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Todo este mayo inerme tendrá que oírnos hablar de las elecciones de junio. Y hemos de vivir tiempos interesantes, lo que según el proverbio chino se considera una maldición. Lo pensé sin dudarlo hace unos días, pero me fui a dormir como si tal certeza no hubiera más remedio que aceptarla.

En la madrugada me despertó un desconsuelo. No podía abrir los ojos y por la espalda me corrió el frío del infierno. Estaba presa de un miedo al mundo que no he tenido nunca.

Para conjurarlo, volví a dormir. Salí de una pesadilla y entré en otra. Todo este mayo inerme…, dijo la bruma. Hay quien grita que el INE no debería existir. ¿Qué pesadilla es ésa? La que empezó hace un mes. Mi mal sueño fue en abril, en un abril desquiciado.

Los sueños están hechos de pensamientos imperfectos y emociones delirantes. Por donde yo caminaba veía hogueras. Dentro ardían personas y miles de libros. Casi todos menos ésos que un hombre enjuto hacía leer a mujeres sentadas en la banqueta, con el humo tatuándolas, leyendo a Cicerón que las odiaba. El infeliz Cicerón que había venido de Roma y se negaba a entrar en el cuerpo de un hombre ruin envuelto en collares de flores. “Vivimos tiempos interesantes”, decía un refrán pintado en la puerta del Palacio Nacional que en vez de ser de piedra era dorado. Lo rodeaban palmeras hechas pedazos, como las que dejó el ciclón Gilberto cuando cruzó de un lado a otro de las islas de Quintana Roo. Y en Tulum había un velorio. Sólo eso quedaba de la Riviera Maya. Mi colonia había desaparecido con todo y sus casas tapiadas que alguna vez dieron a un jardín. Vi el periférico lleno de bicicletas derribadas y el coche que un día hicieron mis hermanos brillaba entre los escombros de lo que había sido el Conacyt. Un edificio de plata oscura tenía las siglas de Nafinsa y dentro seguían vivos, como anguilas, quienes la gobernaban el sexenio pasado. Por sus ventanas salían billetes que iban acomodándose en la cabeza de quien fuera pasando a recogerlos. Billetes de un peso, de los rojos que corrían en 1956. A ellos, a los billetes o a quienes los recogía, les pregunté, como pasa en los sueños, igual que si fuera lógico, ¿en dónde serían las elecciones? Me señalaron la sede de Televisión Azteca. Dentro, las casillas eran tiendas Elektra. Tiendas en las que empeña la mitad del país una parte de lo poco que tiene. Todo ese horror había pasado a llamarse Ipedeg: Instituto Personal de Gobernar.

El lago de Chapultepec se había vuelto un pantano y esta revista se iba haciendo cenizas saliendo de la lumbre en que también ardían casi todos los periódicos, con sus cronistas, sus intelectuales, sus encuestas, su presagio y sus críticas. Había una marcha para exigir identificaciones, nadie sabía su nombre ni el de los otros. Porque todos se habían perdido cuando las credenciales del INE dejaron de existir llevándose sus señas, cargadas con la memoria de sus actas de nacimiento, sus fotos y una mica con papel grabado para impedir que fueran copiadas. Todo un invento de quienes no sabían pensar, sino en cómo engañarse entre sí. Un tipo con aires de sapo que fue gobernador de un estado en desgracia les iba echando combustóleo a las hogueras. Quería quemarlo todo, desde la biblioteca de Alejandría hasta la de Borges. Mientras, ahí, y al tiempo en otra parte, un fantasma de Juan Rulfo merodeaba conmigo buscando a mi madre. La encontramos cuidando una urna en la Sierra Negra. Seguía ahí desde hace dos décadas, con sus setenta y cuatro años de entonces. En su casilla, cerrada con pedazos de manta, decía con letra escrita a mano: “El voto es libre y secreto”. Dentro vi el mandil y las piernas con zapatos de plástico de una campesina votando. La antropóloga Guzmán, delgada, íntegra y suave, con sus lentes colgados de una cadena y su sonrisa en vilo me preguntó desde lejos: “¿Encontraste lo que buscabas?”. Me acerqué a darle un abrazo, pero se desvaneció. En su lugar apareció toda una ciudad llena de sombrillas esperando la vacuna. Desde el centro del escenario del Teatro Principal, el primero de América según cuenta la historia, salía la voz de un actor ceniciento, al que según el sueño yo conocí cuando éramos jóvenes en una selva. No lo reconocí. Era un hombre desatado, de ánimo febril, ignorante, egoísta, insensible, mentiroso y sin duda incapaz de entender ni la ciencia ni el arte ni la libertad de creer en lo que él no creía. La pasión por algo distinto se castigaba con cadenas.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Las sombrillas que esperaban vacunas se extendía por todo un país, y con la lluvia caían truenos. Hablaban esos truenos: “Así es, desde que inventó lo inexistente se ha dedicado a erosionar todo lo construido. Eso es lo que más miedo da”.

Tras la voz vi pasar a unos viejos, los llevaban en una jaula con sus nietos jugando alrededor. No supe si yo también iba en la jaula. Ahí, para mi fortuna, desperté. Otra vez temblando, pero con los oídos inconformes. Me levanté. Abrí las persianas y corregí la oscuridad del cuarto. Afuera había llovido y yo estaba de regreso, viendo llegar a mayo.

Todo el mes se hablará de las elecciones. En medio de cuanto habrá que oír y volver a oír en estos días, no han de faltar, como para nuestra aflicción ha estado pasando, quienes pongan en duda la autoridad del Instituto Nacional Electoral. Y frente a esa pesadilla, todos los que tengamos memoria, aún los distraídos, tendremos que poner nuestra cabeza y nuestro ánimo en conservar lo que durante muchos años fue una ambición que parecía inalcanzable: tener una instancia independiente a cargo de conducir las elecciones en nuestro país.

Cuando yo tuve edad para cruzar una boleta, y diez años después y hasta veinte más, el voto en contra del gobierno era sólo el testimonio de un deseo: alguna vez se podría decidir, así, quién iba a gobernar el país. Y eso es lo que pretenden quitarnos las voces que agravian lo que tanto ha costado: tener la certeza de que habrá una casilla, con representantes de todos los partidos, con testigos ciudadanos y vecinos a cargo de contar y hacer que nuestro voto se conozca.

Les digo a los jóvenes y les recuerdo a los viejos olvidadizos que esto no pasaba, sino hasta hace muy poco.

Por eso, como quien sin remedio se asoma a un abismo al volver de una pesadilla, quiero rescatar una certidumbre: lo que pasará en la elección de junio no podemos preverlo, pero lo que sí podemos hacer este mayo es asegurar nuestra confianza en que la democracia en la que vivimos, aunque aún sea débil, tiene que ser inquebrantable. Desconfiar de la autoridad electoral es un atentado contra algo de lo que más hemos deseado para nuestro país: la libertad de creer, pensar y decir —sin miedo— lo que nos dé la gana.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos.

 

Un comentario en “Mayo inerme

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