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En su novela El corazón helado (Tusquets, 2007), Almudena Grandes construye un personaje acomodaticio, pragmático, amoral, pero sagaz, capaz de ver lo que otros no ven o de ver más allá de quienes se quedan en la superficie.

Ilustración: Alberto Caudillo

Julio Carrión González nace en 1922 en Torrelodones y emigra a Madrid con su padre en plena Guerra Civil (1937). Su padre era un hombre elemental y conservador, y su madre, socialista, había dejado la casa familiar para luchar del lado de la República y muere en una prisión franquista. En Madrid, todavía asediada por los insurrectos, pero defendida por las fuerzas republicanas, Julio se afilia a la Juventud Socialista Unificada, pero cuando los ejércitos de Franco triunfan y los vientos soplan en sentido contrario, se adhiere a la Falange Española Tradicionalista (1941) y va, como integrante de la División Azul, a pelear a Polonia y a la URSS junto con los destacamentos nazis. No creía ni en unos ni en otros, ni en los socialistas ni en los franquistas, sólo deseaba estar en el lado ganador. Y las dos veces se equivocó.

Era un hombre seductor y cínico. Llega a París luego de la guerra mundial, se pasea como si fuera un español republicano y de esa manera entra en contacto con el mundo de los exiliados. Conoce a una familia de refugiados y luchadores antifascistas, gana su confianza, vuelve a España como su representante y les roba sus bienes. Se vuelve un hombre rico. La tercera apuesta fue la buena (para él).

Así describe al amigo que lo introduce en la Falange: “Disponía de su propia visión del mundo, y no llegaba a ver lo que sucedía a su alrededor porque lo miraba todo desde una nube, el balcón hasta el que lo elevaba su candor, una particular combinación de ingenuidad y fanatismo que decretaba la inexistencia irrevocable, fulminante y perpetua, de cualquier realidad que desmintiera la feroz voluntad de su mirada. No era sólo que estuviera convencido de tener razón. Es que le resultaba dolorosamente inconcebible que alguien […] pudiera caer en el error de sostener una razón opuesta a la suya”.

El fanático tiene un filtro para ver lo que sucede. Es un filtro que acomoda la realidad a sus prejuicios y no cree que puedan existir legítimamente otros. Por ello su actitud combina una dosis poderosa de ingenuidad y otra de cerrazón. Ingenuidad, porque es incapaz de entender a los otros. Y cerrazón, porque no puede asimilar las razones ajenas sin que su construcción ideal se desmorone. El problema es que tiene que vivir con otros, que ven las cosas de forma diferente, y entonces para apuntalar sus certezas requiere de anatemizar a aquéllos que no se encuentran alineados con sus “verdades”. No puede concebir que otros piensen de distinta manera… salvo —se convence a sí mismo— que persigan fines aviesos.

Julio Carrión, que estuvo en ambos bandos, recordaba que para ingresar a las dos organizaciones enfrentadas nunca le exigieron ningún tipo de examen. “Estaban tan seguros de su causa, tan convencidos del valor incontrovertible, universal, de las ideas que defendían, que aceptaban a los recién llegados con una hospitalidad casi evangélica […] porque nadie capaz de pensar, de sentir, de contemplar la realidad con justicia, podría optar honestamente por un camino distinto”.

Esa idea de que existe una sola manera “auténtica” de observar la realidad, un solo marco valorativo, una fórmula correcta para entender los acontecimientos, es no sólo el lubricante del fanatismo, sino de la incapacidad para comprender que en la sociedad existen filtros ideológicos, sensibilidades, intereses y ensueños no sólo distintos sino contrapuestos, y que si no queremos hacer de la convivencia una guerra, es necesario por lo menos estar conscientes de que no todos pueden ni deben alinearse a nuestros prejuicios.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

 

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