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La pandemia de covid-19, sin lugar a dudas, vino a interrumpir el estallido de movilizaciones sociales que se expandía por el mundo, entre ellas el feminismo. Antes de que la noticia sobre la existencia de un nuevo virus letal se extendiera, países como Bolivia, Haití, Chile, Ecuador, Colombia, México y Nicaragua se encontraban en momentos muy álgidos de protesta social.

Aún recuerdo la última vez que estuve en la calle compartiendo con la multitud. Fue en la marcha del 8 de marzo del año pasado, pocos días antes de que se decretara el inicio de la cuarentena a nivel nacional.

Aquel día, por segunda ocasión consecutiva, reunimos un contingente de personas negras y racializadas para marchar hasta el Zócalo capitalino. Llevábamos una manta que decía: “Hay que abortar la blanquitud”, mensaje que, creo, fue poco comprendido por el resto de los asistentes a la marcha.

Ilustración: Alberto Caudillo

 

Hasta ese momento, el colectivo de mujeres afrodescendientes del que formaba parte tenía programadas algunas actividades presenciales que pretendíamos realizar si la pandemia lo permitía.

Tuvimos que rediseñar nuestras estrategias de encuentro. Sabíamos que hay plataformas para hacer reuniones remotas, así que para seguir trabajando en colectivo tuvimos que adaptarnos. A un año de existir, nuestra colectiva no contaba con redes sociales. Creíamos que el orden lógico de las cosas era sentar primero las bases de nuestra organización y después lanzarnos al mundo con Twitter y Facebook.

Cuando el video del asesinato de George Floyd se viralizó, nos rebasó el trabajo. Distintos medios buscaban entrevistas, querían obtener información sobre cómo opera el racismo en México, así que nuestras redes crecieron y empezamos a ganar una audiencia considerable.

En comparación con los eventos presenciales que habíamos realizado el año anterior, nuestro mensaje llegaba a más personas. Por mi parte, seguí escribiendo y reflexionando sobre las intersecciones entre raza y género. Fui invitada a muchos conversatorios, charlas, pódcast, entre otros. Ahora todo mundo parecía estar interesado en el tema.

Pero el racismo no es coyuntural. En nuestra colectiva llevábamos varios meses reflexionando sobre nuestras experiencias de extranjerización en México como mujeres afrodescendientes, denunciando el racismo institucionalizado de las políticas migratorias del gobierno de Andrés Manuel López Obrador y la situación insostenible de cientos de migrantes provenientes de Haití en las fronteras sur y norte de México. También  hablamos sobre la importancia del reconocimiento constitucional del pueblo afromexicano y del Censo de 2020.

 

Durante este primer año de pandemia también revisé de manera profunda mis posturas feministas. Mis críticas al feminismo ya eran contundentes. En redes sociales soy conocida por mis controversiales opiniones, suelo ser directa y muy incisiva con el tema del racismo; sin embargo, a raíz de largas conversaciones que mantuve con amigos y hermanos negros, me replanteé mi autodeterminación política como feminista.

Gracias a las experiencias que hombres negros me narraron, comprendí cómo ellos tampoco habían sido nunca sujetos de su propia historia. Feministas negras y blancas han hablado por los hombres racializados de maneras que han tendido a biologizar sus comportamientos, bestializándolos, deshumanizándolos.

Entonces, me acerqué al Africana womanism, una perspectiva crítica al feminismo hecha por mujeres africanas y afrodescendientes. Después seguí con filosofía africana, el Ubuntu: principio africano de la unidad. En ese instante tuve la sensación de que el feminismo para mí era insuficiente. Comprendí que la lucha no podía darse sin ellos, los hombres, y entonces decidí abandonar la etiqueta y dedicarme a construir fuera de los márgenes del feminismo. Aquí escribí al respecto.

 

Ante la necesidad de maneras efectivas de comunicarnos con las demás personas, Scarlet Estrada, Marbella Figueroa y yo creamos el pódcast Afrochingonas, un espacio para conversar y mantener el contacto entre nosotras, pero también para compartir y expresar la incomodidad de vivir en un mundo que, a veces sentimos, no fue hecho ni para nosotras ni para nuestros hermanos negros y racializados.

Pensábamos que este proyecto viviría poco tiempo: lo que durara la cuarentena. Pero sin saberlo, Afrochingonas se prolongó —como la pandemia— y ya casi se cumple un año de nuestra primera emisión.

El reto ha sido absoluto. Hemos tenido que aprender a hacer cosas que antes no sabíamos:  usar programas y herramientas tecnológicas que nunca en la vida nos hubiéramos imaginado manejar. En ocasiones no hemos contado con los aparatos necesarios, hemos grabado con nuestros celulares, con señal de internet deficiente y con muchas limitantes que, por fortuna, de alguna forma siempre logramos resolver.

 

La pandemia nos volcó a la virtualidad. La virtualidad es un hecho que se ha vuelto tan real como la no virtualidad. Parece increíble que a través de una pantalla podamos reunirnos con familiares y amigues, tomar clases y talleres, socializar, echar el chisme y cotorrear. Incluso, hacer activismo.

De que existen bondades en la tecnología, existen. Las distancias se acortaron: ahora es posible reunirse con personas de cualquier parte del mundo. La virtualidad ha servido para conectarnos con otres activistas que también tienen un compromiso ineludible con la lucha antirracista. Gracias a Twitter, he podido tejer redes de apoyo y solidaridad con activistas en Chile, Argentina, Brasil, Perú y Colombia.

La tecnología nos permite denunciar y hacer extensivos nuestros mensajes; sin embargo, tenemos que ser conscientes de que el acceso a internet y a los aparatos también está mediado por condiciones de desigualdad estructural. Ante el inmediato avance de la tecnología, es importante usar las redes de forma estratégica y consciente. Que sirvan como apoyo de difusión, conexión, comunicación y expresión, pero que no se conviertan en reivindicaciones políticas por sí mismas. En estos tiempos de pandemia, donde la vida es una pantalla, juntarnos cuerpo a cuerpo es político.

Nuestra resistencia consistirá en no perder contacto con la realidad no virtual, en regresar a la calle, procurar tocarnos y abrazarnos. Compartir el aire que respira el otro, volver a lo inefable del gesto, de la mirada, del movimiento, de lo que no pasa por la palabra, pero que comunica el cuerpo.

 

Valeria Angola
Afrocolombiana y mexicana, antirracista y cimarrona. Etnóloga y bailarina de formación. Asistente editorial de Desacatos. Revista de Ciencias Sociales del CIESAS. Es columnista de Malvestida y representante de Afroféminas en México desde el 2019. Podcastera en Afrochingonas e integrante de AFROntera, colectiva antirracista en Ciudad de México.