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Mi pandemia no ha sido trágica, pero la pesadez del confinamiento ha tenido un costo. Yo no he perdido a nadie a causa del covid, pero he visto a mis amigas perder a sus padres y abuelas, y he visto a mis padres perder a sus amigos. Veo a mis hijos desesperarse por la pantalla, por los horarios, por la monotonía del encierro. Nos veo a mi marido y a mí ahogar en gritos las ganas de ahorcarnos el uno al otro. Me veo cuidándonos en casa, queriendo ejercer un liderazgo feminista en el ámbito profesional pero fallando una y otra vez, haciendo mi mejor esfuerzo por educar a cuatro crías —dos caninas, dos humanas. Reconozco que el 9 de marzo no podré parar porque parar en la pandemia no existe. La consigna del paro es no salir al espacio público ese día y quedarme en casa es vivir un día más de crianza, de cuidados, de atención a las labores del hogar, como cualquier otro día.

Ilustración: Víctor Solís

También veo que, pandemia o no, hay cosas que no han cambiado nada desde el 8M del año pasado: el pacto patriarcal que se sigue manifestando en la impunidad, en el poder, en la supremacía masculina o en una interpretación parcial del orden de las cosas.

Hombres adultos que se cubren las espaldas al compartir imágenes íntimas de mujeres sin su consentimiento bajo la premisa de que si ella manda las fotos, ella asume los riesgos. De la violación a la confianza, nada. Mujeres que amo y que repiten los mismos chistes misóginos con alboroto como si no se dieran cuenta de la perpetuación de la violencia de la que son parte. Historias de perdón y amor incondicional a hombres que tienen varias familias simultáneamente —“porque así son los hombres”—, pero de abandono y ostracismo social a las mujeres que se embarazan fuera del matrimonio. Hombres y mujeres que catalogan de asesinas a quienes defienden el derecho humano de decidir sobre su propio cuerpo. Estos doce meses me recuerdan que vivo en el siglo XVII (hola, Sor Juana).

Y el feminismo, tan diverso en origen y destino, y del cual me expulsan y me acogen de manera cíclica, tampoco deja de sorprenderme. Este año veo las marchas de unas pocas valientes, veo la fuerza de las mujeres más jóvenes, pero también veo la presencia policial y la desesperación en los ojos de ambos lados. Este año vi cómo desde el dolor de todas, algunas señalan en redes a hombres que no cometieron violencia sexual aprovechando la vaguedad de palabras (hostigamiento laboral, por ejemplo), pero que en general no hay consecuencias ni sanción social en casos reales de abuso sexual y violación. El pacto patriarcal vive.

También veo la creciente indignación social de la que soy parte. Sin importar las denuncias formales y las peticiones de las mujeres militantes, el partido del presidente postula en Guerrero a alguien sobre quien pesan acusaciones serias de violencia sexual agravada. Y Félix Salgado Macedonio será —muy probablemente— el próximo gobernador, con el voto de mujeres y hombres que votarán con resquemor e incluso asco, pero convencidas, convencidos, de que es la menos mala de las ofertas políticas.

Este año veo que el pacto patriarcal debemos romperlo en corto, en lo inmediato. Recientemente compartí una mesa de debate con dos hombres bienintencionados y muy cultos. En la charla sobre la recuperación económica, hablamos sobre la importancia de que ante la crisis más mujeres se incorporen al mercado laboral remunerado.

¿La postura de mis dos colegas hombres? Uno explicó: “Hay que dotar de mayor autoestima a las mujeres para que estudien carreras como ciencias, matemáticas o ingeniería”. El otro secundó: “Claro, la incorporación de más mujeres al mercado laboral no es un tema ideológico, sino un afán por promover la recuperación económica”. Si quienes leen esto no encuentran las fallas en estas aseveraciones, permítanme hacer un esfuerzo por explicar los problemas que yo detecto. El primero es que en este mundo de hombres no basta con tener estudios y trayectoria en rubros como el desarrollo social, sino que necesitamos escuchar a más mujeres en todos los ámbitos. No debieran existir mesas de debate sin mujeres, porque sin mujeres se pierde gran parte del diagnóstico y por lo tanto de la solución.

El segundo problema que detecto está en el diagnóstico cuando éste se hace exclusivamente desde la óptica masculina. Se necesitan más personas estudiando carreras STEM, pero las mujeres no necesitamos más autoestima, sino oportunidades paritarias que nos permitan estudiar, acciones que acaben con la pobreza menstrual —causante de que muchas adolescentes dejen la escuela—; que se garanticen espacios asignados a mujeres en las escuelas de educación superior; que en los empleos se pague el mismo sueldo a hombres que a mujeres (y a personas no-binarias, por supuesto); que existan prestaciones específicas para la crianza y los cuidados de la familia, mayores oportunidades de desarrollo profesional y cargas equilibradas de trabajo no remunerado entre hombres y mujeres.

El tercer problema que detecto es que garantizar oportunidades para las mujeres sí es un tema ideológico. En la medida en la que la sociedad considere que las mujeres somos personas y no entes subordinados, también podremos promover y ejecutar acciones para que más mujeres tengan oportunidades laborales y profesionales, y que sea rentable estudiar carreras relacionadas con la ciencia y la tecnología o salir a trabajar en labores manuales.

Intuyo que este 8M y 9M las cosas no están mejor que el año pasado. El encierro confina a muchas mujeres y niñas con sus agresores, mientras que el discurso social dominante invisibiliza el problema de violencia. El gobierno no escucha porque no hay avance en la oferta de cuidados. La política atiende otros problemas, pero no la violencia de género.

Yo opto por mantenerme optimista: mientras tenga vida, mi feminismo vive. El primer paso para tirar al patriarcado es verlo a los ojos, el segundo es nombrarlo. El tercero será construir una revolución desde lo inmediato, desde lo personal y desde lo público. Eventualmente lo vamos a tirar, aunque nos tome una o dos generaciones más. Así ha sido mi experiencia desde la pandemia.

 

Sofía Ramírez
Directora general de México, ¿cómo vamos? A. C.

 

Un comentario en “Mi feminismo en confinamiento

  1. Yo tengo 4 maravillosas hijas…y es molesto cuando mujeres me preguntan….cómo crees, sólo niñas? Te quedaste con las ganas de un niño. Y no pueden creer que mi esposo y yo estamos felices con esas excelentes niñas. Y yo les contesto: acaso tú no te valoras como mujer? Triste que las mismas mujeres se denosten