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Mi hermana tenía 18 años, una cintura pequeña, unos hombros delgados y altivos, una espalda como la seda. Por encima de todo eso, una cabeza lúcida y lúdica guiándola a un baile lleno de promesas. Ahora que la recuerdo me pregunto de dónde habrá sacado el atuendo rojo que la acompañaba a bajar las escaleras cuando mi mamá la vio salir. Era un vestido sin más pliegues que la falda y con un escote que dejaba fuera la piel de media columna vertebral. La belleza de la sencillez acompañando a otra belleza. “¡Verónica!”, le dijo nuestra mamá, “así como vas vestida ¿qué dejas para el matrimonio?”.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Atesoro este recuerdo y cuando se aparece vuelvo a sonreír como si acabara de forjarlo. Me conmueven las dos. Eran tan jóvenes. Si Verónica tenía 17, mi mamá tenía 42. Ahora le llevo casi treinta a la mujer de entonces.

Yo no estaba para bailes esa noche. Tenía en la frente la contrariedad de algún estupefacto desamor y me había sentado en la banquita a un lado del mueble en que reinaba el teléfono. Por esos años los teléfonos, en efecto, reinaban en el centro de las casas.

No creo que estuviera yo triste, pero los bailes requerían mucho esfuerzo, eran para gozarse y el gozo no estaba siendo lo mío. Tampoco la pena. La intensidad con que muy pronto me daría por vivir, aún no era una dádiva.

Verónica desapareció tras pisar el último escalón. Al día siguiente yo fui a votar por primera vez. Sin flojera pero sin apuro. Acompañando a mis papás en un deber que casi nadie cumplía, supe que lo correcto era elegir a un señor con cara de buena persona apellidado González Morfín. Ellos no eran panistas, tenían poco tiempo para una militancia que no fuera mantener con bien a sus cinco hijos, pero tenían bajo el silencio la certeza de que no podía haber peor gobierno que el que había. Y votaban en contra sólo para dejar constancia de que lo sabían, no porque pensaran que su voto iba a evitar que gobernara quien gobernaría los siguientes seis años.

La casilla estaba instalada en las calles de atrás de nuestra casa, por el lado donde vivía gente más pobre, en la puerta de una vecindad angosta. Eran esos largos tiempos en que las elecciones las organizaba la Secretaría de Gobernación, hasta hacía no mucho presidida por quien pronto iba a ser el presidente. Yo taché mi boleta sin más en el entresijo, contenta de darle gusto a la pareja que hacían mis progenitores, como si anticipara que muy pronto no haría más que darles disgustos. Ni cinco meses más tarde inventamos lo que ya he contado, irnos a un baile de sol a sol en la cenicienta pero promisoria Ciudad de México. Misma en la que desde entonces voto, como aprendí a hacerlo junto a mi casa, siempre por la minoría. Sea quien sea que la detente.

Así es como es. Recuerdo en desorden.

El señor Varela hacía zapatillas de ballet. Mi mamá tenía una pequeña academia en la que ella era la única maestra. Y yo tenía unos pies que hasta la fecha devastan los zapatos. Dejaba yo delgadas y brillantes las suelas de unos escarpines que en principio eran tiesos, aunque se pretendieran flexibles, con los que bailábamos todas las tardes. Entonces íbamos donde el señor Varela para encargarle unos nuevos. No había tallas, él medía los pies y luego los comparaba con unas hormas sobre las que cosía y pegaba lo que alguna vez estaría listo sólo para esa clienta. Todo era viejo en esa tiendita, pero todo olía a nuevo como la piel barata extendida en pliegos sobre el mostrador. Sólo había tres colores. Los negros eran los más comunes y negros serían los míos cuando por fin nos los entregara el señor Varela. Artista él, nunca nombrado zapatero, porque no era un remendón, era, y para mí sigue siendo, la única persona sobre la superficie del universo conocido capaz de hacer un zapato.

No sé por qué vino a mí la estampa de aquel hombre delgado como un espíritu cuya sentencia guardé una tarde y ahora cada vez encuentro más adecuada. En balde habíamos hecho el viaje hasta su tienda, no estaba listo nuestro pedido. “Se me durmió el gallo”, dijo aquel dueño de unas ojeras hechas de pliegues oscuros. Gran texto: “Se me durmió el gallo”. Gran pretexto. Contra eso, ¿qué? Yo uso la frase con más frecuencia de lo que nadie puede saber, me la digo casi a diario. Los gallos se duermen, no todos son como uno que hay en Chetumal viviendo en el patio de una cantina llamada El mar Caribe, muy cerca del pequeño hotel en el que pasábamos las nocheviejas antes de la pandemia. Ése es un gallo insomne. Canta desde las tres de la mañana y sigue cantando a las nueve y media. Es un gallo sin horario, lo mismo que yo. Y con la mente hecha un caos. ¿Cómo llegué a Chetumal? Ya. Por los gallos. Pero también porque nunca me voy del todo. Hay lugares que se le pegan a uno. Debería decir una, pero sigo en litigio con esto del género en los pronombres. Me siento impostada cuando uso “una” para decir uno. Hasta hace poco escribía sin pensarlo, como si cantara el tango: uno va arrastrándose, uno recuerda, uno se enamora, uno siente feo, uno está triste, uno quiere bailar. Y el pronombre no tenía género: “Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia”. Según yo, con el uno Serrat se refería a él y a mí y a cualquiera. Pero ahora estamos dirimiendo los problemas con el idioma. ¿Le pondremos un @ a la canción? Me niego. ¿Para caber todos y todas? O diremos une. Une se cree que… Se oye horrible. Ya sé que esto lo dirimimos a diario, pero vuelvo sobre el asunto aquí donde aún es posible permitirse una opinión. ¿Por qué no dejar que también el idioma haga su baile? Y cada quien. Yo diré uno para decir yo, como se hacía en mi remota infancia. A uno se le duerme el gallo, diría el señor Varela y digo yo siglos después. Aunque, ¿cómo se puede decir uno, para referise a una, en un tiempo en el que las zapatillas de ballet son suaves y las hacen en China o en Rumanía, nunca en la 18 Sur, donde el gallo del señor Varela se durmió para siempre?

Recuerdo a saltos.

Traigo conmigo el caos como un enigma más. Voy preguntándome y olvidando, leyendo y olvidándome. ¿Cómo pasé yo de joven promesa a maestra? No sé. Lo mismo que pasaron treinta y cinco años desde que se publicó la primera edición de un libro mío hasta este año que ha empezado enloquecido y tiende a seguir estándolo. Ya todo pasó hace mucho tiempo. Todo menos lo que aún ahora es esencial. La música, sin duda, bailar, sin remedio.

Sigo usando los mismos zapatos con que empecé el 2020 que eran ya los del 2018. Son unos tenis gris plata que se han ido volviendo gris mugre. Ahí traigo los pies con los que aún no voy a ninguna parte. Pero con los que cruzo el patio cuando quiero sentir que hago un viaje.

Han regresado los pájaros. Y he pasado la mañana vagando por los periódicos. Mentira que uno llora la pena ajena como si fuera de uno. La acompaña, pero no sirve de nada. Aunque quite el sueño y merme la fe en los zapatos y el baile.

A una mujer le matan al marido; a una hija a su padre. A un tumulto lo arrasa la desmemoria. Destruimos. Leo las noticias, las oigo: espantan. ¿Será por eso que anda conmigo el caos y recuerdo en desorden? ¿O será porque así es? Y ni remedio.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos

 

9 comentarios en “Así es como es

  1. «Vagar por los periódicos» es asegurarse el desánimo. Lástima de que no seamos capaces de quedarnos solo con la música y la literatura.

  2. Perdóname, Arcángeles querida, pero no puedo aceptar esta frase de la nueva entrega de tu blog: «Sigo en litigio con esto del género en los pronombres. Me siento impostada cuando uso “una” para decir uno. Hasta hace poco escribía sin pensarlo, como si cantara el tango: uno va arrastrándose, uno recuerda, uno se enamora, uno siente feo, uno está triste, uno quiere bailar. Y el pronombre no tenía género». Ese pronombre sí tiene género. Recuerda el final de la letra del tango: «Si olvidara a la que ayer lo destrozó y… pudiera amarte.. me abrazaría a tu ilusión para llorar tu amor… […] Pura como sos, habrías salvado mi esperanza con tu amor…» Es evidente de toda evidencia que quien canta es un varón y habla de dos mujeres: la que le destrozó el corazón y la que le podría haber salvado la esperanza con su amor. Vale.

  3. Maestra: Qué deleite es leerla y mas en estos tiempos de encierro, primero, por la vejez y segundo, por la pandemia qué, hasta ahorita, nos ha hecho lo que el aire a Juárez. Un fuerte abrazo. Vale.

  4. «… la certeza de que no podía haber peor gobierno que el que había» – Testimonio cívico de quienes no perdieron la fe en que podemos estar mejor algún día, no necesariamente hoy pero ciertamente algún mañana, y que acuden a votar solidarios con la esperanza de que más tarde que temprano la verdad y el bien prevalecerán, y que sin querer, resulta un homenaje alusivo a un posible significado del apellido Mastretta… Y es consolador pensar que existan muchos Mexicanos así, que no votan por el dogma del aquí y ahora, sino por el principio de la esperanza del avance del bien. Gracias de nuevo, Maestra de esperanzador apellido.

  5. Me has permitido disfrutar de un relato cautivador. El uso del hilo conductor lo has logrado sin aparente esfuerzo. Vinculando el baile, tu frustración, el ejercicio del voto con la trayectoria del artista de tus zapatos de ballet. Simplemente extraordinario, dando así valor a la presencia constante de ciertos objetos en nuestra vida, tus zapatillas de ballet. Has escrito haciéndole honor a tu nombre, como un ángel, no sé cómo escriben ellos, pero presumo como lo has hecho tú, con esa sensibilidad para dar credito al artista de tus zapatos de ballet. Voy a dedicar tiempo a leer tus libros. Gracias, Cassie desde Dallas, TX