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Cuando el antropólogo Benedict Anderson comenzó a dar clases en la Universidad de Cornell, a fines de los años cincuenta, escuchó de sus mayores que la academia era un asunto muy serio. La universidad era un monasterio que no admitía frivolidades. Rigor y disciplina. Encierro en los silencios de la biblioteca y prédica en el salón de clase. La invitación al retiro que le hacían los viejos profesores le parecía una tortura. Ahora entiendo, dijo, lo que deben haber sentido las mujeres chinas a las que les vendaban los pies para evitar que crecieran naturalmente. No atendió el consejo. Fue profesor que cometió el pecado académico de vivir una vida interesante. ¿Cuántos podrían escribir memorias tan fascinantes como las que publicó el último año del siglo, poco tiempo antes de morir? Una vida más allá de las fronteras, la tituló. Resistió también el consejo de su madre que deseaba para él la diplomacia. Fue un aventurero. Su obra es una constante invitación al viaje, a las lenguas, a los recuerdos, a la literatura y, sobre todo, a la imaginación.

Ilustración: José María Martínez

Su libro clásico sobre la nación detecta la ceguera común del liberalismo y del marxismo. Ninguno fue capaz de comprender el poder de la nación. Por ello no se esforzaron siquiera en nombrarla y darle alguna precisión a la palabra. Fue eso lo que hizo Anderson al detectar que las naciones son criaturas de la imaginación. Son, de alguna manera, un producto literario. Las novelas cultivaron un nuevo nosotros, un nosotros vivo, eterno y anónimo. Al imprimir a diario sus periódicos, las rotativas parieron a la nación. Sembraron en la fantasía de cada lector la idea de que, al leer las noticias por la mañana, participaba de una ceremonia que incluía a todos los integrantes de la nacionalidad. Lectura de comunión. Gracias a los diarios y a la ficción vivimos el mismo tiempo y compartimos destino. La nación, descubre Anderson, es una comunidad imaginada. Imaginada porque, aunque no conozcamos a todos los que integran esa comunidad, los creemos parte nuestra. La imaginación nos hace parientes. Porque, aunque prevalezcan desigualdades, la concebimos como una camaradería profunda y horizontal. Las tumbas al soldado desconocido son, por eso, el máximo símbolo de la imaginación nacional: nadie sabe qué huesos se veneran porque podrían haber sido los de cualquiera de nosotros.

Un periodista y poeta inglés, un hombre enamorado de la arquitectura y con gracia de humorista, ofrece una pista complementaria a la imaginación en la que Anderson confía para tejer la fibra de la nacionalidad. Es una pista más olfativa que visual, relevante, sobre todo, por lo que aleja de nosotros. John Betjeman, un discípulo de T. S. Eliot que cultivó un verso ligero que escribía en los vagones del tren, puso en nombre de una mujer de guante otra idea de nación. La mujer a la que daba voz veía también a la nación inglesa en los libros que prestan las bibliotecas públicas y en las tumbas de los héroes, pero ubicaba otra fuente, oculta pero crucial.

Think of what our nation stands for

Democracy and proper drains.

Democracia y buen drenaje. ¿No acierta esa línea casual al advertir la otra tecnología de la nacionalidad? Democracia y alcantarillas. Voto y desagüe. Voces que se escuchan y pestes que se ahuyentan. Ahí, entre la fantasía y la infraestructura, se teje la nación. Necesita del desazolve tanto como del mito. La fraternidad, para imaginarse, ha de cimentarse en la experiencia de ese cuidado mutuo que fluye bajo nuestras casas. La familia imaginaria de la que habla Anderson se teje con cuentos y cañerías. Con lecturas que activan la fábula del origen, y esa subterránea ingeniería que cuida la salud pública.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.

 

Un comentario en “Plomería de la imaginación

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