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Paul Valéry dedicaba sus Miradas al mundo actual a quienes carecen de sistema, aquéllos que no pertenecen a ningún partido porque veía en ellos a las personas que todavía son libres para dudar de lo dudable y para sostener lo que no lo es. Se acercaba a los temas del día como aficionado y, con cierta repugnancia, escribía la palabra “política”. Al hombre de la inteligencia gélida, la política práctica no le parecía solamente lo más lejano a su temperamento, sino lo más aborrecible. No hay nada tan impuro como la política, decía. Es la mezcla de las cosas que nunca deben confundirse: bestialidad y metafísica, fuerza y justicia, religión y egoísmo, ciencia e histrionismo, instinto e ideas.

Ilustración: José María Martínez

La política corrompía también la memoria. Por eso había que desconfiar de quien escribiera historia con mayúscula. La Historia convertida en moraleja, en instructivo y en engaño. Lo más característico de la historia es que juega un papel en la historia misma. El arte de la historia era, para el poeta, una de las grandes maravillas de la inteligencia. Un arte tan profundo, tan fino, tan perceptivo como las joyas más exquisitas de la literatura o de la filosofía. Podríamos perfectamente deleitarnos con estos frutos del arte de la memoria, esos ejercicios de la imaginación que se vuelcan al pasado, si tan sólo no irrumpiera la política para apropiárselos y pervertirlos.

Quien busca darle forma al futuro suele nutrir su ambición en la imaginación del pasado. La historia le regala una galería de los ancestros, un formulario de frases y poses; le ofrece un cuento para contarles a los niños. Cuando buscan orientación para actuar, los estadistas no abren los ojos, activan los recuerdos. Confían, así, más en los espectros que en sus sentidos. Cuando el presente reclama respuesta a la circunstancia, el político se fuga en busca de precedentes: “La historia alimenta la historia”, dice Valéry. Más bien, la atrapa, la ofusca, la sujeta. Por eso dice que Bismarck creía sujetar el mundo por sus remembranzas: pensaba que, por recontar de la historia, había descifrado el espíritu de la realidad.

Cuenta Valéry que Europa, como sujeto político, como entidad cultural, se le reveló de pronto como una sorpresa. Para entender lo que antes consideraba solamente un fenómeno geográfico buscó orientación en los libros de historia. Ahí debía estar la respuesta. Lo que encontró fue una “horrible confusión”. Un revoltijo de ideas, una desordenada acumulación de hechos, una serie de crónicas contradictorias. Lo que en unas páginas es descrito como un milagro de los santos, en otras es pintado como una monstruosidad. Lo que en unas crónicas es el evento fundamental, en otras pasa desapercibido. De ese embrollo no puede surgir ningún anticipo de lo que vendrá, ninguna orientación de lo que debe hacerse, ninguna clave del presente. La historia es la ciencia de lo que no se repite, dice el ensayista. Lo que se repite pertenece al reino de la física o, hasta cierto punto, la biología. Y lo irrepetible puede resultar fascinante, pero no útil. Si el estudio del pasado nos presta algún servicio es porque nos advierte que nuestra capacidad de prever lo que sobrevendrá en el futuro es diminuta. La única lección que nos ofrece, pues, es una sugerencia: prepárate para lo que no puedes imaginar. A la historia había que tenerle respeto, como se le tiene respeto al mar que, al seducirnos, puede ahogarnos.

De ahí la advertencia que Valéry colocaba en el frasco del líquido peligroso: “La historia es el producto más peligroso que haya elaborado la química del intelecto humano. Sus propiedades son muy conocidas. Hace soñar, emborracha a los pueblos, engendra en ellos falsos recuerdos, exagera sus reflejos, mantiene sus viejas heridas, los atormenta en el reposo, los conduce al delirio de grandezas o al de persecuciones, y vuelve a las naciones amargas, soberbias, insoportables y vanas”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.

 

Un comentario en “El veneno de la historia

  1. “La memoria de los muertos oprime el cerebro de los vivos”. La política es un mal necesario. Sobre eso y sobre la historia algo puede decir en bardo W. Sh.

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