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El voto no es simplemente un pedal de premios y castigos. Una ficha de contratación o una sentencia de desahucio. Así nos lo ha pintado la doctrina que reduce la democracia a una tecnología selectiva: el utensilio para el escarmiento de los malos gobiernos. Votar para librarnos de incompetentes. El sufragio, sin duda, pretende servir de correctivo, pero no es sólo eso lo que convoca a los votantes a la ceremonia electoral. El mensaje que proyecta trasciende esa lógica instrumental. El voto es también una carta de pertenencia.

Ilustración: José María Martínez

Los proyectistas de la racionalidad se han roto la cabeza para entender el impulso del votante. ¿Qué nos impulsa a votar? ¿Hay algo más absurdo que eso? ¿Alguien cree que su intervención definirá la suerte de la elección? ¿Qué lleva a un ciudadano a formarse en una fila para expresar su decisión en un papel que deposita en una urna y se diluye en miles o en millones de papeles? Hay una extraña credulidad de homeópata en la intervención del elector. ¿Qué lo lleva a discutir sobre las opciones electorales y a informarse de las campañas si sabe bien que la probabilidad de que su voto resulte decisorio es prácticamente nula? Es más probable que al salir de casa, en camino al centro de votación, el elector sufra un accidente y muera a que dé el voto decisivo para la victoria de su candidato. Hay algo, desde luego, que rebasa la lógica instrumental. La participación en una ceremonia, la intervención en un ritual comunitario.

Mísero detalle técnico, lo llama Ortega y Gasset. Una tuerca pequeña de la que depende el funcionamiento de toda la maquinaria democrática. Una simpleza aritmética para echar a andar un complejísimo artefacto. Todo lo demás, decía el filósofo español en su ensayo más conocido, termina siendo secundario. Con esa descripción, Ortega y Gasset mordía el anzuelo que hemos mordido tantas veces y que nombramos modernidad: la idea de que la política es —y es solamente— una obra de ingeniería. Que la democracia, como la maquinaria de la modernidad, es un artefacto inteligente que se repara a sí mismo, una eficiente procesadora de intereses y decisiones, un artefacto que repara cotidianamente sus averías.

Mirar la política y, en especial, la política democrática con ese lente nos ciega a su dimensión simbólica. Nos impide apreciar el imán de las identificaciones, ese deseo de encontrar en el gobierno un espejo y no sólo un desarmador. El personaje que se contrata para conformar gobierno no es evaluado simplemente por los resultados de su intervención, sino por los atributos que el elector imagina en él. Al votar, el elector no acciona una palanca: se inserta en un mundo de identificaciones, se afilia instantáneamente a una parcialidad, elige un lado de la cancha. Más que definir gobierno, se define a sí mismo. Por eso no resulta tan extraño que se respalde a quien, al mismo tiempo, se reprueba. Si el plomero nos genera confianza, si preferimos su compañía a la de las alternativas, si nos resulta familiar y cercano es probable que volvamos a contratarlo, a pesar de que no repare la cañería. Será un mal plomero, pero es mi plomero.

Walter Bagehot, el economista que estudió los mecanismos del poder en Inglaterra, vio mucho más que tuercas y tornillos en ese sedimento de tradiciones que es la constitución inglesa. En las instituciones constitucionales había, desde luego, facultades y poderes que configuraban el principio de su eficiencia. Pero también había ritos y ceremonias que cultivaban un misterio. Detrás de todo artilugio político está el enigma de la adhesión. El voto, que se ha pensado como el simple percutor del mecanismo democrático es, en el fondo, un ritual, una ceremonia de pertenencia.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.

 

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