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Cuando los animales juegan entre sí hay normas a las que todos deben atenerse. Entre los lobos también existe una regla de oro: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. Seguir este principio requiere empatía y voluntad para dejar de lado las diferencias (tamaño corporal o rango social) mientras dure el juego. Según el biólogo Marc Bekoff, en las especies sociales la selección natural elimina a los tramposos, es decir, a los que no juegan según las reglas estipuladas y aceptadas.

Al jugar los lobeznos aprenden qué es la justicia y la cooperación, qué está permitido y qué no. Experimentan por sí mismos que resultar lesionado es una posibilidad cuando no se respetan las reglas, y que el compañero pierde interés en el juego cuando éste se vuelve demasiado duro y despiadado. Una característica importante del juego es el autocontrol. Con el juego los animales jóvenes aprenden, por ejemplo, hasta qué punto se les permite morder. Los lobos adultos pueden desarrollar una fuerza de mordida de 150 kilonewtons, es decir, 1.5 toneladas por centímetro cuadrado. Esta fuerza de mordida es el doble de la de un perro normal, razón suficiente para dosificar esa fuerza.

Una base importante para el juego es la buena disposición de los adultos, especialmente de los animales de alto rango, para asumir el papel de “subordinados” y dejarse tumbar de espaldas. Es decir, para un cambio de papeles. Sé de un lobo de ocho años, que es una edad madura, al que le encantaban la paz y la tranquilidad, pero aun así le gustaba jugar con su hijo e incluso lo dejaba ganar. El jovencito le tiraba del cuello, le daba patadas en las piernas y lo tiraba por el suelo. Luego se montaba sobre el padre con energía. Éste último se liberaba sólo para dejarse arrojar al suelo poco después. Así el lobo joven aprendía en qué consiste luchar y derrotar a un lobo grande y fuerte.

Entre los lobos de Yellowstone hay un juego muy popular: romper el hielo de un lago o un río. Los lobos se sitúan sobre un lago recién congelado y van saltando sobre sus patas delanteras por encima del hielo hasta que se resquebraja. O también les gusta deslizarse en grupo sobre la superficie congelada, en una mezcla de patinaje artístico y coches chocadores. Unos cuantos lobos jóvenes corren sobre el hielo, se empujan unos a otros, chocan, saltan sobre los demás y siguen deslizándose hasta recuperar el control de sus patas. Y vuelta a empezar.

El juego del escondite también parece muy divertido para toda la familia de lobos. Uno de ellos se esconde en algún hueco o detrás de un montículo. Mira con disimulo hacia fuera para ver qué está haciendo el otro jugador, y de inmediato se vuelve a agachar. El otro busca (o finge buscar) y en cuanto se acerca al lobo escondido, éste da un brinco y lo “asusta”. Empieza entonces una persecución desenfrenada.

Los lobos también saben entretenerse solos. Un invierno vi a una loba que, por lo visto, estaba aburrida. De repente, empezó a recoger piñas de abeto directamente del árbol. Se levantó sobre las patas traseras y se estiró hacia arriba hasta que pudo tirar de las piñas. Luego las fue lanzando al aire como si fueran pelotas de ping-pong, las recogía o las dejaba rodar para deslizarse tras ellas. La necesidad de juego nos hace inventivos.

Fuente: Elli H. Radinger, La sabiduría de los lobos. Traducción de Lourdes Bigorra Cervello. Urano, Madrid, 2018.