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El 10 de mayo de 1793 leyó Robespierre, en la Convención, uno de los discursos fundamentales para definir la revolución —la suya, en todo caso. La situación era vidriosa porque tenía que explicar la revolución como programa cuando ya estaba en el poder, cuando se había ejecutado al rey y gobernaba el Comité de Salvación Pública. Es decir, tenía que representar el ejercicio del poder como resistencia contra el poder, y explicar que gobernar para el pueblo francés significaba perseguir, aniquilar a una parte de los franceses: tenía que explicar la guillotina.

Ilustración: Estelí Meza

La clave del discurso está en su simplicidad, que lo hace infinitamente plástico: es un texto de estructura muy elemental, que se organiza como elaboración profética de la historia. En primer lugar, como fundamento de todo lo demás, hay una oposición de valor absoluto que separa al presente de todo el pasado. Se trata de hacer de la revolución el eje de la historia para imponer como un hecho la idea de que el presente es un nuevo comienzo. El pasado se proyecta hacia el inicio de los tiempos como un único horror, que se describe con un dramatismo casi infantil: “Recorred la historia, veréis en todas partes a los magistrados oprimir al pueblo, al gobierno devorar la soberanía”. Frente a eso, el presente es ya el futuro, tan sólo porque rompe con el pasado —e inaugura otro tiempo.

De ahí se desprende un programa perfectamente claro: “Para cumplir con vuestra misión, tenéis que hacer precisamente todo lo contrario de lo que se ha hecho antes”. La destrucción no necesita explicarse, se impone como una necesidad lógica. El hecho de que algo exista es razón bastante para eliminarlo. En particular, por supuesto, todas las instituciones, las prácticas, las manifestaciones del gobierno, que es el origen de todos los males.

El relato tenía un problema: el presente era mayo de 1793. Es decir, que el tiempo nuevo había comenzado cuatro años atrás, pero lo que había no era la alegría de la humanidad reconciliada, sino la guerra, el hambre, el terror. Y Robespierre no proponía otra cosa. “Se habla mucho de anarquía desde que se produjo la revolución del 14 de julio de 1789… pero la enfermedad de los cuerpos políticos no es la anarquía, sino el despotismo”, y se diga lo que se diga, sólo a partir de entonces tenemos leyes: “Los problemas no son otra cosa que las últimas convulsiones de la monarquía agonizante”. El argumento está implícito en la lectura profética: no es sólo que el pasado haya sido el imperio del mal, sino que todo mal es siempre la reaparición del pasado. El tiempo nuevo sólo puede ser feliz.

Ahora bien, si todo el pasado de la humanidad ha sido un error, hace falta explicar cómo sería posible otra cosa, sobre todo hace falta que el mal obedezca a una causa contingente: “El despotismo ha producido la corrupción de las costumbres, y la corrupción de las costumbres ha sostenido al despotismo”. Y ahí están las razones de la esperanza y del terror: “El trabajo, la medianía, la pobreza, son los guardianes de la virtud”, porque los débiles sólo quieren la justicia, pero “los poderosos quieren elevarse por encima de las leyes”. Como prueba, los generosos sacrificios de los indigentes frente a la vergonzosa avaricia de los ricos, la sublime devoción de los soldados y las traiciones infames de los generales, el valor invencible y magnánimo del pueblo, y el egoísmo cobarde, la odiosa perfidia de los mandatarios. Por eso en el presente (que es el futuro) reinará la virtud, pero siempre podría volver el mal. “Tened presente esta máxima incontestable: el pueblo es bueno, sus delegados son corruptibles”. Para eso está la guillotina.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo