El 10 de mayo de 1793 leyó Robespierre, en la Convención, uno de los discursos fundamentales para definir la revolución —la suya, en todo caso. La situación era vidriosa porque tenía que explicar la revolución como programa cuando ya estaba en el poder, cuando se había ejecutado al rey y gobernaba el Comité de Salvación Pública.
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