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A principios del siglo XVIII el alquimista Johann Böttger busca la piedra filosofal: la receta para hacer oro. Federico I de Prusia se interesa y esto lleva a Böttger a huir rumbo a Sajonia, donde Augusto el Fuerte sin demora lo pone en la cárcel y le prodiga todo lo necesario para sus experimentos. Pero lo que al fin obsesiona a Böttger es el “oro blanco”, las porcelanas del Oriente asiático que Augusto amaba (Augusto confesó que padecía “enfermedad de porcelana”) y que se habían vuelto un símbolo de estatus entre los gobernantes de Europa: Felipe II de España amasó unas 3000 piezas; Isabel I tenía una abundante colección de porcelanas blancas y azules (saqueada a las naves españolas por sir Francis Drake); los Médici coleccionaban y exhibían porcelanas lo mismo que los príncipes germanos. Sajonia, con sus largas tradiciones de minería, fabricación de vidrio y alquimia, tenía artesanos expertos en trabajar a altas temperaturas; contaba también con los materiales crudos: arcilla de caolín y madera. Lograr la mezcla adecuada era un proceso difícil, costoso y con fracasos. Augusto estaba dispuesto a pagar el precio: su “enfermedad” tenía que ver con el prestigio, no con las ganancias, aunque cuando Böttger lo logra y sus hornos empiezan a producir imitaciones de las piezas en la colección real, Augusto dejó de invertir las vastas sumas que gastaba en importar porcelanas. El Tesoro es feliz. Böttger y sus operaciones se trasladan a Meissen. Una industria ha nacido.

Fuente: TLS, enero 21, 2021.

Johann Böttger

 

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