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El 25 de enero de 1980, la PBS transmitió en el programa de Dick Cavett una entrevista con Mary McCarthy. Cavett le preguntó por los escritores que ella juzgaba que estaban sobrevalorados, McCarthy mencionó a Pearl Buck, John Steinbeck, Lillian Hellman. Cavett le preguntó por Hellman: “Cada palabra que escribe es mentira, incluyendo ‘y’ y ‘el’”. La conversación continuó con otros temas. A la semana siguiente, Lillian Hellman presentó contra ambos una demanda por difamación: el pleito duró casi cuatro años.

Ilustración: Estelí Meza

Es un incidente menor, dudoso como casi todos los asuntos en los tribunales. Tiene interés porque se refiere a una serie de fronteras inciertas, seguramente indiscernibles, entre lo público y lo privado, la crítica y el insulto, entre la política y el entretenimiento.

El primer motivo de fricción entre Hellman y McCarthy también tuvo que ver con lo que se puede o no se puede, lo que se debe o no se debe decir. De manera casi accidental, McCarthy se había sumado al Comité para la Defensa de León Trotski (que incluso había enviado una delegación encabezada por John Dewey para entrevistarse con él en Coyoacán, en abril de 1937). Un grupo de escritores, editores, artistas, entre ellos Lillian Hellman, firmó en 1938 una carta abierta exigiendo al Comité que dejase de publicar “propaganda reaccionaria”, que dejase de sembrar la confusión acerca de los procesos de Moscú. Estalinismo en estado puro.

En 1980, McCarthy argumentó que Hellman era una figura pública, y dijo que la expresión, obviamente hiperbólica, correspondía a su oficio como crítica literaria. El juez pensó que las dos cosas debía decidirlas un jurado.

La notoriedad de Lillian Hellman se debía en buena medida a sus libros de memorias. Era sobre todo muy conocida su actividad para ayudar a la resistencia antinazi en Austria, en cuyo relato se basó la película Julia (Jane Fonda y Vanessa Redgrave). Era conocida también su postura desafiante ante el Comité para Actividades Antiamericanas: ofreció responder cualquier pregunta sobre su vida personal, pero advirtió que no iba a denunciar a nadie ni mencionaría ningún nombre. De esa clase de gestos estaba hecha la autoridad moral que tenía en el espacio público.

El problema era que mucho de lo que había en sus memorias era mentira. La historia de “Julia”, por ejemplo: no era una amiga suya de la infancia ni Hellman había hecho nada en Austria, todo el relato era una elaboración tramposa a partir de la vida de Muriel Gardiner. O su intervención ante el Comité del Congreso: es verdad que entregó a los congresistas un texto diciendo eso, pero a diferencia de Arthur Miller, no se atuvo a lo que decía, sino que se acogió a la Quinta Enmienda para no declarar. Aparte de las mentiras, decía McCarthy, los silencios, las omisiones, hacen que sus textos transmitan una imagen fundamentalmente falsa.

En el contexto estaba el poder de los medios de comunicación, su capacidad para fabricar y destruir la reputación de cualquiera, la invasión de la privacidad por parte de la prensa sensacionalista, por parte del gobierno, también la cultura de las celebridades, la resaca del Watergate: la gente, decía McCarthy, está tan acostumbrada a evasiones, eufemismos, circunloquios, a todas las formas de mentir, que no sabría decir la verdad si lo intentara.

Alan Ackerman ha escrito un intenso ensayo sobre el caso: indica, dice, que habían desaparecido las virtudes (moderación, veracidad, empatía) de las que depende la conversación pública. Hoy la celebridad es más asequible, más efímera, los medios son mucho más invasivos, la mentira es la forma estándar de comunicación política y la materia prima de la “autoridad moral” —lo mismo que la difamación. Es un modo de medir lo que hemos perdido.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo

 

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