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He leído con avidez y placer El infinito en un junco (Ediciones Siruela), un libro que se recorre como parte de un hechizo. Quien escribió e hizo la cuidadosa y emocionante investigación es una mujer creativa, tenaz, inteligente y de escritura cálida. Se llama Irene Vallejo.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Nacida en Zaragoza, España, apenas en 1979, ella escribe al mismo tiempo desde la erudición y el conocimiento preciso del mundo y los seres humanos, del poder, la maldad, la intrínseca sabiduría de cada personaje y de su época.

Para quien narra, el tiempo se entreteje con nobleza a la emoción de cada siglo y desde ahí ella mira con naturalidad hacia los lados y hacia el futuro sin mayor trámite. No sólo en el mismo capítulo, sino muchas veces en un mismo párrafo. Del destierro de Ovidio a la cárcel de Oscar Wilde pueden pasar diez líneas. Porque estos dos hombres enfrentaron su tiempo como si hubieran sabido que la rebeldía y el castigo pueden fortalecer y crear libros clásicos.

De ahí, en otras dos páginas, Irene pasa a deliberar sobre Borges y el internet como otra gran y caótica biblioteca de Babel. Hace, de este ir y venir con el que cuenta, un compromiso con la literatura y crea una suerte de ficción tramada con verdades. Poco se agradece tanto como este desafío.

Al paso, pero con un orden que nunca pierde rigor y al tiempo concede el juego y la imaginación, va del Egipto del siglo I y la Roma del siglo III a la Europa del siglo XX. Y mientras acompaña las guerras de Alejando Magno, nos lleva por países que entonces se llamaban de un modo y ahora se llaman de otro, de los que sabemos o no, pero en los que reconocemos un pasado que llevamos en los huesos y un presente que sigue en guerra contra sí mismo. Oriente Medio nunca ha dejado de ser un campo de batalla, pensamos mientras Alejandro galopa haciendo tropelías, crucificando enemigos, abrazando con ardor su ejemplar de la Ilíada y los conocimientos de su maestro Aristóteles. Un monstruo tan temible como admirado, que siglos y siglos después de su muerte sigue entre nosotros, heredó en su tiempo reinos divididos, pero inmensos y poderosos. Me entero por esta Vallejo —que ha puesto en su árbol genealógico a César porque sus padres se conocieron dándose versos suyos— de que el primero en la dinastía de los Ptolomeos egipcios era un griego. El gran amigo de Alejandro, acusado como otros tantos y otras veces, de haberlo asesinado. Fue él quien puso en el deber de sus sucesores la búsqueda de libros con los que crear y enriquecer la biblioteca de Alejandría, la ciudad más importante de cuantas llevaron el nombre del ávido guerrero que vivió buscando el sitio en donde terminaba el mundo, movido por la ilusión de saber si al final, el mar caería por un precipicio eterno.

A propósito de los libros, de los primeros y los recientes, pero siempre esenciales, El infinito en un junco entera, a quienes no somos ni filólogos ni historiadores, de cómo se creó esta prodigiosa ciudad, de cuándo y en qué derruidas circunstancias se perdió la única biblioteca que alguna vez ha tenido o creído guardar todos los libros que en ese mundo fueron. Luego, de su mano, vamos al poeta Cavafis y a Lawrence Durrell hablando de la Alejandría del siglo XX a la que tanto veneraban y que tan bien contaron. De ahí a la descripción emocionada de la actual, la hermosa y extraordinaria biblioteca de Alejandría.

Desde la piedra, la arcilla, las tabletas, el papiro, los rollos de junco que iban guardando como secretos las mujeres romanas —tomados de entre lo que sus maridos guardaban como los únicos tesoros que pudieron llevarse al encierro en la caída del Imperio—, nos traslada a la descripción cuidadosa de cómo los libros fueron cambiando junto con el mundo que a veces los quemaba y a veces los cubría de lujo. La persecución intermitente pero sin fin de los escritores y los libreros la cuenta pasando por todas las épocas. Desde el principio de los tiempos hasta la actualidad. Muchas cosas me sorprendieron mientras leía este raro ensayo prendido de la ficción. Cosas como que fue el rey de Nápoles, luego Carlos III de España, quien permitió en el siglo XVIII las excavaciones que llevaron a descubrir Pompeya provocando con la visión de otra vida remota, pero asible, el deseo de recuperar o conocer otros modos de existir buscándolos en lugares a los que había que viajar. Quizás de ahí viene, discurre, la inclinación contemporánea a andar en pos de otros paisajes.

Ir y venir sin perder ni la estirpe ni el destino es la clave de este libro. Por eso pasamos con naturalidad de las alianzas políticas y sexuales de Cleopatra, la primera soberana de Egipto que aprendió a hablar la lengua del país que gobernaba —y del cual salían al mundo los libros enrollados que se hacían pegando las tiras de junco, debidamente cuidadas—, a las prohibiciones que sujetaban a las mujeres de la antigüedad de tal modo que sólo tenían el privilegio de aprender a leer con el debido permiso de sus maridos y para adquirir conocimientos que nada más podían usar en la educación de sus hijos, ni siquiera para ponerlos sobre la mesa en una conversación social sin ser vistas como unas atrevidas que debían avergonzarse de su saber, temiendo que les sucediera lo que a la diosa del silencio llamada Tácita Muda, una ninfa parlanchina a la que Júpiter le cortó la lengua.

A pesar de todo, se sabe que algunas de ellas consiguieron que sus palabras y su poesía se insertaran entre los libros de los hombres que sí publicaban. “Añicos de voces femeninas” se llama la conmovedora entrada en la que conocemos a Sulpicia, una joven romana independiente, rica y culta que vivió en el siglo del emperador Augusto, el mismo que primero encumbró a Ovidio y luego lo desterró por escribir un libro en el que se atrevía a decir que las mujeres tenían derecho al placer y que con quienes lo sabían se estaba mejor que con las jóvenes inexpertas. Sulpicia, viviendo en un mundo arduo y jerárquico, no todavía tan lejano, se atrevió a hablar de su derecho al amor, y para decirlo creó los únicos poemas escritos por una mujer que han llegado hasta nosotros. Libertad y placer osó pedir la joven. Seis poemas, cuarenta versos en total. Vallejo traduce libremente de otra traducción: “Fuimos la una digna del otro,/ que se diga eso./ Y la que no tenga su historia/ que cuente la mía”. Al imaginar con razón que Sulpicia fue separada por su medio de aquel amor que no convenía a su familia y se quedó atada a un matrimonio por conveniencia, perdiendo una vida de la que sólo le quedaron recuerdos y poemas, Vallejo pone un guion y salta: —“Desierta cama y turbio espejo y corazón vacío”, como escribió Machado—.

Es una loca fantástica esta escritora, me dije. Y seguí leyendo para enterarme de que los 40 versos de Sulpicia sólo llegaron al presente insertos entre los poemas de un escritor del círculo de un tío suyo, Tíbulo: hombre poderoso que se rodeaba de poetas y escritores con los que ella trataba. Hoy, tras atentos análisis filológicos, se acepta por casi todos los expertos, que son poemas de ella.

Y de ahí, ¿a dónde vamos? A que un día del año 212 “más de 30 millones de personas se acostaron con una identidad distinta de la que iban a tener al levantarse”, porque el emperador Caracalla decretó que todos los habitantes libres del Imperio, vivieran donde vivieran, tenían la ciudadanía romana. Una decisión revolucionaria de Caracalla, el emperador que construyó las termas, el lugar en donde hace dos años estuvimos oyendo el último concierto de Ennio Morricone, ese músico extraordinario que murió al poco tiempo. Dado mi gusto por el libro de Irene Vallejo no me disculpo con ustedes por esta variación de la memoria que se me da tan lógica.

Vallejo mezcla de modo fascinante la historia de un universo mítico con el presente desde el que lo mira. Construye entonces esta suerte de novela que es su ensayo sobre la invención de los libros en el mundo antiguo.

Me apasionó haber encontrado este libro. Mucho más podría contarles, porque está lleno de hallazgos generosos. No se lo pierdan, es un viaje memorable. Me lo van a agradecer, tanto como yo a mi amiga Kathya, la implacable buscadora de tesoros.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos

 

Un comentario en “Irene Vallejo: la invención de los libros

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