cama de matrimonio, junto a la cual había una hornacina en la que ardía durante todo el día una lamparilla de aceite de mostaza. La hornacina también estaba limpia, al igual que la lamparilla, cuyo aceite y cuya mecha cambiaban cada día.

A continuación les diré el nombre de aquella mujer que vivía junto a su joven hija en la casa oculta tras el juncal.

Existen varias versiones. Unos dicen que la muchacha no era su hija, sino una huérfana a la que adoptó cuando era pequeña y a la que se encargó de criar; otros dicen que era su hija ilegítima, y también hay quienes afirman que era su hija legítima. Sea cual fuere la verdad, no podemos afirmar nada con certeza. Una vez que hayan leído este relato saquen ustedes sus propias conclusiones.

Por cierto, me he olvidado de decirles el nombre de esa mujer. En realidad, lo que ocurre es que su nombre no tiene la menor importancia. Pueden llamarla ustedes como quieran, Sakina, Mehtab, Gulshan o cualquier otro nombre. Al fin y al cabo, ¡qué importancia tienen los nombres! No obstante, para facilitarles a ustedes las cosas, la llamaré Sardar.

Esta Sardar era una mujer de mediana edad, y sin duda hubo un tiempo en que fue hermosa. A pesar de que sus sonrojadas mejillas ya tenían alguna arruga, seguía pareciendo unos años más joven de lo que era. No obstante, a nosotros no nos interesan sus mejillas.

Su hija (no sé si era su hija o no) era un perfecto ejemplo de juventud. No había nada en su aspecto que permitiera inferir que fuera una meretriz, pero la realidad era que su madre la prostituía, y ganaba bastante dinero. Y también es cierto que esta muchacha, a la que para comodidad del lector llamaré Nawab, no odiaba su trabajo.

En realidad se había criado en un lugar tan apartado de la civilización que no tenía la menor noción de lo que era la correcta vida conyugal. Cuando Sardar le presentó en la cama, en aquella cama de matrimonio, al primer hombre, ella pensó que las muchachas normalmente iniciaban su adolescencia de ese modo, por lo que se acostumbró a su vida de prostituta, y llegó a la conclusión de que esos hombres que venían desde muy lejos y se tendían junto a ella en su cama de matrimonio eran el objetivo de su existencia.

Aunque, desde el punto de vista con el que juzgan nuestras honradas y santas mujeres a esas profesionales, ella era sin duda una prostituta, en realidad no tenía la menor conciencia de estar llevando una vida pecaminosa. ¿Cómo podía planteárselo siquiera si no le habían dado la oportunidad?

Su cuerpo era puro. Se entregaba a cada uno de los hombres que venían desde lejos cada semana o semana y media porque pensaba que esa era la obligación de toda mujer. Y se ocupaba de que se sintieran cómodos y relajados, y de que no sufrieran la más mínima molestia.

Ignoraba las formalidades de la gente de ciudad. No tenía la menor idea de que aquellos hombres que iban en coche hasta su casa, por las mañanas, tenían la costumbre de cepillarse los dientes y de que, nada más abrir los ojos, bebían en la cama una taza de té, tras lo cual se levantaban y se bañaban. Sin embargo, poco a poco, había ido aprendiendo de forma muy natural ciertos detalles sobre sus costumbres. Le desconcertaba mucho que no fueran todos iguales. Había unos que nada más levantarse por la mañana pedían un cigarrillo; otros, té; y había otros incluso a los que no había quien los levantara. Algunos pasaban toda la noche despiertos, y por la mañana se metían en su coche y se marchaban rápidamente.

Sardar estaba tranquila. Tenía la absoluta certeza de que su hija, o lo que fuera, sabía controlar a sus clientes; por eso se tomaba una bolita de opio y se dormía en su camastro. En ocasiones, cuando era necesario (por ejemplo, cuando algún cliente bebía en exceso y se emborrachaba), se levantaba medio dormida y le indicaba a Nawab que le diera de comer encurtidos o que intentara darle agua caliente con sal para que devolviera, y que luego lo arrullara hasta que se durmiera.

En cuestiones de dinero Sardar era muy meticulosa, de modo que en cuanto llegaba un cliente lo primero que hacía era coger los honorarios de Nawab y guardarlos enrollados en la cintura de su salvar. Y, a su manera, les decía «que soñéis con los angelitos», sacaba una bolita de opio, se la metía en la boca y se dormía.

Todo lo que ganaba era para Sardar, pero la muchacha se quedaba con los regalos que recibía. Los hombres que iban a verla tenían mucho dinero, y eso le permitía lucir buenos vestidos y comer todo tipo de dulces y frutas.

Nawab estaba contenta en esa casa de adobe que solo tenía tres pequeñas habitaciones. Pensaba que tenía una vida muy interesante y agradable. Un oficial del Ejército le había regalado un gramófono y muchos discos, y en sus ratos libres oía música de cine e intentaba cantar las canciones. No tenía el menor estilo cantando, pero probablemente no lo sabía. La realidad es que ni sabía nada ni deseaba saber nada. Había aceptado desde la más profunda ignorancia el camino al que la habían arrojado.

No tenía la menor idea de cómo era el mundo al otro lado del juncal, excepto que había un camino por el que cada dos o tres días pasaba un coche levantando polvo que se detenía junto a la casa y hacía sonar la bocina. En esas ocasiones, su madre, o lo que fuera, se levantaba del camastro, se acercaba al juncal y le indicaba al conductor que aparcara un poco más allá y pasara, tras lo cual este entraba, se sentaba en la cama con Nawab y comenzaba a decirle cosas muy dulces.

No había muchos hombres que fueran a su casa. Serían unos cinco o seis, pero todos ellos eran clientes fijos, y Sardar había arreglado las cosas de tal manera que no se encontraran unos con otros. Era una mujer muy inteligente, por lo que establecía un día para cada cliente, de modo que ninguno tuviera ocasión de quejarse.

Además, cuando era preciso, se ocupaba de que Nawab no se quedara embarazada. La vida que llevaba la muchacha hacía que esta fuera una circunstancia muy probable, pero Sardar llevaba dos años o dos años y medio consiguiendo evitar ese riesgo de la naturaleza.

Esa había sido la vida cotidiana tras el juncal hasta entonces. Los policías no tenían la menor idea de lo que allí ocurría. Los únicos que lo sabían eran los clientes que allí acudían y Sardar y su hija, o lo que fuera.

Un día se produjo una revolución en aquella casa situada tras el juncal. Apareció un gran coche que debía de ser un Dodge, y se detuvo allí. Tocó la bocina. Sardar salió y vio a un desconocido. Ella no le dijo nada, y él tampoco a ella. Aparcó a cierta distancia, salió del coche y entró directamente en la casa como si llevara años yendo allí.

Sardar se quedó realmente desconcertada, pero Nawab, desde la entrada, lo recibió con una sonrisa encantadora y lo condujo a la habitación de la cama de matrimonio. Cuando estaban los dos allí sentados, llegó Sardar. Como era muy inteligente, se dio cuenta de que el desconocido era un hombre rico, apuesto y sano. Entró en la habitación, lo saludó y le preguntó:

—¿Quién le dijo cómo llegar aquí?

Aquel hombre sonrió, y, rozando cariñosamente con los dedos las mejillas regordetas de Nawab, le dijo:

—Ella.

La muchacha, sobresaltada, se echó a un lado y dijo con un aspaviento:

—¡Ay, pero si yo no te he visto nunca!

La sonrisa del desconocido se hizo aún más amplia y dijo:

—Pues yo a ti te he visto ya varias veces.

Nawab le preguntó:

—¿Dónde? ¿Cuándo?

Su boca menuda esbozó un gesto de asombro que confirió aún un mayor encanto a su rostro.

El desconocido cogió su mano rolliza y mirando a Sardar le respondió:

—Tú ahora no puedes entender estas cosas. Pregúntaselo a tu madre.

Nawab, con gran inocencia, le preguntó a su madre cuándo y dónde la había visto ese hombre. Sardar llegó a la conclusión de que alguno de los hombres que acudían a su casa le habría hablado de la muchacha y le habría dado la dirección, por lo que le dijo a Nawab:

—Ya te lo diré.

 Tras decir eso salió de la habitación, se sentó en su camastro, sacó una bolita de opio de la caja y se acostó. Estaba tranquila porque parecía un buen hombre y tenía la seguridad de que no causaría ningún problema.

Aunque no es algo que se pueda decir con certeza, probablemente el desconocido, que se llamaba Hebat Jan y que era una persona bastante acaudalada del distrito de Hazara, se quedó tan prendado de la candidez de Nawab que, cuando se disponía a marcharse, le dijo a Sardar que a partir de entonces no fuera ningún otro hombre a ver a la muchacha. Sardar reaccionó con inteligencia:

—¡Jan Sahab! ¡¿Cómo voy a hacer eso?! ¿Acaso me puede dar usted todo ese dinero?

Él la interrumpió, se metió la mano en el bolsillo, sacó un grueso fajo de billetes de cien y lo arrojó a los pies de Nawab. A continuación se quitó un anillo con un diamante que llevaba, se lo puso a la joven y se marchó al otro lado del juncal.

La muchacha ni siquiera miró los billetes. Simplemente se quedó contemplando durante mucho rato su dedo en el que lucía ese anillo, cuyo gran diamante producía destellos multicolores. El coche se puso en marcha y partió levantando una nube de polvo. Después la muchacha salió de su ensimismamiento y se dirigió al juncal, pero no encontró nada más que polvo.

Sardar ya había cogido el fajo de billetes y lo había contado. Si hubiera habido un billete más, habrían sido dos mil rupias, pero eso no la entristeció. Enrolló con sumo cuidado los billetes y se los puso en la cintura de su amplio salvar, se dirigió a su cama y, tras sacar una bola de opio de la caja y metérsela en la boca, se tumbó con gran tranquilidad y estuvo durmiendo hasta tarde.

Nawab estaba radiante. No hacía más que mirarse la mano con su anillo de diamante. Pasaron tres o cuatro días, durante los cuales apareció un antiguo cliente, al cual Sardar dijo que había cerrado el negocio porque había peligro de que fuera la policía. Aquel cliente, que era bastante rico, se marchó defraudado. Sardar se había quedado impresionada con Hebat Jan. Mientras se encontraba sumida en el estado de embriaguez que le provocaba el opio, pensó que era una buena idea ganar con un solo hombre lo mismo que antes; por eso decidió que poco a poco iría evitando del mismo modo a los demás clientes diciéndoles que la policía la estaba controlando y no quería poner en entredicho su reputación.

Hebat Jan volvió al cabo de una semana. Durante ese período Sardar ya había dicho a otros dos clientes que no volvieran por allí.

Entró con la misma suficiencia que la vez anterior, y nada más llegar abrazó a la muchacha. Sardar no le dijo nada y Nawab…, o más bien habría que decir que Hebat llevó a Nawab a la habitación de la cama de matrimonio. En esa ocasión, Sardar no entró allí, sino que se tumbó directamente en su cama, adormilándose con el opio.

Hebat Jan estaba encantado, y quedó aún más prendado de la naturalidad de la muchacha. Era completamente ajena a las maneras de las mujeres de la calle y carecía asimismo de la simplicidad rústica de las mujeres normales. Poseía algo único, diferente a las demás. Se tendía junto a él en la cama como un niño junto a su madre, pasándose la mano por los senos, metiéndose el dedo en la nariz, enrollándose mechones de pelo en el dedo, hasta adormecerse poco a poco.

Para él resultaba una experiencia nueva. Le parecía una mujer muy especial, interesante y agradable, por lo que comenzó a ir dos veces a la semana. Ella se había convertido para él en una atracción irresistible.

Sardar estaba satisfecha de tener suficiente dinero que guardarse en la cintura. Nawab, sin embargo, a pesar de su inocencia, en ocasiones se preguntaba por qué él parecía estar siempre atemorizado. ¿Por qué se asustaba tanto cuando pasaba algún camión o algún coche por el camino, al otro lado del juncal? ¿Por qué se separaba entonces de ella y salía sigilosamente para ver quién era?

Un día, cerca de la medianoche, Hebat Jan y Nawab estaban durmiendo abrazados, y pasó un camión por el camino. Él se despertó sobresaltado y se incorporó inmediatamente, y la muchacha, que tenía un sueño muy ligero, en cuanto él se asustó, se estremeció como invadida por un terremoto y le gritó:

—¡¿Qué pasa?!

Hebat Jan, que ya estaba más calmado, intentó tranquilizarse aún más y dijo:

—Nada… Debe de haber sido una pesadilla.

Todavía se oía en el silencio de la noche el sonido del camión.

Nawab le dijo:

—No, Jan. Es otra cosa. Cada vez que pasa un coche o un camión por el camino te ocurre lo mismo.

Él, al ver que la joven había puesto el dedo en la llaga, para defender su hombría dijo con firmeza:

—Pero ¿tú eres tonta? ¿Por qué iba a tener miedo de los coches o de los camiones?

Nawab tenía un corazón muy delicado, de modo que, al oír el tono áspero de Hebat Jan, se sintió herida y comenzó a llorar. Él la consoló y entró en contacto con una faceta extremadamente delicada de su propia vida que hizo que su cuerpo se sintiera aún más cercano al cuerpo de Nawab.

Hebat Jan era un hombre alto, fornido y apuesto. En sus brazos Nawab sintió por primera vez una maravillosa pasión. Él le descubrió todos los secretos del placer sexual, y ella empezó a enamorarse de él, es decir, comenzó a comprender el sentido de eso a lo que se denomina amor. Cuando no aparecía durante una semana, Nawab ponía en el gramófono discos de melodías tristes, que ella misma entonaba entre suspiros. No obstante, le seguía preocupando mucho que él se asustara tanto ante el paso de los coches.

Transcurrieron varios meses durante los cuales la entrega y el amor de la muchacha no cejaron de aumentar, al igual que aumentó su preocupación, ya que él comenzó a ir solo durante unas horas y a marcharse apresuradamente. Nawab se daba cuenta de que se veía obligado a ello, ya que en realidad él deseaba quedarse más tiempo.

En varias ocasiones le preguntó que por qué se marchaba, pero él le respondía con evasivas. Un día por la mañana temprano su Dodge se detuvo al otro lado del juncal. Nawab estaba durmiendo. Cuando oyó el claxon, se levantó precipitadamente y salió frotándose los ojos. En ese momento él ya había aparcado el coche y había llegado a la casa. Nawab salió corriendo y lo abrazó. Él la cogió en brazos y la llevó a la habitación de la cama grande.

Pasaron mucho tiempo hablando y diciéndose palabras de amor. Quién sabe qué le ocurrió a Nawab, que por primera vez pidió una cosa:

—Jan, tráeme unas pulseras de oro.

Él besó varias veces sus mejillas sonrosadas y regordetas y le dijo:

—Mañana mismo vendré. Mi vida es tuya.

Nawab, con coquetería, pero con naturalidad, le dijo:

—No, no, soy yo la que te entregaré mi vida.

Al oír esto, Hebat Jan prometió protegerla en todo momento, y tras compartir unos momentos de gran ternura se marchó dándole su palabra de que volvería al día siguiente y le traería unas pulseras de oro que él mismo pondría en sus delicadas manos.

Nawab estaba muy feliz. Aquella noche estuvo hasta tarde en la habitación de la cama grande poniendo discos alegres y bailando. Sardar también estaba contenta. Esa noche volvió a sacar una gran bola de opio, se la tomó y se durmió.

Al día siguiente la muchacha estaba más feliz aún porque iba a tener sus pulseras de oro y se las iba a poner el propio Hebat Jan. Pasó todo el día esperando, pero él no apareció. Pensó que a lo mejor se le había estropeado el coche y que quizás iría por la noche, pero estuvo toda la noche despierta y él no fue. Su corazón delicado estaba muy dolido. No hacía más que decirle a su madre, o lo que fuera:

—Me lo prometió, pero no ha venido. —Aunque después se quedaba pensando y decía—: No, le tiene que haber pasado algo. —Y se tranquilizaba un poco.

Se le ocurrían varias cosas, como que hubiera tenido un accidente con el coche, que se hubiera puesto enfermo o que le hubieran atracado, pero no podía dejar de recordar el sonido de los coches y de los camiones que tanto le asustaba. Aunque estuvo pensando en ello durante horas, no fue capaz de llegar a ninguna conclusión.

Transcurrió una semana, durante la cual no apareció por allí ninguno de los antiguos clientes, ya que Sardar les había dicho a todos ellos que no lo hicieran. Solamente pasaron levantando polvo por aquel camino tres o cuatro camiones y dos coches. Cada vez que eso ocurría, Nawab sentía el deseo de salir corriendo tras ellos y prenderles fuego. Creía que ellos eran la causa que impedía que Hebat Jan fuera allí, pero después pensaba en qué impedimento podían suponer esos coches, y se reía de su propia ingenuidad.

No obstante, no podía dejar de extrañarle que un hombre fuerte como Hebat Jan se asustara al oír los coches. Ninguna explicación podía borrar esa realidad. Y, cuando eso ocurría, se entristecía mucho y comenzaba a escuchar discos melancólicos con los ojos bañados en lágrimas.

Al cabo de una semana, al mediodía, cuando Nawab y Sardar habían terminado de comer y se disponían a reposar, oyeron de repente en el exterior la bocina de un coche. Les sorprendió porque no era el sonido de la bocina del coche de Hebat. Sardar se apresuró a salir para ver quién era y, en el caso de que fuera uno de los antiguos clientes, decirle que se marchara. Sin embargo, cuando llegó cerca del juncal, vio a Hebat, que estaba sentado en un coche distinto al habitual, en cuyo asiento trasero había una mujer muy bella y muy elegante.

Hebat Jan aparcó el coche un poco más allá y salió de él, y tras él salió aquella mujer. Ambos se acercaron a su casa. Sardar no entendía lo que pasaba.

Si él iba hasta allí desde tan lejos para estar con una mujer, ¿por qué acudía con una mujer bella, joven y vestida con ropa cara?

Justo cuando estaba pensando eso, Hebat entró en la casa con aquella bella mujer llena de alhajas. Ella fue tras ellos, pero ninguno de los dos le prestó la menor atención.

Cuando entró, estaban sentados junto a Nawab en la cama de matrimonio y reinaba un profundo silencio, un silencio extraño. No obstante, la mujer enjoyada parecía un poco nerviosa, ya que no hacía más que mover una pierna rápidamente.

Sardar se quedó de pie en la puerta. Cuando Hebat, al oír sus pasos, miró hacia ella, esta le saludó, pero él no le respondió, lo cual la irritó mucho.

La mujer dejó de mover la pierna y le dijo a Sardar:

—Ya que hemos venido, prepara algo de comer.

Sardar adoptó la actitud de perfecta anfitriona y dijo:

—Dime qué es lo que queréis, que ahora mismo lo preparo.

Aquella mujer, cuyo aspecto dejaba traslucir su carácter decidido, le dijo a Sardar:

—Pues vete a la cocina, enciende el fogón y… ¿tienes un caldero grande en casa?

—Sí —dijo ella moviendo su pesada cabeza.

—Entonces, vete lavándolo bien, que ahora voy yo.

La mujer se levantó de la cama y comenzó a contemplar el gramófono.

Ella, con tono de disculpa, le dijo:

—Aquí no tenemos carne ni nada de eso.

La mujer, mientras colocaba la aguja sobre uno de los discos, le dijo:

—La tendremos. Tú haz lo que te he dicho, y asegúrate de que haya un buen fuego.

Tras escuchar estas órdenes, Sardar se marchó, y entonces aquella elegante mujer se dirigió sonriendo a la muchacha:

—Nawab, te hemos traído unas pulseras de oro.

Tras decir eso, abrió su bolso y sacó unas pulseras bastante pesadas y bellas envueltas en un papel fino rojo.

Nawab estaba sentada en silencio mirando a Hebat Jan. Echó una mirada a las pulseras, y con gran dulzura y delicadeza, pero con voz dolida, le preguntó señalando a la mujer:

—Jan, ¿quién es esta mujer?

La mujer, jugando con las pulseras, dijo:

—¿Que quién soy? Soy la hermana de Hebat Jan. —Y tras decir eso miró a Hebat, que se sobresaltó un poco. A continuación le dijo a Nawab—: Me llamo Halakat.

Nawab no entendía nada, pero le asustaba la mirada de aquella mujer bella pero aterradoramente directa. Parecía como si lanzara fuego.

La mujer se acercó a la atemorizada muchacha, la sujetó y, cogiéndole las muñecas, comenzó a ponerle las pulseras, pero luego la soltó y le dijo a Hebat Jan:

—Tú vete, Hebat Jan, que quiero ataviarla para luego presentártela.

Él estaba desconcertado. Al ver que no se levantaba, aquella mujer, que había dicho llamarse Halakat, le dijo con tono ligeramente brusco:

—¡Vete! ¿Es que no me has oído?

Él salió mirando a Nawab. Estaba muy nervioso y no sabía a dónde ir ni qué hacer.

La cocina estaba en un extremo de la veranda exterior, separada por una cortina. Al salir vio que Sardar ya había encendido el fuego. Sin decirle nada, se marchó al otro lado del juncal. Estaba medio enloquecido, y el menor ruido le aterrorizaba.

Vio a lo lejos un camión que se acercaba, y pensó pararlo y desaparecer de aquel lugar, pero, cuando este pasó a su lado, levantó tal polvareda que desapareció en ella. Lo llamó, pero el polvo le impidió alzar la voz.

Cuando se disipó la nube de polvo, Hebat Jan estaba exánime. Deseaba dirigirse a aquella casa en la cual había pasado tantos días y tantas noches junto a la espontánea Nawab, pero le resultó imposible porque sus pies se negaban a moverse.

Permaneció durante un rato de pie en el camino pensando qué era lo que ocurría. Hacía mucho tiempo que mantenía una relación con aquella mujer que había ido con él. Fue a darle el pésame por la muerte de su marido, que era muy amigo suyo, pero el destino quiso que esa circunstancia diera pie a una relación amorosa. Al día siguiente de la muerte de su marido fue a su casa, y ella lo requirió con tal imperiosidad que se entregó a ella como si fuera su criado.

En cuestiones de mujeres, Hebat Jan era muy inocente. Cuando Shahina le mostró su extraño amor avasallador, se sintió dominado. No tenía la menor duda de que ella tenía mucho dinero, en parte suyo y en parte de su difunto marido, pero a él no le interesaba lo más mínimo su dinero; lo único que le interesaba era ella porque era la primera mujer de su vida. Quizás su absoluta inexperiencia fue la que le hizo someterse a su despotismo.

Se quedó durante un buen rato de pie en el camino, pensando. Finalmente, incapaz de resistir más, regresó y vio que Sardar estaba en la cocina friendo algo. Tras entrar en la casa se dirigió a la habitación de la cama grande, pero se encontró la puerta cerrada. Llamó suavemente.

Al cabo de unos instantes, la puerta se abrió. Lo primero que vio sobre el suelo de tierra fue un montón de sangre por todas partes. Comenzó a temblar. A continuación vio a Shahina junto a la puerta, y ella le dijo:

—¡He acicalado y engalanado a tu Nawab!

Hebat Jan escupió para humedecerse la garganta reseca y le preguntó:

—¿Dónde está?

Ella le respondió:

—Una parte sobre la cama, pero lo mejor está en la cocina.

A pesar de que no entendió lo que había querido decir, se quedó aterrorizado, y fue incapaz de decir nada. Permaneció allí de pie en la entrada, pero se dio cuenta de que el suelo estaba lleno de trozos de carne y de que también había un cuchillo afilado. Vio también que en la cama de matrimonio había alguien tumbado tapado con una sábana empapada de sangre.

Shahina, sonriendo, le dijo:

—¿Quieres que levante la sábana y te la enseñe? Es tu engalanada Nawab. La maquillé yo misma, pero primero vete a comer, que debes de tener mucha hambre. Sardar está preparando una carne muy buena, cuyos pedazos he cortado yo misma.

A Hebat Jan le empezaron a temblar las piernas y gritó:

—Shahina, ¿qué has hecho?

Ella sonrió:

—Pero, mi vida, ¡si no es la primera vez, es la segunda! Mi marido, que Dios lo tenga en su gloria, también me fue infiel, como tú. Yo misma lo maté y cociné su carne, y luego se la di a los cuervos y a los buitres. A ti te quiero, por eso, en tu lugar…

Sin completar la frase, retiró la sábana empapada en sangre. Hebat Jan lanzó un grito que se ahogó en su garganta, y acto seguido, cayó al suelo desmayado.

Cuando recobró el sentido, vio que estaba en el coche con Shahina, que iba al volante, conduciendo por un paraje desconocido.

 

Traducción del urdu de Rocío Moriones Alonso.

• Manto, Saadat Hasan. Diez rupias: historias de la India, Nørdica Libros, España, 2019, pp. 253-268

 

Sadaat Hasan Manto
Nacido en Samrala, India, en 1912 y muerto en Lahore, Pakistán, en 1955, Manto es considerado el más importante cuentista de la literatura en urdu.