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El 80 % del territorio mexicano padece actualmente algún grado de sequía. En el caso de Sonora se trata de sequía extrema y excepcional, lo que ameritó que en diciembre de 2020 se declarara estado de desastre natural en 43 municipios. El año pasado, la precipitación pluvial alcanzó los niveles más bajos de las últimas cuatro décadas. Los pastizales no se regeneraron, abundan las fotos de vacas muertas y los pequeños y medianos ganaderos se han visto en la necesidad de subastar miles de animales sanos con tal de no seguir alimentándolos. A principios de mayo se anunció que se había secado el último espejo de agua que quedaba en la presa Abelardo L. Rodríguez en las afueras de Hermosillo. La cantidad de polvo que flota en el aire hace que todo se vea color sepia y los remolinos de arena atraviesan las carreteras.

Ilustración: Raquel Moreno

En su Muqaddimah, un maravilloso tratado de historia, geografía y teoría política escrito en 1377, el pensador árabe Ibn Jaldún elaboró una teoría de la historia fundada en el conflicto entre el desierto y la ciudad. El desierto, dice, es el origen, reserva y destino de toda civilización. En las ciudades, el imperio de la ley y de la autoridad real permiten que se desarrollen formas más sofisticadas de vida y organización social, pero el gusto de los citadinos por los lujos y la protección termina por dividirlos y volverlos vulnerables. Tarde o temprano la ciudad sucumbe ante los nómadas del desierto entre los que impera mayor fortaleza y sentido de pertenencia grupal (assabiyyah). Se ha dicho que el respeto de Ibn Jaldún por los nómadas le venía de su parentesco materno con los bereberes del norte de África pero, sobre todo, de haber sido testigo de la entonces reciente expansión del Imperio mongol en Asia Central.

La apuesta de los colonizadores del norte de México y el suroeste de Estados Unidos fue la contraria: erradicar el nomadismo y domesticar al desierto. La relación de los pueblos y ciudades sonorenses con su ecosistema es casi de odio: se talan mezquites y paloverdes para sustituirlos por ficus traídos del sur de México; “limpiar” un terreno es quitarle toda la vegetación nativa para cubrirlo con pavimento o loza. La elaboración cultural del desierto en estas regiones es inseparable de la mitología del frontier, un horizonte de conquista donde se libra un duelo entre la sed y la fiebre.

En el cine, la literatura y las tradiciones orales del Lejano Oeste, la sed es el signo más claro y constante de la pequeñez humana frente a la naturaleza. El desierto, a diferencia de otros paisajes, se impone siempre de manera impostergable sobre el cuerpo, no pasa nunca a un segundo plano. La sed es el costo de salirse, de atravesar los límites de lo conocido. La fiebre, por su parte, es la fuerza motriz, es la ambición delirante asociada sobre todo con el oro, pero que caracteriza a todas las economías extractivas de frontera. Las historias de auges repentinos, desde el algodón hasta el narcotráfico, crean la sensación de que se está en una tierra abierta, en donde una combinación de suerte y esfuerzo terminan por redituar.

Esa celebración de las proezas de pioneros y aventureros oculta niveles impensables de concentración de los recursos en unas cuantas familias y empresas mineras y agroindustriales. Tan sólo Grupo México acapara el 80 % del agua de todo el estado de Sonora. Lo que estamos viviendo hoy no es el costo natural de vivir en el desierto, que por cierto es uno de los ecosistemas con mayor biodiversidad en el mundo, sino los efectos de un proceso acelerado de desertificación causado directamente por el despojo y la acumulación, y disfrazado en una ideología de frontera.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en Antropología en la Universidad de Columbia.

 

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