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Un artista hizo filosofía política en las paredes. Ningún texto ha desarrollado de manera tan elocuente y tan viva el ideal del autogobierno como lo hacen los famosos frescos de Ambrogio Lorenzetti en la Sala de los Nueve del Palacio Comunal de Siena. En los muros de ese pequeño recinto se despliegan los más altos ideales del humanismo cívico. La virtud de la república pintada en una pared contrasta con los horrores de la tiranía representada en la otra. Esos frescos que Lorenzetti pintó entre 1338 y 1340 eran cátedra abierta para ciudadanos y gobernantes. En uno de los muros, por si hiciera falta, una inscripción:

Tornad la vista, los que gobernáis,
para admirar a la que aquí se representa.

Lección de las virtudes que habría que cultivar para mantener la república. Advertencia de los peligros que acechaban a la ciudad. A Quentin Skinner, el gran historiador de Cambridge, debemos la lectura más atenta de las imágenes de Siena. Nadie como él se ha detenido en los emblemas y en los símbolos que retacan de significado las paredes del palacio. El pensamiento se hace imagen, un programa político encuentra alegoría. Se hace visible ahí un entendimiento de los ideales, los fundamentos y los enseres de la república. En los frescos se resalta la figuración de lo abstracto. La Paz, la Prudencia, la Magnanimidad, la Templanza, la Justicia, la Sabiduría adquieren cuerpo. El pincel da forma a esas ideas solemnes. Metáfora, su vestimenta y los objetos que sujetan las figuras femeninas; símbolo, su gesto y su mirada. Pero el artista de las alegorías acompaña la representación de las abstracciones con escenas de un realismo extraordinario. Lo vio con especial claridad el historiador Patrick Boucheron en un ensayo admirable. Los frescos son la muestra más ilustre de la alegoría política. No se retratan en el palacio comunal personajes concretos sino ideales, no hay tampoco pasajes históricos sino metáforas. Pero el contrapunto de esas alegorías son los retratos de la vida, las ilustraciones de la actividad cotidiana bajo los gobiernos de la virtud o el imperio de la furia.

Ilustración: José María Martínez

Boucheron recoge la imagen que, de aquellos frescos de Lorenzetti, mantenía Bernardino de Siena en su memoria. En el recuerdo de aquel predicador no destacaban la mirada bizca del tirano ni la apacible majestad de la concordia, sino los pasajes de realidad que acompañaban ese enorme lienzo de alegorías. La invención del pintor registraba el efecto del régimen y eso era, para Bernardino, lo más importante del cuadro. La política no es abstracción, es consecuencia. Ahí está la gran fuerza de persuasión de Lorenzetti: la república alienta movimiento, música, comercio, placer. La tiranía provoca muerte y destrucción. “Al dirigir la vista hacia la Paz, decía Bernardino, veo mercaderes ir y venir. Veo personas que bailan, que reparan casas, que trabajan las viñas y las tierras, que siembran, mientras que otros salen a caballo para ir a los balnearios. Veo muchachas ir a una boda, grandes rebaños de carneros y muchas otras cosas. (…) Al contrario, si dirijo la mirada al otro lado, no veo negocio ni baile, sino únicamente a hombres que matan a otros hombres; no están las casas reparadas, sino demolidas y entregadas a las llamas, y los campos ya no se labran; cortadas están las viñas, nadie siembra, nadie va a los baños y no hay placer que consentirse. No veo nada, salvo que la ciudad se vacía. ¡Ah, mujeres! ¡Ah, hombres! Asesinado el hombre, violentada la mujer, ningún rebaño que no sea un botín, hombres que se entrematan, derribada la justicia, rotos los platillos de la balanza, atados pies y manos. Y todas las cosas que se hacen se hacen con miedo”.

Los frescos de Lorenzetti son ilustración del ideal y del efecto, la pareja esencial de la política.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.